martes, 17 de abril de 2012

En mi cabeza ... (primera versión)



En mi cabeza siempre suena una canción de Edith Piaf, un gorrioncillo triste que me empuja hacia el pasado. Marlene, la prostituta francesa de la esquina, no sólo las tiene en la cabeza, sino que en lugar de masticar chicle, canta sus canciones. Por eso a ella la llaman, la melancólica. Es muy bajita y enclenque, casi un suspiro en medio de esas rubias del este que bracean como jugadoras de la NBA a su lado.

Marlene fue mi novia. Durante una tarde al menos, fue mi novia. Sentados en la esquina de Callao, sobre el cartón desmantelado del embalaje de un frigorífico, nos prometimos todo lo que nos permitió la botella de Cacique que le entregó como propina su último cliente. Se dejó dormir apoyada en mi hombro. Esa día cogí más dinero del habitual, pero no el suficiente como para que lo nuestro perdurara.

Se despertó sobre las doce de la noche, justo a la hora de empezar a trabajar. Miró al perro. "¿Cómo has dicho que se llama el chucho?". "Quince", le respondí. Acarició a Quince con dulzura mientras miraba   la taza con las monedas. "Hay por lo menos diez euros", le dije animado. "Por diez euros no hago yo ni una paja", adujo ella, desmontando mi ilusión transitoria. Abrió su bolso plateado, sacó un pintalabios gastado y se dibujó unos labios postizos de un rojo alarma que me impresionó. "Me voy a lo mío. Adiós". De buena gana hubiera ido detrás de ella, pero si dejas un rato la esquina viene otro y te la quita.

Una prostituta casi enana, un mendigo  triste y un sucio perro callejero. Farolas.  Otras farolas más, casi como un añadido del  mobiliario urbano.  Inadvertidas sombras que sirven de contrapunto en el vaivén cotidiano.

Hay una pequeña lucha previa a la aceptación. Durante el forcejeo te dedicas a encontrar sentido, un nuevo sentido a las cosas. A ordenarlas. Contar, encontrar secuencias lógicas. Treinta farolas, doce policías, veintiséis putas: veinticinco rubias y una  morena. Un perro abandonado en la farola número quince. Una puta que no se tiñe. Ocho  calles, dieciséis  esquinas.  Media hamburguesa de pollo con chédar que una niña anoréxica decide dejar sobre mis rodillas en lugar de en la papelera. El abismo. El abismo de los otros.

Hubo un tiempo en el que yo también formaba parte de lo visible. Estudiaba, amaba y era amado. Tenía llaves en el bolsillo. Restregaba las penas, las dudas  y las esperanzas sobre un colchón mullido cada noche. Hubo un tiempo en el que Edith Piaf sonaba en un cd.


martes, 20 de marzo de 2012

Penélope



Hubo un tiempo en que esto me importaba. Quiero creer que hubo un tiempo en el que me importaba, rectifico.

Te dejé la nota en el frigorífico, sujetada por el imán ese horrible que trajiste del viaje a Roma. La leí un par de veces y pensé que no era justo dejarlo con una nota tan concisa  y fría. "No aguanto más". Eso ponía. Igual esta otra nota, esta vez debajo del jarrón de imitación persa, también te parece fría, aunque no tan concisa. A lo mejor a esta altura ya la has arrugado y convertido en pelota de papel, e incluso has intentado hacer canasta de tres sobre el paragüero irlandés (¿merecía la pena venir cargado con eso?).

No creo que si me hubiera quedado a contarte que me iba, hubiera cambiado gran cosa. A lo mejor habría llorado, porque ya sabes que tiendo a dramatizar. No. No habría llorado. Ya no lloro cuando pienso en la posibilidad de acabar con lo nuestro. Es triste, ¿no?

Sospecho que los congresos existían antes que yo, que los cursos, las conferencias, los simposio, las mesas redondas, los debates,.. las ciudades de los cursos, las conferencias, los simposio, las mesas redondas, los debates,.. las líneas aéreas que te han llevado a las universidades de los cursos, las... Imaginé que yo era tu último destino. ¿Recuerdas cuánto luchaste por conquistarme? ¿Te dieron una excedencia las universidades, tu público, los editores,..? Dejé a mis amigos, a mi ciudad, mis proyectos,..

Mientras escribía esto he levantado la vista y me he encontrado con la escultura etíope. Pasé revista entonces a todo lo que me rodea, esos recuerdos de tus viajes. Te podrías haber traído cucharitas con el escudo de la ciudad, ¿no? Ahora estarían metidas en un cajón, olvidadas, invisibles, sin recordarme que soy otro objeto, un recuerdo de algún viaje que alguna vez, al contemplarlo te traerá un vago sentimiento de nostalgia.

lunes, 5 de marzo de 2012

Si no fuera por la niña



Le dije a mi mamá que yo no quería crecer. Si crezco el mundo desaparecerá. Ella me abrazó y me dijo que eso nunca sucedería, pero que ella tampoco quería que yo creciera. Si somos dos seguro que lo conseguimos, pensé yo.

Marta escucha a su madre decirle a su padre muchas veces: "Si no fuera por los niños..". Cuando me preguntó qué significaba yo no fui capaz de explicárselo, porque mi madre también le suele decir a mi padre algo parecido: "Si no fuera por la niña...". Marta es muy tozuda y nunca se queda sin entender algo. Esa mañana le preguntó a la seño qué significaba: "Si no fuera por los niños..." y la seño le explicó que significaba que: "Si no fuera por los niños el mundo desaparecería".

Estuvimos tristes muchos días. Fui con Marta a su  casa a explicarle a su madre lo que iba a suceder, pero su madre le dio una explicación muy extraña, como cuando a una le mienten. "No te preocupes, cariño, eso se lo digo a papá cuando él me dice que me ha hecho un ping a mi inteligencia y no le ha dado respuesta", "¿Y qué es un ping mamá?". "Eso se lo preguntas a tu padre, el in-for-má-ti-co", le dijo ella así, en ese tono de me tiene harta o algo por el estilo.

Así que decidí explicarle a mi madre por qué  no iba a volver a comer. Si no como no crezco. Y si no crezco el mundo no desaparecerá.

Hasta hace poco yo sabía cuándo estaban tristes o alegres mis padres por sus ojos. Ahora no me miran tanto, casi todo el tiempo están recordándome lo que tengo que hacer, así que ya sólo puedo adivinar cómo se sienten por el tono. El tono es la forma en que decimos las cosas. Cuando su hermano quiere un juguete de Marta, ella le habla en un tono de ja,eso te crees tú, pero su hermano no domina todavía el lenguaje de los tonos y entonces le da una patada y se lo quita. Los adultos no pegan patadas, ellos saben mucho de los tonos.

Si tú y yo utilizamos los mismos tonos es que estamos en  sintonía. No es fácil sintonizar. Mi padre dice que lo importante entre las personas es la sintonía y mi madre le dice que sintonice más en casa y menos en la calle, y al rato siempre acaba gritando eso de: "Si no fuera por la niña..."

- Papá, ¿yo sintonizo? - le pregunté a mi padre, más tranquila una vez que supe que mi madre me iba a ayudar en el plan de no crecer.

- Tú eres lo mejor del mundo, cariño. A ti no te hace falta sintonizar.

Me quité un gran peso de encima. Esa  noche volví a soñar con las miradas alegres de mis padres.

martes, 28 de febrero de 2012

4.¿Y si mi madre tenía razón?





Los dos pilares de mi infancia no fueron mi padre y mi madre, sino mi madre y Spiderman. Una tía de la familia venía periódicamente a casa con tebeos de este super-héroe. Se los quitaba a su hijo porque decía que lo estaban "atontando". Mi madre podría haber entendido que prefería atontarme a mí en lugar de a su hijo, pero no pareció importarle que eso sucediera.

Mientras ellas hablaban yo devoraba los nuevos episodios. Más que su lucha contra el mal, lo que me interesaba era la relación humana de Peter Parker. Odiaba al Duende Verde por haberse cargado a la primera novia del hombre araña, Gwen Stacy, la hija del policía que conocía en secreto la identidad de mi héroe. En medio de ese dolor conoció a la periodista Mary Jane. La verdad, Guendolina me gustaba más que MariJuana, pero por aquel entonces no me distanciaba lo suficiente del texto como para caer en observaciones tontas como ésta. 

Aquellos tebeos, junto a la ya citada persistencia de mi madre por alejarme del mal, consiguieron que me fuera metiendo en un mundo imaginario frente al cual el real no podía hacerle sombra. 

Más de veinte años después, cansado de las insatisfacciones de la vida, de la mezquindad con que quién sea reparte la felicidad, decidí hacer un viaje final. En lugar de al corazón de las tinieblas, elegí el que me recomendó mi agente de viajes:

- Si buscas tienes que ir al único sitio en el que podrás encontrar.

No sé si es una frase preparada para todos los que tienen dudas sobre dónde ir y la cartera dispuesta a dejarse aconsejar, pero a mí me funcionó. Fue justo lo que necesitaba oír.

Rumbo al país del dolor de cabeza, como lo llaman los chinos, el pequeño grupo de españoles apenas intercambiamos una palabra entre nosotros. Yo me senté junto al guía, que pareció dispuesto a reservar toda la energía para la llegada y se durmió en cuanto la azafata hizo el último gesto señalando  cómo poner el respaldo en la posición deseada. En el balanceo abrupto del avión entre las nubes, reclamaba la atención la voz compungida de una chica que no paraba de preguntar. No alcancé a oír lo que decía pero su tono sonaba verdaderamente triste.

Llegué  a Katmandú completamente destrozado. Hice unas compras necesarias, descansé y me dispuse a continuar. La mayoría de los pasajeros se quedaron allí, sólo unos pocos seguimos hacia Lhasa, desde donde  nos preparamos para el objetivo del viaje. Sólo una pareja más nos acompañó, las otras tres personas se quedaron en Lhasa, en un mercado polvoriento, comprando medicamentos para curarse lo que se supone que no puede curarse en ningún otro lugar del mundo. Pensé que quizá a ellos les duraría más la ilusión que a mí, pero hasta entonces necesitaba imaginar que estaba en las puertas de la respuesta final. El abotargamiento del viaje llega a hacerte dudar.

Por la tarde ya le había contado prácticamente todo a aquel señor de la túnica naranja. Tenía la sensación de que mi guía, que había permanecido allí todo el tiempo también, estaba  preparado para darme consuelo y confesarme que aquello era todo un engañabobos. Lo leía en su rostro.

- ¿Y ahora qué? Este hombre me dirá algo, ¿no?- le pregunté.

Cuando estaba a punto de confesar, oí la misma voz plañidera del avión. Me giré y vi a una chica envuelta en un abrigo de piel tibetana, de esos que vendían en el mercado. Igual que yo, estaba delante de un señor hincado de rodillas, como una estatua de buda haciendo yoga. Y de la misma forma que el mío, el señor parecía inmune al dolor que presenciaba.






Cap. 4: ¿Y si mi madre, después de todo, tenía razón?








- ¿Puedo ayudarte en algo?

Ella se giró sorprendida. Se levantó con cierta dificultad.

-¿Tú venías en el avión? - me preguntó.

- Sí.. 

- Yo venía con mi novio...- empezó a llorar de nuevo.

- ¿Le ha ocurrido algo?

- Bésame - me dijo, de improviso.

Acercó su rostro al mío hasta casi quedar sepultados ambos en los gorros anti-congelación.

Una extraña. Una extraña en el Tíbet, en lugar de en una discoteca.

La besé en la mejilla, algo pegajosa por las lágrimas derramadas. En lugar de alejarse, me abrazó.

- ¿Te ocurre algo? - vaya pregunta. Noté la falta de práctica. Ella se echó hacia atrás.

- Mi novio ha decidido hacerse budista. Y no podía haberse quedado en Madrid, no. Él tenía que hacerse budista aquí, en el quinto... en el sitio más alejado del mundo.. pero... ¿tú has visto cómo viven aquí?

La verdad es que no me había fijado demasiado. Heredé de mi padre esa habilidad para vivir dentro de mí mismo. Ella continuó. No parecía necesitar que yo interviniera. De hecho, pensé, comparándolo con estos témpanos religiosos anaranjados,  al menos en mí encuentra calor humano.

- Un día se hace vegetariano... que si el pan de espelta con pipas de calabaza... que si el tofu... que si maltratamos a los animales... que si somos superficiales... ¿Me entiendes? De pronto había dejado de ser yo, Sofía.  Ahora era la máxima representación de la depravación y el materialismo decadente de occidente. ¡Ah - dijo cogiendo impulso- y no creas nada de eso del sexo tántrico! ¡Una... una... horrible... una leche de sexo!. Yo se lo decía: 'Si no tomas proteínas de las buenas luego no pretendas que esto te funcione'... snif.

Se sonó con un pañuelo y lo guardó en el bolsillo del abrigo, que imaginé abarrotado.

- ¡Mírame! - se desató los botones del abrigo y abrió cada hoja como si fuera una exhibicionista. ¿Me había dicho mi madre algo sobre las exhibicionistas? - ¿Te parece justo dejarme por venirse a orar a una montaña?

La chica estaba realmente impresionante. Aunque dudaba de que ella buscara una respuesta en realidad, hice un gesto de desaprobación lo más ostensible que mis vestimentas me permitieron.

- ¿Qué hacemos aquí?

A estas alturas estaba ya bastante confundido, no sabía si se refería a nosotros o al ser humano, en general.

- Buscar - le dije.

- ¿Buscar? - se quedó callada un momento, hasta el punto de percatar en quien tenía realmente delante. - Sí. Es verdad. Él quiso que lo acompañara.. ¿te imaginas? Es como si tu pareja te dice que lo acompañes a la casa de su amante... Seguramente yo también busco algo... Entender por qué... Igual si hablaba con un monje - se giró hacia el que permanecía detrás de ella- podría comprender lo que le pasa por la cabeza... el motivo para abandonarlo todo... ¿qué tiene que pasarte para abandonarlo todo? Yo era feliz y creí que él también. Pero nunca sabes lo que pasa por la cabeza de alguien que habla tan poco.

Mi padre hablaba poco. Yo también  hablo poco. Incluso así me cuesta encontrar las respuestas en mi interior.

- Pensarás que estoy loca...

- No, noooo, qué va..- me apresuré a decir - en realidad, me parece que eres la primera persona cuerda que me habla en los últimos tres días.

- ¿De veras? Lo estoy pasando muy mal. Me aferro a algo ya perdido. Quería luchar hasta el final, pero... Siento que ya no me quiere. Ahora es como si me apreciara, como se aprecia a un hermano.. a un hermano adoptado, tampoco hay que exagerar. Es terrible.. pero, aquí me tienes... como una tonta... manteniendo la ilusión hasta el último momento.

- ¿Y él? - le pregunté.

- Él está... disfrazándose... dice que ya no volverá a vestir sus ropas decadentes... que ha encontrado su sitio. ¿Crees que soy muy egoísta?

- ¿De verdad te preocupa lo que yo pueda pensar de ti?

Por primera vez ella me miró para verme. La vi preguntándoselo a sí  misma. Quién era, al fin y al cabo aquel extraño. Me preguntó mi nombre y luego qué hacía allí.

- La verdad es que no lo sé muy bien... desde hace unos años me he empeñado en  buscar algo que me permitiera sentirme feliz. Un día fui a una agencia de viajes. Quería alejarme de mi malestar, aunque fuera en un vuelo Low-Cost. Creí que me iba a sugerir que me fuera a Tailandia, a recibir masajes, pero... me indicó otra dirección... y aquí me tienes.

- La felicidad... -repitió ella con tono apesadumbrado- yo la tenía... Es inútil que la busques, créeme,  cuando la encuentres vendrá un grupo de calvos cantando el hare-krishna y se la llevará. 

Hizo una pausa, miró a mi guía que había ocupado mi posición delante del monje y no paraba de hablarle.

- ¿Crees en el destino? - dijo de pronto en otro tono.

- No. La verdad, es que no creo en nada, salvo en la felicidad. Es una forma extraña de religión, pero al fin y al cabo, también se basa en la fé.

- Yo sí. ¿Sabes?, en el viaje de vuelta tengo un asiento libre al lado.

Noté aquel familiar temblor de piernas, pero aún así me atreví a decir.

- Tendré que  replantearme  lo del destino.


Mi madre no pudo prevenirme contra todo. ¿Tendría razón, al fin y  al cabo? ¿Se trataría tan sólo de responder, en lugar de preguntar? Ella me entrenó para ser educado y los niños educados siempre dan los buenos días y responden cuando te preguntan los demás. Los demás. Al fin, los demás.



martes, 21 de febrero de 2012

Cap.3: No salgas con extrañas (al menos, no hasta que las conozca)



- Creo que te lo hubieras pasado mejor haciendo parapente en Pokhara - me dijo el guía con sentimiento de culpa.



Evidentemente, aquello no parecía dar frutos. Desplazarte miles de kilómetros para buscar una respuesta apenas estaba sirviendo para otra cosa que para constatar la inutilidad de mi búsqueda. El señor de la túnica seguía impertérrito. No sé si esperando que le dijera: "Eso es todo, amigo", una señal para que pronunciara la sentencia mágica que aclararía el resto de mi vida, esa que esculpiría en mi tumba, si es que llego a morir.



A esta altura sobre el nivel del mar es imposible que sufras un ataque de ansiedad. No tienes oxígeno suficiente para hiperventilar, así que si estás hablando como no lo has hecho en los últimos doce meses juntos, te queda una sensación de agotamiento cercano a la extenuación. En esa situación todo es borroso e incierto.



En el avión que nos desplazó desde La India, mi acompañante me confesó que no creía mucho en eso de la felicidad, así como algo que se pueda aprehender, que más bien eran señuelos de la publicidad para hacerte creer que si no lo has conseguido es porque no has dado con el coche adecuado. Pero entonces, ¿qué sentido tendría mi vida? ¿Tendría que haber pasado más tiempo follando y menos meditando? Es como si te llevas veinte año estudiando homeopatía y ahora llegan unos señores y dicen que todo es mentira, que lo pueden demostrar. Bien, ¿y qué me dicen de todos los que creyeron curarse?



No soy tan imbécil. No busco algo material que simplifique mi vida. Pero tiene que haber algo más y si eres ateo ya sólo te queda eso, la felicidad. A punto de cumplir los treinta, esa curva que ya comienza a enfilar hacia los terribles cuarenta, cuando te bañas en perfume para ser visible y comes pipas de calabaza a todas horas para evitar el cáncer de próstata, no te queda otra que dedicar los últimos días de la víctima a buscar el Santo Grial.



Mi madre se empeñó en mantenerme en medio de esas dos líneas que te permiten pasar por la vida sin que a ésta le quede constancia de que estuviste o fuiste o algo, sea lo que fuere. Más allá del ambiente constreñido de mi infancia, la vida fluía a borbotones: Pedro perdió un ojo por un flechazo mal dirigido de Miguel, Miguel, por su parte, tuvo relaciones sexuales con su tía materna y estuvo un mes escayolado del brazo izquierdo cuando el padre de Pedro se lo torció para compensar el dolor por aquello que le hizo a su hijo en un descuido, a Maca sus padres le dejaban ver las películas de terror y comer galletas Oreo para hacer frente a la angustia que le producía verlas, así engordó felizmente hasta que los rasgos de su cara se quedaron arrinconados por los mofletes, Antonio "el largo" y el Kene descubrieron la bisexualidad y pudieron ser apedreados y acosados, y se convirtieron en fugitivos en su barrio y los padres ponían pasquines con sus caras en las farolas desnudas de la calle número 7, todos, todos, incluso mi padre, que brilló en su contumaz ausencia, tienen la suerte de haber sufrido lo suficiente como para poder apreciar la felicidad. Pero ¿qué fue de mí?, de ese niño indolentemente superficial, al que su madre protegió con una serie de consignas sobre cómo atravesar la vida para que ninguna flecha de paraguas desmembrado llegara a sus  ojos.



El único que mantenía el tipo era el señor de la túnica. Mi guía y yo estábamos a punto de derrumbarnos. Yo por hablar sin parar y él por escuchar historias que le traían al pairo. Pero claro, tienes que sacar fuerzas de flaqueza e intentar otro pequeño esfuerzo.



Cap. 3 No salgas con extrañas (no antes de que las conozca yo)





En cuanto comencé a afeitarme la barba fantasma, mi madre comenzó a fustigarme con la idea de que tuviera cuidado con las "extrañas". Yo no conocía a ninguna "extraña". Ni siquiera Jessica Lange era una extraña para mí. Creo que a mi madre el video de Sabina la dejó tan descompuesta como a mí. ¿Podría uno resistirse si una extraña como Sabina me pedía salir o en matrimonio o algo por el estilo? Yo no.


- No te vayas a ir con cualquiera. Las extrañas, en cuanto te das cuenta te la lían.

Objetivo: extrañas.

Para que las extrañas me la liaran, primero debería ir a algún sitio en el que tuvieran a bien reunirse. En las discotecas solía haber por aquel entonces una alta concentración de extrañas. Se bailaba a brazo partido, pero sólo como preludio al baile lento, que era donde se consumaba el conocimiento mutuo. Yo no sabía bailar lento, ni siquiera como pedirlo sin que el  hielo del cubata tintineara trastabillado sobre las paredes del vaso. Antonio "el largo" era un especialista en el baile de la época, y aunque bisexual a jornada partida, no tenía reparos en acercarse a cualquier grupo de desconocidas y hablarles hasta que la cosa se relajaba. La forma de bailar de Antonia causaba furor, cruzaba un pie delante del otro a un ritmo endiablado, estiraba el brazo mejor que Tony y de tanto en tanto se pasaba sin disimulo las manos por la entrepierna. Un ritual que provocaba el mismo furor que las películas de Esteso y Pajares  y que a mí, por la misma razón, me resultaba incomprensible. Las chicas hacían coro en la pista para disfrutarlo y el Kene se moría de envidía y de celos, creo recordar.

Si bien no podía imitar el baile sin destrozar los meniscos, sí podía remedar el resto del proceso: pasos, gestos, miradas, palabras, incluso las caladas de Cámel sin filtro,.. todo el ritual  de acercamiento que tan buenos frutos le daba a Antonio.

El orden de las frases, salvo que la cosa se diera tan bien que no hiciera falta profundizar, era el siguiente (lo sé porque aún guardo la chuleta):


- ¿Vienes mucho por aquí?

- Que bien te sientan esos pantalones (falda)

- ¿Un Cámel?

- ¿Bailas la próxima?


En mi primer intento en solitario, todo lo que estaba duplicado en mi cuerpo entrechocaba ostentosamente, desde las rodillas a los dientes, pasando por las orejas.


- ¿Vienes mucho p-o-o-r el cine... ¡aquí, aquí, quiero decir, aquí!?

- Lárgate imbécil.

Apoyado en la barra de la discoteca, que era mi zona preferida de la disco, el halo de felicidad que circundaba el rostro de Antonio me había convencido de que estaba, esta vez sí, en el camino adecuado,  pobre madre,... una noche de estas llegará tu hijo transformado y dichoso, pero luego, al intentar poner en marcha el plan había recibido una soberana decepción. Pero no fue la única.


- Aquella tía dice que como vengas más con nosotros a ellas ni nos acerquemos.


La voz de Antonio me golpeó con fuerza aquella noche de verano. Recuerdo que apenas había comenzado a beber el tercer Licor 43 con piña, ese combustible que me ayudaba a superar la barrera que separa la barra de la zona de extrañas que te la lían. No le respondí, me volví hacia una columna con una marquesina de espejos, intentando  reconstruir mi rostro parcelado por el puzzle, el humo y el Made in Japan de fondo.



- ¿Y por qué? - acerté a preguntar sin mirar a Antonio a la cara.

-Ni idea, tío. Si quieres nos abrimos.


Yo me hubiera abierto con una katana, sí. Es como si el guión lo hubiera escrito mi madre. Me vi a mí mismo paseando tembloroso entre dos líneas fluorescentes, hacia una luz cegadora que me atraía. Así iba a acabar mi vida, con el mismo tono desapercibido que había deseado ella.



- Vale- dije con voz queda.

- Estupendo -dijo el Kene, posiblemente el único que disfrutó del cambio.

miércoles, 25 de enero de 2012

2. El secreto está en las drogas


- Parece que no me está escuchando, ¿de verdad entiende nuestro idioma?
- Pues claro, hombre -me aseguró el guía.
- Es que como no se inmuta... ¿no será un budista psicoanalista o algo de eso?
- Creo que es mucho más profundo, incluso -dijo con tono tranquilizador.


Me calé más profundamente el gorro ruso que me había comprado en Katmandú.


2. El secreto está en las drogas








... nunca me había fumado un porro... Ella -la ubicua-  me aconsejó: "No tomes drogas. Las drogas son el peor invento de la humanidad. Mira a tu padre... para él, el trabajo es una droga y fíjate como está"


Mi padre apareció en la puerta de mi dormitorio: "Vamos hijo, ponte el bañador que nos vamos a la playa". Agitado por la idea de compartir un rato con él  sin la presencia de mi madre, me puse corriendo el bañador, cogí la toalla y me eché doble capa de protector en la cara. Luego, una vez montado en el coche, empezó a hablarme de la carga de trabajo que tenía y en un momento, justo antes de tomar la carretera que enfilaba a nuestro supuesto destino, giró en dirección a la oficina. "Bueno, vamos a echar un ratito antes en la oficina... para que me ayudes a archivar. Verás lo bien que te lo vas a pasar".



Antonio, el largo, se presentó un día con las llaves de un cuatro latas en la puerta de mi casa. “Me lo ha regalado mi padre”, me dijo. Uno a uno, fuimos localizando al resto de los pasajeros: Luis,  Pepe, el bizco  y el  Kene. Ninguno, salvo Antonio, el largo, habíamos cumplido los dieciocho.  Decidimos comprar una botella de Ponche Caballero y otra de Licor 43 para celebrarlo mientras nos dirigíamos a la discoteca de la playa más alejada. El reluciente coche blanco ambulancia, el líquido que se escondía tras el opaco envoltorio de la botella,  la ilusión de que las chicas nos tomaran en serio en la discoteca y todo el verano por delante, prometían una tarde memorable.


Yo iba de copiloto, con los ojos entrecerrados, dejando que el alcohol endulzara el falsete de los Bee Gees, que sonaban en la TDK regrabada. Las ventanas abiertas nos permitían emular el movimiento de Tony Manero.


 En ese momento, la mezcla de Licor 43 y de Ponche Caballero empezaba ya a dificultar mis pensamientos. Nunca me había emborrachado. Mi vida estaba lleno de muchos "nunca". Nunca me había acostado con ninguna chica, nunca había marcado un gol, nunca había conducido un coche,.. 


- Voy a preparar un petardo - dijo el Kene desde la apretura compartida del asiento trasero.


... nunca me había fumado un porro...


Con una pasmosa facilidad, mi amigo vació un Fortuna, lo mezcló con un tronquito  de falso regaliz, quemó la fusión, se hizo un filtro con un almanaque de Nadiuska en bolas y lo envolvió todo en un papelillo de la marca Bambú. Luego empezó a fumar, saboreando las caladas.


- Pásalo ya, agonía - le pidió Antonio soltando confiado el volante.


Aspiró profundamente un par de veces y luego me lo pasó a mí.  La boquilla quemaba, no porque fuera Nadiuska, imagino,  y tuve una profunda sensación de asco, que el contexto tuvo a bien amortiguar. Inhalé tal y como había observado al  largo, tosí un par de veces, pero comprendí que aquello era un trance necesario. Los demás aceptaron comprensivos en silencio, más centrados en consumir definitivamente aquellos licores empalagosos.


- Ahora voy a hacer uno de tres papeles -se envalentonó el Kene.


El embotamiento me fue acercando a un estado de euforia que me entusiasmó. "La felicidad debe ser esto: no poder pensar con claridad".


En aquel milagroso  receptáculo  coche-discoteca-bar me dejé arrastrar por mi afición a los contraconsejos maternos. Dábamos vueltas bordeando  la costa, sin detenernos en ningún sitio. Al atardecer, completamente ebrios  ya, Antonio decidió bajar  por fin  a la playa. El sol caía lentamente, Boney M impostaba  Ma Baker y yo saboreaba el descubrimiento, casi llorando de emoción. “Déjame conducir”, le pedí. Antonio me miró, aunque estoy muy seguro de que me vería con la misma falta de definición que yo a él.


- Claro, colega.


Abrió la puerta y cuando intentó poner el segundo pie en la acera, se cayó de bruces. Comenzamos a reírnos casi sin fuerzas, pero al largo, con el movimiento de tripas generado le dieron unos retortijones extraños, con sonido de arcadas y eso nos cortó el punto un poco.


- Quédate hasta que se te pase, tío -le dije con falsa camaradería a  Antonio, que había encontrado en la confortable manta del suelo un motivo para la inmovilidad.


Pasé por encima de la caja de cambios y me senté al volante.


- Dale caña, tío - gritaron mis valientes pasajeros.


Las tres primeras veces se me caló el coche. Finalmente, a trompicones, me encaminé hacia el carril que llevaba a la playa. La gente volvía a sus casas y por un momento estuve tentado de jugar a los marcianitos con ellos, aunque si no hacía algo para mantener los ojos abiertos el resultado no dependería tanto de querer o no querer. Empecé a apretar la inmaculada bocina del cuatro latas. Las familias cogían a los niños en brazos y luego levantaban amenazadoramente las sombrillas. Una vez sorteado el obstáculo, una playa asaltada por gaviotas  se nos presentó delante de nosotros mientras yo me adentraba por las arenas cada vez con más dificultad.


- Esto no rula.


Las ruedas giraban ya sin solución, enterradas hasta la mitad.


- ¡A la mierda! Vamos a bajarnos. 
- Yo me quedo - dijo con voz apagada Luis.


Me bajé del coche e intenté correr en dirección al agua. Cuando me caí  decidí cambiar de objetivo y dejarme envolver revolcándome por la arena, pero el exceso de movimiento me hizo tomar contacto con lo que se avecinaba.  El kene y el bizco gatearon hasta llegar a mi altura.


- Me parece que me han sentado mal los garbanzos.
- ¿Qué garbanzos? - le pregunté al kene.
- Los que me comí ayer... ostía tío...


Tal y como estaba comenzó a vomitar. Seguramente si hubiera estado su mamá, le habría sujetado la frente con la mano, pero yo preferí ponerme a mirar aquel lejano círculo naranja que, intuía, sería el sol. Quería pensar sobre la felicidad, pero había una extraña fuerza gravitatoria en mi mente que me lo impedía.


- Están viniendo los mosquitos. Vamos a tener que abrirnos.


La voz de Antonio, el bizco, sonaba distante. Nos levantamos trastabilleando y nos fuimos al coche. Al menos allí podríamos cerrar las ventanillas, escuchar algo más tranquilo, como Camilo Sexto o así, y esperar a que el tiempo nos devolviera lo que el alcohol y el hachis nos había quitado.


No me dolió tanto el castigo que me infringieron mis padres, como el hecho de tener que reconocer que la felicidad, al menos la que buscaba yo, tampoco la había encontrado en las drogas.






martes, 10 de enero de 2012

1. Cosas que mi madre me dijo que no hiciera nunca.


Lo encontré  sentado tal y como imaginaba que estaría sentado. Mi guía y yo nos acercamos a él. Hizo un gesto casi espiritual con la cabeza al vernos entrar. Nos colocamos justo delante, sobre unos diminutos cojines, sin saber exactamente si eran para sentarse o para arrodillarse. Por uno de los grandes ventanales se veían las montañas nevadas. Los monjes levitaban a nuestro alrededor envueltos en sus túnicas anaranjadas, sin que el viento gélido que se colaba por la ventana pareciera afectarles. Finalmente decidí arrodillarme y apoyar los glúteos sobre los talones. La posición inspiraba cierto halo místico de meditación pero a mí no me resultaba nada cómoda. 

El guía me conminó a que le dijera algo. Pensé durante unos segundos en los costes del viaje y de la organización y eso resultó determinante para que comenzara a hablar.

- Verá, señor, tengo fundadas esperanzas... bueno... más bien... es usted mi última esperanza de encontrar la felicidad -aguardé un instante para ver su reacción, pero él no se inmutó - Desde bien pequeño he hecho lo contrario de lo que mi madre tuvo a bien recomendarme. Todo lo que me prohibía era interpretado por mí como una señal que indicaba el sitio exacto en el que tenía que buscar aquello que tanto anhelaba aprehender...


Cap. 1   Las primas tienen el secreto de la felicidad

-¡Qué niño más bueno tienes, Petrita, hija!

Creo que la  felicidad siempre ha estado en otro sitio. No sé bien dónde. Igual los demás niños conocían el secreto porque se lo habían transmitido sus padres. No era mi caso. Mi padre estaba ausente, no físicamente, más bien estaba en otro mundo, según decía mi madre, 'estaba en el mundo de los hombres'. Ella, sin embargo, era justo lo contrario, estaba siempre en mi vida, con una especie de ubicuidad indesmontable. Era una persona muy recta y estricta. Pasó más tiempo diciéndome lo que no debía hacer que enseñándome a actuar. De modo que me fui convirtiendo en una especie de soldadito de plomo empujado por un dedo. Al menos ella parecía feliz con mi comportamiento. Se sentía  orgullosa de lo calladito que era y de lo bien que leía  cuando me exponía a ello delante de sus amistades.

Al recordar a aquella mujer agitando cariñosamente mis pelos y complaciendo a mi madre con su frase, me puse a apretar el cuello con más fuerza. Posiblemente el perro de peluche estuviera ya muerto, pero me era indiferente, necesitaba matar el pasado y el pasado tarda en morir. 

A los ocho años creía que la felicidad consistía en meterle mano a mi prima, porque cuando iba de carabina con ella y su novio me  encantaba la cara que se le ponía a él durante el manoseo y porque mi madre me subrayó una y otra vez que "con las  pri-mas  no se  j-u-e-g-a". La envidia es un camino tortuoso hacia la felicidad.  Un día, retorcido ya por el dolor que produce esa bacteria, amenacé a mi prima con delatarla si no me dejaba tocarle las tetas. Al principio sonrió, pero luego se quedó extrañada de que aquel silencioso y complaciente santo tuviera esas miras tan mundanas. Para contentarme o para no poner en peligro su actividad semanal favorita, se mostró permisiva: “Vale, pero por encima del sujetador”. Me quedé callado y ella comprendió que el esfuerzo que había hecho para pedirle aquello no se compensaría con un imagínate lo que hay debajo. 
Lo primero que hacía su novio en cuanto apagaban las luces era soltarle el sujetador. Si la felicidad hubiera consistido en magrear la prenda, Manuel no tendría tanta urgencia por desprenderla de ella. "Eres un golfo, - me dijo un poco confundida- con esa carita de santito". Intuí que el tono de desprecio hacia mí permanecería indeleble en su mente el resto de nuestras vidas. 
Se metió las dos manos por detrás de la espalda. "Sólo una". No tuve fuerzas para demandar un premio mayor. Introduje la mano elegida hasta su destino. Primero intenté cogerle el pecho entero, pero no sentí nada especial, así que comencé a imitar los movimientos que observaba todos los domingos. Mi prima permanecía firme como una lanza, inmutable. En un momento dado noté una especie de botoncito que comenzaba a crecer y a ponerse más duro, aquello me produjo una reacción extraña. Miré sonrojado a mi prima pero ella había cerrado los ojos  y el encorvamiento rígido inicial empezaba a tornarse en algo más humano y carnal. De pronto asió mi cabeza con fuerza y se la acercó al pecho. Me restregaba la cara sobre su blusa semiabierta. Yo estaba muy confundido, como queriendo detener el tiempo para poder analizar si estaba adentrándome por fin en el esquivo territorio de la felicidad, pero temiendo a la vez, perder el presente en el intento por querer adueñarme de él. 
En un repentino gesto, mi prima, como tocada por la varita de la realidad, me empujó con busquedad  y me  cruzó la cara con  la mayor bofetada que recuerdo que me hayan dado nunca. Ser feliz no podía tener un final así. Se abotonó con rapidez y luego me señaló con el dedo tembloroso. No hizo falta que dijera nada. La lágrima que se deslizaba por mi mejilla estaba más ligada a la desilusión que al dolor.

Con el tiempo reviví en muchas ocasiones aquella escena, unas veces para comprenderla y otras para añadirle un acabado más lucido y adecuado. Entonces, al evadirme, volvía a buscar la misma emoción iniciática,  fuera del roce cotidiano del tiempo. El primer intento voluntario fue algo frustrante, pero no hay nada que la memoria y un poco de fantasía no pueda arreglar.