jueves, 13 de marzo de 2014

Hasp




La primera vez que vi a Hasp me asusté. Yo ya no era un crío, acababa de cumplir los diez años,  pero seguía siendo un niño temeroso, inseguro, con esa inseguridad que da la conciencia de que nunca estarás a la altura de lo que se espera de ti. Él era un cachorro, completamente blanco, prácticamente albino, con la piel aún arrugada tras  el hocico rosado, sobre el que se dibujaba un  moteado disperso. Alrededor de los ojos volvía a aparecer ese tenue color rosa, brindando una especie de antifaz  a unos ojos achinados y sin brillo, a través de los cuales, aquel animal,  intuyó mi debilidad. Mi padre vio la expresión de mi rostro e hizo un gesto de desagrado, me acercó al perro  e hizo que me agachara a su altura. El cachorro se limitó a lamerme la cara, hasta que finalmente me tranquilicé. Acaricié su lomo con suavidad y él empezó a contonearse con nerviosismo.

Hasp fue creciendo a la sombra de mi padre, siempre estaban juntos,  yo sentía que, de alguna manera, ocupaba mi lugar, que me robaba la posibilidad de que, al menos, la cercanía física pudiera otorgarme alguna vez la incierta posibilidad de su aceptación. Sus empleados prácticamente necesitaban el consentimiento de ambos para emprender cualquier acción. Cuando le contaban algo a mi padre,  éste miraba a Hasp, que a su vez le devolvía la mirada que yo, desde la distancia, imaginaba cómplice. Llegó un momento en el que los trabajadores, incluso los propios encargados con mayor antigüedad, empezaron ellos mismos a repetir ese protocolo de miradas y el perro se las sostenía  de la misma forma en que lo hacía mi padre, como órdenes mudas que han de ser interpretadas.

Un día me asomé a la ventana de la cocina y los vi caminar por el césped del jardín. Mi padre hablaba por teléfono y Hasp iba detrás. Me pareció que imitaba sus pasos, su forma de andar. Cuando levantaba una mano para apuntalar lo que hablaba, el perro elevaba también al mismo tiempo una pata; si negaba o afirmaba con la cabeza, él también realizaba tales gestos.

— El perro me da miedo, papá—, llegué a decirle un día.
—¿Hasp? —, preguntó extrañado. Se giró y lo señaló con el dedo—. No encontraré jamás un animal como ese. Si fuera una persona le dejaría todo lo que he conseguido con tantos años de esfuerzo, no lo dudes.

El dogo argentino me miró con dureza, con una dureza penetrante, casi con arrogancia, como si supiera lo que acababa de decir de él. Abrió la boca y en lugar de emitir un ladrido me pareció que articulaba mi nombre. La impresión me llevó a recular hasta tropezar con una silla y caerme. En lugar de venir a levantarme, mi padre soltó una risa sonora. Hasp avanzó hasta ponerse a su altura y ambos se quedaron mirando cómo me incorporaba, yo, el vástago destronado, un enclenque estudiante pusilánime que no podría jamás enfrentarse a las demandas de la sacrosanta competitividad,  hasta el punto de que un simple y repugnante bicho transmitía más seguridad y confianza.


Subí las escaleras llorando y mientras me trastabillaba en mi huída, imaginé que tal actitud cobarde confirmaría aún más lo que mi padre veía en mí: la  incapacidad para enfrentarme al mundo, a su mundo. Ambos se quedaron allí, riéndose como viejos camaradas que acababan de compartir una confidencia. ¿Riéndose? Me detuve  ya en el rellano de la primera planta, cerca de mi habitación, y me asomé, agazapado, por los barrotes de la barandilla. Mi padre tenía sujeto a Hasp por las patas delanteras hasta ponerlo de pie ante él. La musculatura de las patas traseras comenzó a elongarse, el corvejón se enderezó por completo hasta convertirse en una rodilla puntiaguda y de las almohadillas de las patas empezaron a deslizarse unos dedos rematados por unas uñas aguileñas, recias  y atemorizantes. Miré perplejo a mi padre, que en lugar de asustarse por la transformación que observaba, soltó a Hasp y se retiró hacia atrás, mientras éste soportaba  sin aparente dificultad el peso del cuerpo sobre su tren inferior, ahora indistinguible del de cualquier humano, hasta quedar completamente erguido. Tras unos segundos de lo que intuí era admiración,  se acercó de nuevo a él, visiblemente emocionado, y lo abrazó.

Me restregué los ojos bañados aún por el estupor y los restos de orgullo herido, me di la vuelta, entré en la habitación y me tumbé sobre la cama repitiéndome una y otra vez que todo aquello era sólo una alucinación.


En los días siguientes, sin embargo, pude comprobar que no había sido fruto de mi imaginación. Hasp ya no iba detrás de mi padre, ahora  caminaban juntos, uno al lado del otro. El enorme perro blanco le sacaba una cabeza de altura a mi padre, pero él parecía sentirse cómodo al lado de aquel mastodonte. Extrañamente, los demás, los empleados de las empresas, los de la casa, el jardinero, el chófer,…nadie parecía afectado por el cambio. Llamé a mi madre para contárselo, pero ella, sin apenas dejarme acabar el nervioso relato de lo que estaba viviendo, se limitó a decirme: “De tu padre me lo creo todo, hijo, pero tú deberías comer más”, y colgó.  Y entonces volví a sentirme abandonado de nuevo y quise salir corriendo,  huir una vez más, pero el mundo fuera de la enorme  mansión se me antojó aún más angosto, lúgubre e inseguro.

Poco a poco, la transformación fue completa. De un rato para otro, de la mañana a la tarde,  podía observar algún cambio significativo, los dedos, los bíceps, el tórax, el cuello,.. pero seguía manteniendo aún su poderosa cabeza animal sin apenas cincelamientos, los músculos masticadores que se le marcaban con cada rictus de contrariedad, el hocico pigmentado de rosa en torno a la trufa  y las orejas en pico, siempre alertas. Veía a mi padre hablarle continuamente, hacer pausas, como esperando una respuesta que nunca aparecía, hasta que un día, cerca de finales del otoño, Hasp empezó a hablar.

Los preparativos de una fiesta para celebrar una nueva fusión requirieron la contratación de nuevas asistentes en la cocina. Yo estaba sentado en  un butacón de la biblioteca, fingiendo leer, mientras atisbaba por la puerta entreabierta que daba con el despacho en el que hacían las entrevistas de lo que imaginaba iban a ser nuevas personas deambulando sin parar por la cocina. Esperaba, anhelaba más bien, que apareciera alguien en quien confiar, alguien con la fortaleza necesaria para que pudiera ayudarme sin saber muy bien a qué. Mi padre estaba sentado tras la mesa y Hasp de pie, se dedicaba a olisquear  y dar vueltas alrededor de las asustadas candidatas. Con cada nueva chica se le veía más  intranquilo, jadeaba hasta babear, se ponía por detrás y empezaba a moverse con agitación prácticamente pegado a sus espaldas. Las chicas se revolvían temerosas  ante los gestos de aquel monstruo,  pero eso no hacía sino excitarlo aún más, hasta que salían huyendo, a pesar de la gran necesidad de un empleo que pudiera paliar aunque fuera temporalmente su miseria. Una de ellas, sin embargo, permaneció inmóvil, aparentemente sin temor, soportando el ritual sin inmutarse. Mi padre le preguntó a Hasp qué le parecía y él se quedó mirándolo por encima del hombro de ella y de pronto le escuché decir: “Es mía”. Salté del butacón. Era una voz gutural, extraña, pero el contenido me resultó rápidamente familiar.  Es mía, como un objeto, como había sido mi madre para mi padre, como lo soy incluso yo. Esperé alguna reacción de la chica, pero ella no hizo nada, ningún ademán. Mi padre sacó una bolsa con dinero de uno de los cajones de la mesa y se lo tiró al suelo. Ella se agachó a recogerlo y Hasp aprovechó para embestirla por detrás. Le desgarró la ropa y la penetró. Asistí al apareamiento con una contradictoria sensación de repugnancia y excitación, mientras en mi cabeza se repetía aquella lacónica frase: “Es mía”.

Desde ese día, los monólogos fueron convirtiéndose en conversaciones reales. Las facciones de la cara de Hasp fueron lentamente transformándose, diría que con cada palabra, con cada frase, sus rasgos iban mutando hacia un rostro humano, pero su verdadera naturaleza animal seguía aflorando de alguna manera a través de las miradas de sus ojos sin pestañas y de la enorme dentadura que albergaba su boca sin fin. A esa transformación física también le fue acompañando otra más trascendente aún. El monstruoso ser se fue adueñando cada vez más de la voluntad de mi padre. A veces recibía él solo a los empleados y les daba instrucciones precisas sobre su cometido. Cuando los veía ahora pasear juntos, parecía que era mi padre el que lo acompañaba y no al revés. Era Hasp el que sostenía un discurso vehemente, el que hablaba por teléfono gesticulando ampulosamente mientras mi padre, cada vez más rezagado, asentía comprensivo e imitaba los ademanes. A la hora de la comida, me miraba con aquella misma dureza inicial, no con el frío desdén  con el que lo hacía mi padre, sino con la certeza de abundar en mi amedrantamiento. Desde mucho tiempo atrás le rehuía, pero ahora no podía desembarazarme de su presencia ni siquiera cuando estaba en  una estancia diferente a la suya. Sus intenciones me perseguían día y noche. Sabía que yo, aún dentro de mi debilidad, era ya su único obstáculo, y esa certeza no me permitía conciliar el sueño. Apenas comía y mi aspecto físico se fue deteriorando con el paso de los días. Estaba continuamente sobresaltado y convencido de que el trémulo olor de mi temor llegaba a su olfato animal acrecentando sus ancestrales instintos de caza.


Pero paradójicamente, ese miedo me empujó por primera vez en mi vida a luchar, a luchar por sobrevivir,  a imaginar formas de librarme de aquella locura en las que todas acababan de la misma manera: con la muerte de Hasp. No encontraba una situación propicia, un segundo de distracción que me permitiera poner fin al monstruo. Fantaseaba con ello pero en esos  sueños, en el último instante,  él se giraba o se despertaba o era avisado por algún ruido producido por mi torpe acercamiento, y en ese momento saltaba sobre mí y de una poderosa dentellada acababa conmigo. Aún así, no cejaba, no me dejaba aletargar por la angustia, sino que ideaba otro plan, y luego otro, y así cada día y cada noche, mis  horas se fueron llenando del ansia de venganza y de un humor denso y oscuro que fueron convirtiendo el miedo que siempre me había acompañado  en una emoción que latía por mis venas, por debajo de mi piel, con más fuerza que mi propio corazón: el odio.

Aquella mañana no necesité pensar ningún plan especial. Simplemente me dirigí a la cocina y esperé a que el cocinero despiezara un enorme trozo de borrego traído expresamente para Hasp. Afilaba el cuchillo con cada corte y lobservaba la facilidad con que se introducía en la carne y ese detalle me convenció de que haría falta poca fuerza física para asestar un golpe mortal. Una vez que acabó, dejó el cuchillo sobre la tabla y con las piezas de carne metidas en un lebrillo se dirigió a la cámara. Me acerqué a la mesa, lo así con fuerza por la empuñadura y me dirigí decidido hacia la sala contigua a la biblioteca. Allí, ambos, mi padre y Hasp, esperaban a la  delegación de una empresa. Entré en la sala. Los dos estaban de pie delante de la mesa. Hasp le daba instrucciones a mi padre para que no dijera nada, para que lo dejara llevar el peso de la conversación y mi padre mostraba su acuerdo sin ambages. Me vieron entrar y sin apenas mirarme, Hasp me preguntó qué hacía allí. Vi los ojos de mi padre leer los míos asombrado. Avancé con extraño paso firme y de un salto me impulsé con el brazo armado a consumar mi venganza. Justo al descargarlo, observé horrorizado como mi padre se interponía entre ambos, mientras gritaba por primera vez la palabra “hijo” sin que pareciera que sonara a “inútil”. El cuchillo se introdujo entre las costillas hasta prácticamente el mango. Toda la fuerza que nunca tuve se había concentrado en aquel terrible golpe final. Mi padre apenas tuvo tiempo para mirarme, para descubrir lo que nunca vio en mí. La sangre se me heló, volví a ser yo de nuevo, cubierto del mismo miedo que creía haber dejado atrás. Temblando sin comprender. Intenté evitar  su  caída de pero  me faltaron fuerzas. El cuerpo se desplomó sin vida, y yo me incliné hacia él y lo miré incrédulo. Lo llamé una y otra vez por su nombre,  casi como para tomar distancia, para sentir que era otro, aquel otro que en realidad había sido siempre. Entonces escuché a Hasp acercarse lentamente hacia mí hasta oír su respiración animal sobre mi cabeza.

— Lástima—me susurró con un tono completamente humano—,  ya no despertará: ha sido un golpe certero.

Luego dio un grito, un grito de alarma, y en pocos segundos llegaron varios empleados de la casa y él se limitó a dar unos pasos hacia atrás, a dejar que la evidencia me delatara. Tras el revuelo inicial, oí a alguien llamar a una ambulancia y a la policía. Yo me quedé allí, inmóvil, esperando, bajo la mirada triunfadora de Hasp.


miércoles, 19 de febrero de 2014

Duras como piedras




Marcelo se encontró la  Moleskine caída justo delante del puesto de frutas. La tendera le preguntó que quería y él se apresuró a pedirle un kilo de peras de agua, “duras como piedras”, apuntilló. Y mientras ella se giraba para cogerlas, él miró alrededor y  se agachó a por la libreta. Se la guardó en el bolsillo de la chaqueta, sin más. La vendedora le alargó la bolsa con la fruta. “¿Estarán bien duras?”, insistió. “Como piedras”, recalcó la chica con una sonrisa, mientras se martilleaba suavemente la cabeza con los nudillos. Marcelo no le devolvió la sonrisa. Cogió la bolsa, se dio media vuelta y se marchó del mercado en dirección a la cafetería.

Se sentó en la misma mesa de cada mañana, hizo un gesto al camarero para que lo mirara. “Leche fría”, le indicó, “un chorrito”. El camarero asintió levantando la mano.

Soltó la bolsa en el suelo y buscó la Moleskine en el bolsillo. Estaba muy arrugada. Miró hacia la barra y las mesas buscando algún posible dueño despistado. Nadie de los presentes se le antojó susceptible de anotar algo en una libreta así.  Se la acercó a la nariz y la olió. 

—Su café.
—Gracias.

Dejó que el camarero se marchase y entonces echó un vistazo a  la libreta. Era negra,  un modelo con las hojas blancas sin rayas, que parecía haber sido utilizada a modo de diario. Tenía varias hojas arrancadas sin cuidado, todas partidas por el mismo sitio, por lo que dedujo que las habrían quitado de golpe. Un acto violento, sin duda. Vertió el azúcar en el café y empezó a moverlo con la cucharilla indolentemente mientras abría con la otra mano la primera página escrita.

 “Jueves 13

Cada día me cuesta más controlarme. Esta mañana temprano he dado un paseo por el mercado. Me he detenido a comprar fruta en el puesto de esa chica. No sé por qué está siempre tan risueña. Algunas días a la semana acabo aquí el paseo antes de volver a casa. Compro algunas verduras, casi siempre calabacines. Ella me ve y me pregunta: “¿Lo de siempre?”, y yo asiento.  A veces, ni siquiera llega a preguntarme, me señala con el dedo los calabacines y yo muevo ligeramente la cabeza. Esos momentos me ayudan a despejarme, pero siento una gran presión dentro de mí y en cuanto vuelvo de regreso al piso, las nubes negras empiezan a ensombrecerlo de nuevo todo.

  
Domingo 16

No he salido de casa. Me he quedado un rato largo mirándome al espejo en el cuarto de baño. Los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Siento una tensión terrible en todo el cuerpo.
Me has llamado para preguntar. No creo que te importe, te he dicho. Te quedaste en silencio, como lo hacías últimamente, pero oí tu respiración agitada, y pensé que volverías  a recriminármelo todo de nuevo. Pero esta vez no, colgaste. Lancé el móvil a la cama con ira. Luego he cogido la libreta y antes de ponerme a escribir para calmarme, me he quedado mirándola un rato, recordando el día en que me la regalaste. Si no podíamos hablar sin que acabara estallando, podría, al menos, utilizarla para comunicarme contigo. Eso me dijiste. Ya supe lo que habías decidido. También sospeché que habría alguien que te esperaba.  

Lunes 17

Hoy me he fijado en un tipo con el que he coincidido varias veces en el puesto del mercado. Me desespera su arrogancia. Me he preguntado si te conocerá, si también un tipo así te gustaría, si serías capaz de haberme dejado por alguien como él. Ha pedido peras y ha hecho hincapié en que fueran “duras como piedras” de una forma odiosa. He sentido un pinchazo en las sienes, igual que cuando me mirabas de aquella manera y entonces me han entrado  ganas de… sí, de hacerle daño.”

Marcelo leyó de nuevo las últimas líneas. Azorado, cerró la libreta, se incorporó en la silla y levantó la vista buscando a un desconocido pendiente de él. Nadie parecía prestarle atención. Dudó sobre si continuar o no leyendo. Se había bebido ya el café. Intentó tranquilizarse y finalmente la curiosidad se adueñó de nuevo de él. Volvió a abrirla por la misma hoja. Las últimas dos palabras estaban subrayadas. Trazos gruesos y profundos hasta casi traspasar la hoja. Le dio miedo. Llamó al camarero y le pidió otro café, no fue capaz de añadir nada, pero el camarero reprodujo parafraseándolo: “Leche fría; un chorrito”. Se subió las solapas de la chaqueta para protegerse contra la sensación de miedo que había experimentado ante la frase y la forma en que estaba escrita. Se echó hacia atrás en la silla y continuó leyendo.




“ Miércoles 18

Estoy seguro de que te habrás olvidado ya de mí. No has vuelto a llamar y yo no puedo sacarte de mi cabeza. Lo invades todo. A veces lo intento, créeme, pero no puedo controlar este dolor y entonces vuelve la agresividad. Te dije que si me ayudabas lo conseguiría, que te necesitaba a mi lado, pero tú… has elegido huir. No te lo puedo perdonar. Algún día sabré dónde estás. Me tienes que explicar esto cara a cara. Todo está empeorando. Intento calmarme, salir, dar un paseo, hacer algún recado que me aleje de ti.

Esta mañana, después de comprar los calabacines he decidido seguir al tipo de las peras. Creo que hacerle daño a él me ayudará a hacerle daño a todos, se le ve tan… enclenque, tan débil, y sin embargo, es soberbio, altivo, como si se sintiera por encima de los demás. Podría bajarle los humos. Sabría lo que es el dolor. Seguramente será alguien como ese quien esté contigo ahora. Podría ser incluso él.

Se ha sentado en una cafetería cercana y ha pedido un café. Ha hecho el mismo gesto que en el mercado y el camarero ha respondido de forma similar a la chica. Debe repetir esto cada día. Siempre lleva chaqueta y un pantalón de pinzas muy planchado. Usa zapatos de vestir negros, con cordones. No tiene una nota de color en su vida. Seguro que es escrupulosamente ordenado. Ni beberá, ni fumará. Es posible que un hombre así te haga feliz, ¿verdad?  No tendríass que reprocharle nada, sabrías a qué atenerte. Hasta el sexo sería previsible. Maldito imbécil.

Me he quedado en la barra y he pedido un café yo también”

De nuevo, cerró la Moleskine y miró nervioso alrededor. Esta vez fue observando una tras otra a las personas que estaban en la barra. Un hombre de edad mediana, con barba rala, aspecto descuidado, vestido con un jersey azul avejentado, vaqueros y unos deportivos le devolvió la mirada. Escondió  la libreta bajo la mesa y desvió la vista apenas un instante. Cuando la alzó de nuevo, el hombre  se había girado sobre la barra y miraba al televisor.

Marcelo, nervioso,  se levantó, extrajo tres monedas de euro y las dejó sobre la mesa y salió andando deprisa en dirección a su casa. Cada cierto tiempo se giraba y buscaba al hombre del bar. Estaba seguro de que lo perseguía. En contra de su costumbre, decidió coger por un camino más largo para despistarlo en caso de que lo siguiera. Prácticamente corría, sentía que le faltaba el resuello hasta que, por fin, vio el portal de su casa. Sacó con torpeza la llave y abrió. Apenas hubo cruzado la puerta se detuvo a recuperar el aliento. No estaba seguro de cómo debería actuar con aquella información. ¿Llevarle el cuadernillo a la policía? Se reirían de él. Sentía que de pronto su vida había dado un giro terrible, absurdo e incomprensible. Todo había quedado fuera de su control. Fue caminando despacio por el largo pasillo hasta el ascensor. Oyó detrás de sí que llamaban a varios telefonillos del portero automático y el sonido de la puerta  abierto por alguien sin preguntar. Aceleró el paso sin girarse y oyó que también alguien aceleraba los pasos en su dirección.

—¡Espere! —escuchó que lo llamaban.

Se detuvo, miro hacia atrás y lo vio.

—Oiga…—acertó a decir con voz entrecortada—, le devuelvo su diario,..yo no…

El hombre del jersey azul se le quedó mirando sin coger la libreta.

—Se ha dejado usted esta bolsa en el bar.

Tras un instante de duda, Marcelo cogió la bolsa, sin atreverse a apartar los ojos del hombre que se las entregaba. Se dio cuenta de la posición que había adoptado, prácticamente agachado, y se incorporó. Se guardó de nuevo la libreta en el bolsillo de la chaqueta.

—Gracias—se limitó a decir, intentando aparentar serenidad.

 Se giró y comenzó a andar de nuevo hacia el ascensor. Notó aún la respiración agitada  y tomó una bocanada profunda de aire. Pulsó el botón de llamada mientras maldecía haber recogido aquella estúpida Moleskine. Miró en dirección a la puerta y vio al hombre allí, en la misma situación que lo había dejado. Lo miraba fijamente. De pronto empezó a andar despacio hacia él. Seguramente esperaba que le diera algo de dinero por aquel favor. Odiaba a ese tipo de gente. Abrió los brazos con desgana para decir que no tenía dinero, pero al hacer aquel gesto elevó la bolsa y entonces notó un tamaño extraño en las peras, se la acercó un poco más, la abrió y vio con espanto que se trataba de calabacines.




domingo, 9 de febrero de 2014

Nuestra receta familiar de magdalenas de chocolate



La cocina, como el resto del pequeño apartamento, presentaba un aspecto descuidado. La encimera estaba aún llena  con restos de harina y azúcar esparcidos junto al bol de cristal y la batidora y en el fregadero se apilaban vasos y platos, entre los que asomaban cubiertos llenos de restos de comida.

Le resultaba un espacio extraño, ajeno. Cogió la última magdalena con una mano y con la otra presionó lentamente la jeringuilla, introduciendo con paciencia el líquido letal hasta que lo absorbió sin dejar rastro. La colocó con cuidado en la caja, junto a las otras once, y se quedó mirándolas durante un instante, sintiendo una reconfortante y distante sensación de vacío.


Se acercó a la silla en la que había dejado el abrigo y buscó en los bolsillos hasta encontrar un pequeño rollo de cinta de regalo, luego envolvió con parsimonia la caja, coronándola con un lazo simple. Miró el reloj y decidió que era la hora adecuada. Extrajo de un cajón del único mueble del salón unas gafas de pasta de color negro, anticuadas, pero discretas y entró en el cuarto de baño. La bañera permanecía aún salpicada de manchas de un tono amarillo anaranjado. Se asomó al espejo para asegurarse de que la mezcla de tinte y agua oxigenada había conseguido convertirla en otra mujer, luego se ahuecó el pelo, sacó una barra de labios y una sombre de ojos de un pequeño neceser y se maquilló lo suficiente como para presentar un aspecto aceptable, después se puso las falsas gafas de aumento que contribuyeron a desdibujar aún más su aspecto.

Cogió el abrigo, el bolso y la caja, y  bajó a la calle.

El paseo hasta el banco se le hizo más largo de lo esperado. Durante el trayecto se acordó varias veces de su marido, pero intentó desviar los recuerdos para evitar que el paso de los mismos se convirtieran en un obstáculo. Para distraerse, se centró en los transeúntes con los que se cruzaba, adivinar sus vidas. Las personas con prisa, los adictos al móvil, los que se ensimismaban en los escaparates, los que buscaban miradas que los rescataran de la soledad,.. Al doblar una esquina, ya en pleno centro, aminoró el paso hasta detenerse frente a la sucursal, situada en una amplia calle peatonal. Entró sin más dilación. Apenas había una docena de personas esperando turno. No pudo evitar recordar la última vez que vio a Mario con vida. "No hay nada que hacer. No han aceptado demorar el embargo, Ana, el lunes...". No acabó la frase. Se hundió con desesperación entre sus brazos. Ella lo consoló. Le aseguró que saldrían de todo aquello. Su voz sonó más esperanzadora que convincente, pero él aparentó dejarse engañar y no dijo nada. Se quedó así, sumergido en el silencio sobre su pecho, arropado.

El corazón empezó a bombearle imágenes a través de las venas y tuvo que hacer un esfuerzo para volver al presente. Pensó en las magdalenas. Eso la calmó.

—Me parece que le toca a usted.

La voz del hombre la sacó del trance.

—Buenos días —saludó entrando en el despacho.
—Buenos días. Siéntese, por favor, —le pidió amablemente el director—. ¿Qué desea señora?
—Nada, en realidad. Bueno —sonrió débilmente mientras se subía la montura de las impostadas gafas—, no se acordará de mi marido, pero gracias a usted y a su banco hemos podido salir adelante.
—Me alegra —dijo sin entusiasmo el banquero.
—Se lleva todo el día recordándomelo —continuó ella—: "Ahora que todo el mundo está despotricando de los bancos, vendría bien que algunos recordáramos que gracias a ellos hemos podido hacer realidad nuestros sueños".
—Desde luego, no sabe usted bien hasta qué punto es eso así, señora,... pero —alzó un poco el tono sin llegar a ser descortés—, ¿puedo ayudarla en algo?
—No, en nada, ya le digo —sonrió esta vez más abiertamente—, le dejo trabajar. He venido porque me sentía en la obligación de hacer algo... aunque sea algo simple, como traerle unas deliciosas magdalenas para que las disfrute.
—¡No, señora, lo siento! Gracias, pero no puedo aceptar regalos —se incorporó con la intención de despedirla a ella y a sus magdalenas.
—Por favor, no me obligue a seguir con esta carga moral, necesito poder decirle a mi marido que el director al que tanto alaba ha podido por fin probar nuestra receta familiar de magdalenas de chocolate. Las dejaré aquí, como olvidadas —sonrió con complicidad—, pero no me haga ese desaire, por favor. —Se levantó y se dejó acompañar por el director.
—Bueno, señora —ya prácticamente la escoltaba fuera del despacho —, dígale a su marido que le agradecemos mucho el detalle,... y a usted, por supuesto. Un saludo de mi parte.

Permaneció un momento dentro de la oficina. No estaba segura de que finalmente decidiera comérselas. Tras atender a otra persona, el director se asomó e hizo una señal a una empleada que se acercó solícita. Intercambiaron unas palabras y luego ella se marchó sonriendo sosteniendo con las dos manos la caja como si se tratara de un tesoro.

Sabía que poco más tarde saldrían a desayunar juntos. Conocía la hora y el bar al que irían, pero esta vez no pediría las magdalenas habituales; esta vez las llevaría él.

Salió a la puerta y decidió esperar prudentemente hasta comprobar que sus planes se iban cumpliendo. De pronto, una pelota apareció ante sus pies. Siguió la dirección por la que llegó y vio aparecer a un niño pequeño, de unos cuatro o cinco años.

—¿Es tuya? —le preguntó.
—Me la ha regalado mi papá —dijo el crío con desparpajo.
—¿Qué suerte!, pero oye... ¿qué haces en la calle a esta hora?
—Estoy con mi tata —dijo señalando a una chica sentada en un banco cercano.
—¿Y no deberías estar en el cole?
—Es que me toca con mi papá.
—¿Y tu mamá?
—No, mi mamá ha ido a un... —dudó sin encontrar la palabra que buscaba —... a un cole grande. ¡Sólo esta semana! —pareció repetir la frase de la propia madre.

A Ana le hizo gracia la soltura con la que se explicaba el chico.

—Pero bueno, aún así, tu papá debería haberte llevado al cole.
—¿Le digo que me lleve ahora cuando salga?
—¿Cuando salga de donde? — preguntó confundida.
—Del banco, mi papá es el director de ese banco tan grande —dijo el crío señalando la sucursal con orgullo —y ahora me va a llevar a desayunar.

La chica sentada en el banco empezó a llamar al niño, que se apresuró a recoger la pelota y volver a su lado.

Ana observó los brincos de alegría del chico como si fueran martillazos en su pecho. Cerró los ojos y buscó en su interior la imagen de su marido muerto, el cuerpo arrojándose al vacío, los gritos de alerta y espanto de los vecinos,... No podía permitirse dudar, se lo debía.

Se apoyó temblorosa sobre la pared. Sacó del bolso unas gafas de sol y las cambió por las que llevaba puestas. No quería llorar. No más. Oyó la voz del niño gritar un nombre y echar a correr. El padre apareció en la puerta del banco sin nada en las manos, se agachó y esperó con los brazos abiertos a que su hijo llegara a su altura. Lo estrechó y  lo cogió en peso. La chica que lo acompañaba se levantó, se acercó con el balón y se lo dio al niño. Se quedaron esperando un instante hasta que apareció la empleada. Llevaba la caja de magdalenas cogida por la cinta. Se la puso a la altura de los ojos al niño y le hizo un comentario que pareció alegrarle. Ana hizo un ademán de acercamiento, pero luego se detuvo. Empezaron al caminar en dirección al bar.

Los siguió un instante, indecisa, observó al niño que sujetaba la pelota mientras el padre lo llevaba sobre el hombro como un falso y divertido fardo. Al verla, el niño le sonrió y le ofreció  el balón  extendiendo los brazos. Ana se quedó detenida. Entonces él, jugando, se lo lanzó y ella, inmóvil, vio como la pelota se acercaba, bote a bote, latido a latido.





viernes, 26 de abril de 2013

El mundo está lleno de escolióticos (I)




En cuanto cerró los ojos supe que había muerto. No me pregunten por qué, no es que tenga mucha experiencia al respecto, es más,  hasta ahora no había matado a nadie. Pero si no lo estaba, le faltaba poco.

No movía el pecho, ni ninguna otra parte de su cuerpo. Eso me bastó.

Solté el cuchillo allí mismo, luego quemé los guantes de látex, eché un vistazo rápido alrededor y salí del callejón sin prisas. La noche era fría, casi gélida, la temperatura idónea para cometer un asesinato.

Giré hacia la calle Correo, en dirección a Atocha. Al cruzar por una bocacalle me fijé en el nombre de la misma: calle Paz. La paz está muy sobrevalorada, pensé. ¿A quién le da de comer la paz? Comencé a divagar sobre las numerosas injusticias de este mundo.

Sin apenas darme cuenta me hallé cerca de Atocha. A la derecha, en las escalinatas del Reina Sofía me esperaba él. Lo normal es que hubiera estado envuelto en niebla y que el humo del cigarrillo desdibujara un rostro  hierático, pero la realidad estaba más cerca de los Ozores que de los Cohen. Simplemente estaba allí, de pie, vestido con un chándal blanco y azul y unos zapatos negros ajados. Las dos manos en los bolsillos del pantalón. Tirité imaginando el frío que podía estar pasando, pero a él parecía no afectarle. Cuando llegué a su altura le entregué la cartera del difunto. La miró por encima y luego husmeó un poco en su interior sin demasiado interés.

Extrajo un paquete del bolsillo de la horrible chaqueta del chándal y me lo alargó. Apenas lo hube cogido, sin mediar palabra, se dio media vuelta y se marchó caminando con un movimiento pendular que me hizo dudar si se debía a una escoliosis no corregida o a una performance, un guiño a la escena en la que transcurrió nuestro breve encuentro. No, no parecía interesarle mucho el arte. Me incliné por la primera opción. El mundo está lleno de escolióticos.

El trayecto hasta mi casa era largo aún y no quise comprometerme cogiendo un taxi. Aceleré el paso todo lo que pude.  Mi terapeuta me sugirió que diera paseos de una hora a tal ritmo que apenas pudiera articular palabra y si no puedes hablar, me aseguró, tampoco podrás pensar, no al menos hacer girar aquellos negros pensamientos que me abatían.

No había puesto ninguna condición, sólo la tarifa. Una tarifa unisex. La última vez que puse una condición me despidieron del trabajo. Condiciones. Mi ex mujer me puso varias condiciones para continuar nuestra relación. ¿Cuáles son las tuyas?, me preguntó. Yo te quiero incondicionalmente,  le respondí. En aquel momento no era cierto, pero me sentía atrapado y temía que cualquier petición pudiera complicar aún más la situación. Estuve varios meses siguiendo al pie de la letra las condiciones:  más detalles diarios, más conversación, menos quedar con mi amigo Fran, más llegar temprano, planchar, regar las plantas, pasear al perro,.. no, perro no teníamos, ahora que caigo .. en fin.., me afané por cumplirlas todas, incluso tenía metidas en la agenda las tareas de cada día. Pero ella seguía distante. Todo le parecía insuficiente. No lo haces con naturalidad. No claro, pero no me negarás que lo intento. Sí, pero no. ¿Sí, pero no?, ¿qué quiere decir "sí, pero no"?

Conté el dinero varias veces con satisfacción creciente. Un sueldo digno, al fin. El sonido del teléfono interrumpió bruscamente mi emocionado reencuentro con la vida imaginada. Vi el número. Era Sara. Hola, le dije. Hola, respondió ella, ¿estás solo? Claro. ¿Puedo ir a verte? Me miré las manos, mis nuevas manos de asesino. Sí, musité dubitativo. Tras un breve silencio oí como colgaba. Sé que no debería verla, no si quiero seguir manteniendo esperanzas con mi ex. Siempre imagino que de pronto le entra un ataque de nostalgia y viene corriendo en medio de la noche, una noche lluviosa naturalmente, y llama desesperada a mi puerta y yo abro y la veo de pie, sensualmente empapada, con los labios henchidos y trémulos dibujando una pregunta, y nos quedamos mirándonos  y luego nos fundimos en un abrazo y vamos girando como peonzas enlazadas hasta la cama y...y entonces... me paraliza pensar que cuando llegue ese momento, cuando llame por fin, de nuevo, a mi puerta, me encuentre acompañado por Sara y entierre cualquier posibilidad. Agarro el fajo de billetes. Me compraré un S5 en cuanto salga.




jueves, 4 de abril de 2013

La espera



La primera vez que fue a buscarla llegó puntual a la cita.  Se quedó un rato en el coche, escuchando música. Ella se asomó por la ventana de la habitación y le hizo un gesto de espera con la mano al que él respondió con otro comprensivo de aceptación. A esa misma  hora abrían la boutique de la esquina y varias chicas esperaban también, igualmente puntuales, a que llegara la encargada.

Dos meses después, la escena seguía repitiéndose prácticamente igual, salvo con algunos cambios en la intención de los gestos de ambos y en una menor permanencia de él en el interior del coche. En una ocasión se acercó a pedir un cigarrillo a las chicas y éstas entablaron un conversación banal con él, que fueron dando lugar a otras charlas igualmente insustanciales pero de mayor duración. Esos ratos imprecisos transformaron el incipiente malestar de la espera en algo sutilmente agradable.

Por su parte, a ella, verlo de tan buen humor a pesar del tiempo de aburrimiento al que intuía someterlo, le transmitía la suficiente tranquilidad como para no sólo no cambiar sus hábitos al respecto, sino más bien al contrario, acentuarlos. Ambos quedaban a las cinco a sabiendas de que el resultado de tal acuerdo tendría poco que ver con lo verbalmente pactado.

Fruto de estas circunstancias, tanto él como algunas de las chicas fueron añadiendo a su habitual puntualidad ciertos minutos de gracia. Cuando entraban en la tienda, él iba distribuyendo las miradas de forma que cada vez dedicaba menos a la ventana y más a la puerta de la boutique por la que veía transitar a las chicas. Una de ellas empezó a salir a fumar con más asiduidad de la habitual y él se le acercaba a ofrecer o aceptar un cigarrillo. En uno de esos espacios improvisados se encontró a sí mismo pensando en el tatuaje de la chica -la lengua burlona de los Rolling-. "No.Yo soy más de Led". ¿No?, ¿no qué? Le desagradó esa forma inconsciente de intentar distanciarse y decidió convertirlo en parte de la conversación.

- Yo soy más de Led Zeppelin - le dijo señalando el tatuaje del cuello.
- ¡Uf! - exclamó ella con admiración y acto seguido,  lejos de arrinconarse tras los morros de Mick, tomó el cigarro en forma de púa y comenzó  a tocar al aire las notas del  Stairway to Heaven, acompasando su melena rizada en  un perfecto vaivén.

A él le temblaron las piernas. En ese instante su novia lo llamó desde la puerta del coche y el temblor se transformó en un redoble, que hizo que el trayecto hasta llegar a ella se convirtiera en un sarta de tribulaciones mentales en forma de excusas. Cuando llegó a su altura ella alivió su preocupación.

- Esa chica no está bien de la cabeza.

Él asintió con una sonrisa forzada. Tuvo la tentación de girarse porque algo que no existía justo unos minutos antes se había quedado ahora atrapado a su espalda, pero consideró que eso sería consumar la traición. Miró a su novia sin decir nada y luego se metió en el coche. Ella, mientras describía las habituales discusiones con su hermana, sacó del bolso un mp3, lo conectó al audio del coche y Ricardo Montaner comenzó a entonar un romántico bolero que servía de contrapunto a su relato pueril. Entonces él, antes de doblar la esquina, dejándose llevar, se atrevió a buscarla a través del retrovisor.

viernes, 22 de febrero de 2013

Cuencos tibetanos



Aquella mañana salí con optimismo de casa. La tostada no cayó por el lado de la mantequilla. No me la comí, en todo caso, pero obviamente no es lo mismo.

Cuando me dirigía al coche una acertada combinación de atención y coordinación visomotora evitó que pisara alguna de las cacas con las que el fox terrier de mi vecina y el labrador del vecino del 5º A riegan nuestra calle.

Convencido de que esos cambios se debían a la apertura de los chakras superiores, decidí probar suerte de nuevo con Rosa. Los chakras inferiores han de tener algún tipo de comunicación con los de encima del ombligo, estoy convencido,  a pesar de la  falta evidencia empírica que  confirme este extremo,  de que se deben transmitir energéticos y contagiosos mensajes  de buena vecindad.

Saqué de la guantera el cuenco tibetano y lo golpeé con suavidad. Cerré los ojos y dejé que la nota Mi sanadora reparara lo que la noche de incertidumbres había dejado maltrecho en mi Psi.

Rosa es una prosaica neurótica de barrio de clase media. Digamos que no permanece mucho rato en el mismo sitio, ni con la misma persona,  ni con el mínimo de equilibrio como para que puedas asumir todo lo anterior como una posibilidad.

Miiiiiiii……..Miiiiiiiiiiii

Das auto. Mi nuevo templo. La nota suena en el interior del Golf como en una bóveda. Noto sus  vibraciones, masajeando mis ajadas células.

Calculé la velocidad justa para evitar los semáforos en rojo, o más bien, visto desde la óptica primaveral de aquel día, para cogerlos todos en verde. A 40 por hora Rosa se me antojaba dispuesta… Rosa. Dispuesta. Casi piso el acelerador con la emoción, pero la flema de mi Eneatipo 1 salió en mi apoyo  y pude volver a centrarme en el proceso.

Aparqué justo a las puertas del parque. Era la hora del running para Rosa. Según mi coach, nueve de cada diez  peticiones que se le realizan a alguien mientras está haciendo ejercicio físico son contestadas afirmativamente.

Vi a Rosa a lo lejos, carca  del estanque, corriendo a ritmo de maratón, algo que podría permitirme yo durante tres o cuatro minutos. Esperé agazapado tras la cancela de entrada hasta que pasara por allí. Esos minutos eran justo el tiempo del que disponía antes de que el cansancio acabara con mi capacidad de oratoria.

En cuanto estuvo a mi altura di un brinco y me puse a su lado. Ella se asustó y se detuvo un instante.

-         - ¡Eh, menudo susto!”.

Luego, sin más, siguió corriendo. Si la tostada hubiera caído por el lado de la mantequilla habría abandonado allí mismo mis intenciones.

-        -  ¿Qué tal, Rosa?

Ella hizo un gesto que bien podría haber interpretado como de desdén si no fuera por la energía que desprendían mis chakras superiores.

-         -  He estado pensando mucho en ti esta noche. – Sí, suena patético – Creo… creo que deberíamos acostarnos.

-          - Yo me acuesto todos los días –dijo ella sin inmutarse.

Claro. No está formulada como una pregunta, es un enunciado ambiguo,.. Recordé a mi coach y al barbero. Ambos afirman que hay que ir al grano. “Que sí, sí; que no, a otra cosa mariposa”, eso dice mi barbero. Para que haya un sí hay que realizar una pregunta que pueda dar lugar a un sí.

-         -  ¿Quieres acostarte conmigo esta noche? –maldita sea, otra vez ambiguo- Quiero decir, ¿quieres tener sexo conmigo esta noche? -¡Jo, lo empeoro! Follar, joder, hacer el amor,.. No hay tiempo para eufemismos (coach dixit)

Nuevo intento.

-          - ¿Hacemos el amor esta noche y luego vamos a cenar al Molly y luego nos vamos al cine a ver la última de Tarantino?
-          - Odio a Tarantino

Qué difícil es pensar y correr al mismo tiempo. Cómo debo interpretar esto. Le resultaría raro si saco el móvil y llamo a mi coach o al barbero, imagino.

-        -  Bueno, tú eliges la película.

-        -  Prefiero hacerlo todo en el cine

¿¡¡Todo!!?..637 64 45 39

Me tiemblan los conductos inferiores. Tenía que haber desayunado una mezcla de Aspen, Agrimony y Centaury, al 35%, 25% y 40%. No hay nada como las flores de Bach para estas situaciones.
-        
 - ¿Y en qué orden lo haremos?

¡¡Dios, se nota que no voy lo suficiente a consulta!! ¡¡Qué flojera mental!! Mírala a ella, que segura de sí misma, grácil gacelilla… (¿grácil gacelilla? ¡uf, me hace falta más testosterona). No puedo aguantar su ritmo.

-        -  El orden no alterará el resultado final –afirma contundente.

Como para no enamorarse de ella.

-          Va...(jadeos) va...le, lo dejo aquí, lo mío es el ssss…ssspinning, el trote es perjudicial  para las vértebras 23 y 24 según mi osteópata.

-         -  No me decepciones – me dijo finalmente, haciendo un gesto con el dedo que el argot de su barrio In significará algo así como complicidad, pero en mi barrio Out,  quiere decir que te jodan.

¿Y ahora qué hago? ¿Compro Ceregumil, Viagra, Red Bull,…? ¿Me tomo una multi-infusión Bachiana? ¿Veo todos los capítulos que pueda de “Girls”?,..

Mientras tomo resuello apoyado en las rodillas, la veo marcharse, con el pelo recogido en una cola que ondea de lado a lado mientras fluye… (¿fluye?, no sé si voy a dar la talla).

viernes, 28 de diciembre de 2012

Mandarinas, amor y duelo

No tengo ni idea de cómo va a acabar esto. Es más, ni siquiera estoy seguro de cómo ha empezado.

jueves 13

La frutera me sonríe. Supongo que siempre me sonríe, a mí y a toda su clientela. Tiene una sonrisa franca y espontánea. En el mercado, a pesar de tener más cara la fruta. su puesto siempre está lleno. Da igual. Todos pagamos gustosos la diferencia.

Es posible que su sonrisa fuera la habitual  y que yo hoy, por mi estado de ánimo, haya encontrado en la misma una especie de mensaje amoroso. He intentado confirmarlo en la mirada, que bien podría querer decir: ¿qué te pongo?, pero que he preferido interpretar como: ¿cuándo me vas a invitar a salir?


miércoles 19

Llevo una semana comprando frutas y verduras.

viernes 21

- Dos kilos de mandarinas. ¿Tienes algo que hacer mañana por la tarde?

En realidad fue así: doskilosdemandarinas¿tienesgokacerñanatarde?

- ¿Algo más?

Sí: "Creo que me he enamorado de ti"

- No,.. gracias.


Así que, seguro, ese no fue el comienzo.

Dos semanas antes. Lunes 27.

- Te encuentro raro.
- Sí, yo  también me encuentro raro,.. no sé, como melancólico o así.. ya sabes... como si...
- Como si te faltara algo.

Pedro entiende de esto. Hace como que entiende y eso, a todos los efectos, es igual que entender. No hay nada que me aburra más que racionalizar mis emociones. Es una batalla que he perdido siempre y por lo tanto, suelo esquivarla  con bastante tino. Pedro en cambio, es capaz de descubrir la superficie que envuelve cualquier misterio emocional. Digamos que yo pongo las emociones y él descifra el enigma. Hacemos un buen equipo.

- Va a ser por tu ruptura sentimental.
- Pero hace dos años de eso.
- Ajá, pero a ti siempre te ha costado elaborar los duelos.


Ya está. Ya sé por qué tengo ese tono de tristeza inacabada.

Una semana antes. Viernes 7, doce de la mañana.

Constato que puedo arrastrar mi estado por tiendas, cines y restaurantes. Es un avance.

- ¿Por qué estás así, Cesc?
- Por un duelo no resuelto.
- Ah, ya. Entonces mejor  elegimos comedia para esta tarde, ¿no?

Las comedias ayudan a resolver los duelos sentimentales pendientes. Todo el mundo sabe que para superarlos tienes que:

      a. Acudir a todas las citas a ciegas
      b. Ver mucha comedia
      c. Invitar a cenar a tus amigos hasta que lo superes

- Lo que no entiendo - me dice Mara - es cómo te ocurre esto después de tanto tiempo, especialmente teniendo en cuenta que fuiste tú el que rompió la relación.
- Llevas razón. Pero no encuentro otra explicación y Pedro dice que esto es característico en mí.
- Lo de los duelos...
- Sí - afirmo convencido - Después del cine pago la cena.
- Claro.

Me quedo mirándola. Ella se extraña, encuentra rara mi mirada. ¿Por qué no he tenido nunca nada con Mara? Es la novia de Jordi, sí, pero en realidad, es tan... tan...todo.

- ¿Te ocurre algo, Cesc?
- Creoquemeestoyenamorandodeti.
- ¿Qué?
- Creo que puedo ir al cine detrás de ti.
- No entiendo.

Esto sólo lo puede resolver Pedro

Ayer, lunes 24 

- Hola Pedro, necesito que me aclares algo.
- Desembucha.
- Hace un par de semanas me di cuenta de que estaba enamorado de Mara.
- Ajá.
- Y la semana pasada me he enamorado también de la frutera.
- Ajá.
- Incluso creo que echo de menos a mi ex.
- Perfecto - concluye Pedro.
- ¿Cómo que perfecto? ¡Estoy echo un lío!
- Si eres capaz de volver a amar es que ya has superado el duelo.

¡Increíble, cómo no me di cuenta!

- Ahora lo que tienes que hacer es tirarle los tejos a Mara. Olvídate de la frutera.
- ¿A Mara? ¿Y Jordi? - ¿Olvidarme de la frutera?
- Será un secreto entre los tres.
- ¿Entre qué tres?
- Entre nosotros tres.

Claro, si fuera con Jordi no sería un secreto, sería un trío. La lentitud  mental es una secuela del duelo.

- Pero -dudo- ¿Mara querrá algo conmigo?
- Of course, my friend.

Suena convincente. En inglés aún más.  Me despreocupo de las posibles razones por las que ha llegado a esa conclusión.

Hoy, martes 25, siete de la mañana

- Pero, ¿cómo me llamas a esta  hora, Cesc? ¿Te ocurre algo?
- Estoy aquí abajo.
- ¿En mi casa?
- Sí. Llueve.
Un segundo de silencio. ¿Es preocupante?
- Te abro - la voz de Mara suena algo ronca. Jordi no está. Espero - ¡¡Estás empapado!! ¿De dónde vienes? ¿Qué te ha pasado?¿Quieres un café?
- Llevo un rato ahí. Sí, por favor. ¿Me puedo quitar la ropa?
- Claro. Te traigo algo de Jordi y una toalla.

¡¡Uf, no hay peor forma de empezar!! Tengo que hablar con Pedro. No, Mara no lo entendería.

"Sería mejor que nos diéramos una ducha calentita"

- De acuerdo, gracias.

Nos sentamos  en la cocina. Ella sigue con el pijama puesto. Los abultados y enormes ojos de Mafalda me miran desde su camiseta. No puedo apartar la vista.

- Me encanta Mafalda -digo por romper la tensión.
- ¿Me vas a contar qué te ocurre? -dice ella obviando mi comentario y mi fijación por las protuberancias de Mafalda.
"Llevo toda la noche pensando en ti y no puedo dormir y  me he dicho: voy a verla, se lo cuento todo y que sea lo que Dios quiera. ¿Qué es lo peor que me puede ocurrir?"
- Creo que estoy saliendo del duelo. Eso dice Pedro.
- Y entonces te echas a la calle de madrugada a celebrarlo bajo la lluvia...
- Lo sé,.. lo sabe... bueno, creo que lo sé porque...
Me acerco sin pensarlo y la beso. Un beso robado. Ella no se aparta, pero tampoco colabora demasiado. ¿No apartarse es colaborar?

- Sí que estás contento - dice ¿sonriendo? Una mueca difícil de interpretar.
- Puedo volver a enamorarme.
- Me alegro. Ya no nos quedan amigas para tus citas. Has acabado con el repertorio entero. Tendremos que volver a empezar por la primera.
- Jajaja, no. Es más simple.

Voy cogiendo confianza, lo noto en el tono de mi voz. "Es más simple", jo, qué contundente.

- Sigue - dice ella bebiendo despacio de la taza de café humeante.
- Lo sé porque me he dado cuenta de cuánto te deseo.

"Me he dado cuenta de cuánto te deseo", uf, estoy lanzado. Impresionante.

Mara no habla.

Posibilidad número 1.
Está pensando: Pobre, cómo le digo que no puede competir con Jordi.

Posibilidad número 2:
Está pensando: Quién se iba a enterar. Jordi me tiene muy abandonada últimamente.

Posibilidad número 3.

...

- ¿Qué piensas? - pregunto intrigado.
- ¿Has venido en coche?
- No. Andando.

Posibilidad número 3.
Está pensando: Mejor que Jordi no vea el coche cuando vuelva.

- No sé, Cesc, estoy confundida. No puedes venir así, de golpe, y soltarme una cosa semejante y... no sé,.. esperar que yo... Jordi...es tu amigo...

Pedro me dijo una vez que si una mujer titubeaba era que sí; que si decía "No" era que sí y si sonreía y no decía nada era que sí. Seguramente es un machista engreído, pero es mi gurú particular, no puedo pagarme otro políticamente correcto.

Vuelvo a besarla. Ahora ella se muestra más colaboradora. Seguro que está comparando los besos. Sus labios saben a café.


Hoy, martes 25, dos  de la tarde. En el mercado.

- Me alegra verte.
- Gracias - le digo - a mí también. Hoy está muy tranquilo esto, ¿no?
- Sí, bueno, a esta hora suele bajar ya el ritmo- de pronto deja de sonreír y se queda callada mirándome, me pone nervioso- Los otros días...
- ¿Sí? El día de...- no soy capaz de continuar - ella vuelve a sonreír.
- Me dejaste un poco confundida. Creí que me habías dicho algo sobre... quedar... pero...
- Ah, sí, bueno,...Es que.. - cojo fuerzas - no puedo dejar de pensar en ti.

Silencio. Otro silencio. Ya me voy haciendo con esto de los silencios. Pedro dice que los silencios son muy elocuentes. No sé qué quiere decir, pero es seguro que son muy algo, posiblemente elocuentes, pero a mí antes me parecían enigmáticos.

- Ja,ja,ja, -ríe visiblemente nerviosa- Bueno, nunca he quedado con un cliente. Espero no perderlo.
- Ja,ja,ja - mi risa también es nerviosa, aunque espero que no tan visiblemente nerviosa- Te aseguro que no perderás un cliente, en todo caso ganarás un... un... bueno... un...
- Amigo - me ayuda ella.

Concretamos la hora. Paso mi cuerpo por encima de las chirimoyas y nos besamos en la mejilla sellando el nuevo estatus.

Hoy, martes 25, seis de la tarde.

- ¿Pedro?
- Hola Cesc, ¿qué tal?
- He superado el duelo.
- Ajá.
- Estoy enamorado de Mara y de Rosa.
- ¿Quién es Rosa?
- La frutera.
- Ajá.
- ¿Es normal?
- Sí, es la etapa precontemplativa del narcisismo.
- ¿Y eso es malo?
- La ignorancia nunca es mala.

Eso suena fatal, pero Pedro sabrá a qué se refiere. Prefiero que pase directamente a las pautas de conducta.

- ¿Y entonces?
- Paga el cine y las cenas. Eso te ayudará a tomar conciencia.

Eso no suena fatal, pero sí raro, casi tendencioso.

-¿ Lo de invitar no era durante el duelo?
- Bueno, si vas a vivir a todo trapo emocionalmente, debes tomar conciencia de ello racionalmente, y eso sólo lo podrás hacer si lo constatas económicamente.

Es fantástico. No sé como no deja las clases de primaria y pone una consulta de counseling o de coaching.

Aunque sigo sin tener claro cuál ha sido el comienzo, ni qué dirección va a tomar todo esto, es evidente que el final consiste siempre en pagar.