miércoles, 21 de mayo de 2014

¿Dejaron de ser cortos los días?


Mira para atrás, Manuel,
desde tu sillón deformado, y dime,
¿dejaron de ser cortos los días?

Mientras contemplas consternado
tu panza septuagenaria,
¿te reconoces en tus sueños?

Aquel que prometió no demorarse en el camino,
¿se convirtió alguna vez en lo pensado?
¿Coronó la cima con la que se entregaba al duermevela?

¡Oronda protuberancia!
¿Sirvió de algo desbrozar de mariposas y flores
aquellos campos de promesas fértiles?

¡Oh, vieja tripa traicionera!
¿Demoró algún amanecer tu paso?
¿Te quedan recuerdos del trayecto
o  fueron mera brisa los besos?

Ahora que  aplanas con dedos ajados
tu derrotada adiposidad,
¿llegaste a oír la música de la verbena
desde la empinada orilla de las laderas?

En el centro del universo
en el que se horada tu barriga,
¿sientes el frío del destino
quebrar las fantasías a las que te entregaste?

¡Desleal camarada!
¿A qué manos te aferras
cuando te visita el abismo?

Mira para atrás, Manuel,
y dime, pobre amigo preso,
¿dejaron de ser cortos los días?









domingo, 4 de mayo de 2014

El rapto


El rapto de Perséfone - Alessandro Allori (1570)
Pedro entró en el bar, se detuvo un instante y empezó a buscarla con la mirada hasta que la encontró. Estaba allí, en una mesa redonda al fondo, sentada de espaldas a la puerta, rodeada de personas desconocidas para él. Se acercó y la llamó por su nombre. Ella primero miró la cara de todos los que la acompañaban, pero no se inmutó. El chico que estaba a su lado se giró. Lo reconoció: era su novio.

¾   ¿Qué quieres? ¾le preguntó el chico.

Pedro no le hizo caso y volvió a decir su nombre. Esta vez Rosa se volvió. La miró esperanzado. No quería pensar más  allá de cada minuto. Había elegido el camino más arriesgado, pero ¿habría alguno en el que la decisión no dependiera de las dudas? Irrumpir en su vida, en su otra vida, provocar una respuesta, saltar la distancia que separa las ilusiones de la realidad. 

Durante  un instante todo pareció quedar suspendido. Un accidente,  Pedro leyó los ojos de Rosa y encontró la verdad teñida de temor. La asió de la mano y ella se levantó manteniendo la mirada sin decir nada.

    ¾     ¿Qué haces? – el novio se incorporó del asiento y se puso de pie, junto a él. ¾Suéltala.
    ¾     No puedo ¾dijo Pedro.
    ¾     ¿Cómo que no puedes? ¾el tono de voz del novio subió con la misma rapidez que la confusión de todos.

Los demás miembros de la mesa  se levantaron también claramente nerviosos. Entonces Pedro, más decidido, tiró con fuerza de Rosa y ella, a modo de aviso, se limitó a decir: “Me voy” y cedió toda la resistencia que imaginó una vez que opondría. Ambos comenzaron a andar decididos hacia la calle. Oyó las voces a su espalda llamándola y el murmullo creciente a su alrededor. El novio dio varias zancadas hasta ponerse a su altura, agitando los brazos y gritando.

    ¾     Pero Rosa, ¿se puede saber qué haces? ¿quién es este tío? ¾viendo que ella no respondía la detuvo cogiéndola por los hombros¾ ¿Quién es?
    ¾     Él ¾se limitó a decir ella soltándose.

El novio se quedó parado, sin entender qué ocurría. Pronto se encontraron en el coche, con buena parte del bar asomado a la puerta, como si estuvieran despidiendo un cortejo improvisado. Pedro arrancó y se marcharon. Se quedaron callados mientras salían del pueblo.

    ¾     ¿Esto es el final o es el principio? ¾preguntó al fin ella.
    ¾     Siempre es el principio. El final nunca existe ¾respondió él sonriéndole.
    ¾     No podría haberme imaginado nada mejor que ser raptada por un filósofo ¾dijo ella sonriendo también.

Pedro le pasó un brazo por el hombro y ella se dejó caer sobre él.

    ¾     ¿Adónde vamos?
    ¾     Al mar, naturalmente.
    ¾     Naturalmente ¾dijo Rosa, y cerró los ojos.


Detuvo el coche en el mirador, un lugar ya familiar para ambos. Se bajaron y luego descendieron por una pequeña ladera atravesada por una escalinata construida de tacos de madera, al final de la cual se encontraba una playa desierta en esta época del año. Rosa se sentó en la arena, mirando el horizonte, sobre el que ya había iniciado el sol su descenso diario. Pedro se sentó detrás y la cogió por la cintura. Apoyó su barbilla sobre el hombro de ella y le susurró al oído.

    ¾     El mar. Aquí nace todo siempre.
    ¾     Sí. No sé cómo se puede vivir lejos de él.
    ¾     Es imposible, lejos sólo se puede sobrevivir ¾dijo Pedro convencido.
    ¾     ¿Has comido? ¾preguntó ella de pronto.
    ¾     No –bromeó él ¾, no quisieron que me quedara.

Rosa soltó una carcajada nerviosa. Ambos se quedaron en silencio, mirando los cambios de intensidad del cielo. Ella escuchaba la respiración de él cerca de su mejilla. Sentía que se tranquilizaba. Todo parecía resuelto al fin. Prefería no pensar, luchaba interiormente por dejarse arrastrar como unas horas antes, por vivir con plenitud cada momento, sin más. Pero no podía. ¿Qué haces después de conseguir lo que quieres? Disfrutarlo, diría Pedro. Amar y dejarse amar. Era  una afortunada. ¿Lo era?

    ¾     ¿Te preocupa algo? ¾le preguntó Pedro al notarla ausente.
    ¾     No –mintió ella  ¾, ¿qué me va a pasar? ¿Buscamos algo para cenar?
    ¾     ¿Qué te parece si compramos unos sándwiches en la gasolinera,  los traemos y nos los comemos viendo la puesta de sol, como tantas otras veces?
    ¾     Buena idea ¾apoyó ella levantándose.

Escogieron un par de sándwiches cada uno y unas latas de refresco, luego volvieron al mirador y se quedaron dentro del coche. Pedro buscó algo de música y la dejó sonando de fondo. Comieron en silencio, mirando el ocaso. Rosa comenzó a sentirse más incómoda, como si no hubiera previsto bien las consecuencias de aquel acto. No pudo evitar pensar en la familia, en los amigos, en Javier, el  novio,... articuló mentalmente las explicaciones que tendría que dar y el tiempo que tardaría aquello en dejar de ser noticia, en ser aceptada la nueva realidad. Pensó también  en el trabajo, en los gastos compartidos y, en suma, en todas aquellas otras cosas que la huida había puesto al fin sobre la mesa y que antes, cuando formaban parte de lo cotidiano, no suponían ningún obstáculo a los sueños. Masticaba lentamente, sin ganas. Se preguntó qué estaría pensando Pedro, pero no se atrevió a preguntárselo. Empezó a sentirse cansada, vencida, echó el asiento hacia atrás y cerró los ojos.

     ¾     ¿Qué harías si mi novio me pidiera que me casara con él? –le preguntó casi en duermevela
     ¾     Raptarte ¾respondió Pedro sin pensarlo.

Rosa sonrió. Se escuchó a sí misma decir débilmente: “¡Qué bien!”, y luego dejó que el sueño se apoderara de ella.

Se despertó a media mañana. Miró el móvil. Tenía varios mensajes, casi todos de Javi, recordándole que habían quedado para comer con los amigos y con su primo Manuel y la novia. Se fue a la ducha. Se llevó un rato maquillándose mientras pensaba sin parar en  Pedro.
   
    ¾     Te estamos esperando, ¿tardas mucho? –la voz de Javi sonaba a una tibia impaciencia.

No quería ir, no era allí donde le gustaría estar.

    ¾     No, ya he acabado, bajo. En cinco minutos llego.

Saludó a varios conocidos por la calle. El novio estaba en la puerta del bar, con un vaso de cerveza en la mano,  acompañado del primo, que se fumaba un cigarrillo.

¾     Doña Tardona ¾le dijo Manuel bromeando¾. Entra, guapa, que ahí está ya todo el mundo sentado.

Javi le guiñó el ojo y le dio un beso cariñoso en los labios. Ella entró al bar, saludó a los amigos y se sentó. Al poco llegaron Javi y Manuel. Los miró a todos. ¿Era aquella la verdad o era la otra? Estos rituales en los que todos participan ajenos a cualquier alteración, ¿formaban parte de su vida o en realidad la estaban alejando de lo que un día soñó? Escuchaba las voces, las bromas, las mismas voces y las mismas bromas. Un círculo que se cerraba una y otra vez sobre sí mismo. Y ella a veces estaba dentro  y otras fuera; un suspiro de alivio y otro de desconsuelo.

Llevaban ya  un rato comiendo, sentados en torno a la tranquila luz de lo cotidiano, cuando de pronto oyó a su espalda la voz de Pedro llamándola por su nombre. Sintió un pinchazo, un temor como de último aviso para el tren que no se puede perder. Una voz lejana rescatándola de aquel abismo.

   ¾     Rosa.









miércoles, 16 de abril de 2014

Carretera de circunvalación



La autopista de circunvalación se engulle a sí misma. En su anillo interminable va digiriendo sin cesar una procesión de coches adormecidos bajo la luz mortecina del amanecer. Al fondo, tras una espesa cortina gris, se adivina la ciudad.

Pedro se dirige al hospital  para ver a Elena, posiblemente por última vez. Le gustaría realizar la visita y regresar luego al trabajo, así que prefiere no modificar su rutina diaria. Tiene sentimientos ambivalentes respecto a volver a encontrarse con ella, aún sabiendo las circunstancias en que se dará tal encuentro. Por un lado, la carga de reproches que lleva años acumulando le hacen sentir que el desenlace es un acto de justicia; por otro, no se imagina que no exista, al menos, la posibilidad de algún reencuentro futuro.

Ensimismado, mira a los coches del carril que ahora van adelantándolo en el mismo ritual   de vaivén matutino, pero apenas los ve. En su interior se van formando imágenes, escenas de las que ha estado huyendo todo este tiempo y desde esa nebulosa aparece con claridad la voz de Elena.­­

— Odio estas carreteras de circunvalación, son como nudos que asfixian a las ciudades. Es horrible. ¿No te cansa esta rutina?
—¿Cansarme? Es una rutina obligatoria o la asumes o…
— ¿O qué? —retó ella.

Por un momento aquella pregunta infantil se paseó por la mente de Pedro como una puerta entreabierta. Luego, enseguida, recobró el sentido común.

—¿Cómo qué o qué?, ¿de veras te tengo que contestar a eso?

Pedro adoptó un tono vehemente, o recordó haber adoptado un tono vehemente. Ella se quedó mirándolo sin afectación.

— No sé, no me imagino viviendo con resignación esto cada mañana del resto de mi vida.
—¿Y qué harías entonces? —preguntó Pedro.
— Vivir—respondió ella sin atisbo de duda.

¿Era tan simple como eso? Un claxon, varios inmediatamente, le impelen  a avanzar algunos metros más. Se incorpora a la comitiva mecánicamente mientras los recuerdos avivan  el peso de lo cotidiano, del cielo plomizo, del trasiego de miradas desoladas tras los cristales, de la libertad que tuvo un día entre sus dedos, de la piel que le ofreció el camino,..

— ¿Te importa si me voy contigo mañana?
—Claro que no… por supuesto… sí
—Es que como apenas nos conocemos de nada… pensarás que soy una fresca.

Elena sonrió y él desvió su mirada algo confuso, luego se apresuró a corregirla esforzándose a conciencia por desmentirlo con frases que sonaron a vacías. Ella lo cortó con un beso espontáneo en las mejillas.

—Gracias. Eres muy amable.
  
Nuevamente ella le devuelve una hermosa sonrisa. Esa noche no  pudo apartarla de su mente, ni esa noche ni las siguientes. Los fines de semana se empezaron a eternizar en un  anticipo del dolor que intuía cuando se acabaran los lunes. Se preguntaba si ella habría notado algún cambio y la duda lo azoraba.

A medida que avanza por la autopista, los recuerdos se le van anudando a la garganta en un puzle sin orden.

—¿Qué tal tu fin de semana?
— Bien —mintió.
—Yo no  he parado, estoy agotada… —dijo ella exultante, luego comenzó a relatar con detalle las causas de su cansancio.

Pedro conducía sin apartar la vista de la carretera. Las filas de coches pasaban con exasperante lentitud. Elena no pareció asombrada al verlo golpear varias veces el claxon con impaciencia. No quería estar allí, encerrado, escuchando lo que le contaba. Entonces ella, en un momento, detuvo el relato  y le dijo abiertamente.

—Sé por qué has reaccionado así.

¿Cómo pudo saberlo? Piensa en aquella frase. Aún hoy le cuesta encontrar algún gesto suyo que pudiera haberlo delatado. A la derecha, desde  un coche con la ventana bajada, un conductor lo mira fijamente. Parece recriminarle su indolencia. Sólo entonces se da cuenta de que le toca a su fila adelantar unos metros.

Los primeros y más sucios edificios de la ciudad se muestran al fin. Pedro intenta concentrarse para tomar el carril adecuado. Se deshace durante un instante del rostro y de la voz de ella y pisa suavemente el acelerador. No tiene prisas. No sabe siquiera si desea llegar. Podría presentarse en el trabajo y explicar que al final no había tenido que ir al hospital. Nadie le pediría explicaciones.

Recién levantado, sin haber realizado aún los ejercicios para el cuello y la espalda delante del espejo del cuarto de baño, escuchó el sonido de un mensaje en el móvil. Le molestó sobremanera, pero no pudo evitar abrirlo. Un escueto “Hola” apareció de pronto en la pantalla. Miró la pequeña foto en el ángulo superior y sintió que el corazón le daba un vuelco. Unos latidos ya casi olvidados. “Tengo que decirte algo, ¿te llamo?”. Tras un instante dubitativo, finalmente  escribió: “No”. Introdujo las dos letras temblando, luego añadió: “preferiría no hablar contigo”, y finalmente, “lo siento”. Ella, no obstante, continuó escribiendo. “Me trasladan a Houston”. Él esperó sin atreverse a preguntar. “Al Anderson Center, ya sabes. ¿Te imaginas?”. No fue capaz de responder.  “Me gustaría verte” volvió a escribir ella. Pedro no se sentía con fuerzas para reaccionar. De pronto se limitó a copiar: “Al Anderson Center”, ella devolvió enseguida el mensaje. “¿Te imaginas?”, insistió, queriendo encontrar un hilo que conectara con algún momento en la vida de ambos. No, no se lo imaginaba. Lo primero que pensó fue en lo costoso que debería ser ese centro, un pensamiento que le permitiera distanciarse,  y luego, solo después, la imaginó deteriorada por algún tipo de cáncer. “Quisiera despedirme. Igual me gusta tanto aquello que decido no regresar nunca más”. Él  hacía tiempo que no la esperaba. La daba por perdida. Un día abrió los ojos y descubrió el mar, esa sensación atávica que te devuelve a algún lugar que ignorabas que existiera. Otro, igualmente inesperado, vuelve la estepa, insondable y árida. Y así, un día también,  para sobrevivir, tienes que elegir: un mar improbable o la plúmbea seguridad de lo familiar.  Le preguntó por el nombre del  hospital y después escribió un lacónico: “Iré”. 
  
En la carretera hay un silencio tenso, expectante.  ¿Continuará su ruta habitual o se desviará? Él siempre ha cumplido su palabra. Nunca ha fallado a nadie, ¿a quién podría haber fallado? Decide, claro, acudir. Nota de nuevo el rugir de motores que se disponen a distribuirse por los afluentes en que se abre este río angosto.

— Tengo un remedio infalible para ti.
— No estoy enfermo.
— Bueno —continuó ella, —estás así,… como triste.
— No estoy triste —se defendió Pedro. Intentó mostrar una sonrisa que lo corroborara, pero finalmente se truncó en una mueca extraña de la que se arrepintió enseguida.
—Sí, tienes la triple T: tristón, triste, tristísimo. Detén el coche un momento.

Frenó ligeramente con la intención de asegurarle que estaba equivocada, pero sin tiempo de reacción vio como abría la ventanilla, sacaba medio cuerpo  y gritaba: “¡Un momento, por favor!: ¡Es una emergencia, una emergencia!

— ¡Estás loca! Vuelve adentro.

Intentó agarrarla para forzarla a volver, pero se detuvo indeciso, sin saber por dónde cogerla. Ella se metió de nuevo en el interior  y cerró la ventanilla. Lo miró a los ojos sin decir nada. Pedro se sintió extrañamente amenazado.  Elena le quitó las gafas y las dejó indolentemente sobre la guantera, él las siguió preocupado por si se arañaban los cristales, pero ella puso ambas manos sobre su rostro y lo obligó a mirarla, se le acercó y cuando estaba muy cerca de sus labios musitó: “Te hace falta un B60, quizás un B120”, y lo besó con suavidad. Un beso prolongado. A Pedro le pareció prolongado y aún más prolongado ahora, mientras lo recordaba. Sintió que estaba a punto de estallar una sinfonía de quejumbrosos bocinazos. Pero no ocurrió. O quizá sí. El Sol se coló por la ventanilla y notó el calor sobre sus párpados cerrados. Ella se despegó con delicadeza, pero él siguió dejándose bañar por la cálida luz intentando retener aquella sensación durante un  instante.

—Realmente estaba enfermo —dijo al fin sonriendo mientras notaba cómo fluían en su interior colores desconocidos —¿Cómo has dicho que se llama este remedio?
— B60 —dijo Elena.
—Creo que necesitaría un B120, ¿lo has traído?

Alguien, en algún momento, había sembrado unos arbustos aparentemente mustios en las medianas de la autopista. De esas hierbas venidas a más, habían nacido incomprensiblemente unas hermosísimas flores blancas. Desde los coches, que avanzaban parsimoniosos, se oían canciones de amor o todas las canciones parecían de amor. En la entrada de la ciudad, también de repente, unos artistas anónimos habían dibujado en los tristes laterales de los edificios  unos espectaculares murales con motivos urbanos.

Pedro  abre los ojos y mira ahora aquellos edificios. Los desconchones retratan su abandono. Busca algo que demuestre que alguna vez fueron lienzos repletos de vida, pero no lo encuentra. En la mediana, los arbustos están cubiertos de un serrín grisáceo.

Gira hacia la derecha, en dirección al  hospital. Ya dentro del recinto busca un aparcamiento. No sabe si es o no normal que haya tantos disponibles. Quizás sea muy temprano aún. Ignora las normas de visita de los hospitales. Se queda dentro del coche sin atreverse a bajar, inseguro sin un trazado que lo conduzca al lugar habitual.

—Un día me verás por la calle y no me reconocerás.
—Sí, —sonrió Pedro —seguro. Si te veo de pie, andando  y a plena luz del día no te reconoceré. ¿Llevas la medicina?
—Siempre la llevo encima —dijo ella acercándose al asiento de él—, pero es posible que de noche haga incluso más efecto.
— ¡Uf! —dijo él entregándose —, podría convertirme en un adicto. ¿Por qué dosis vamos?




Vacilante aún, se baja del coche y se dirige a la entrada. Al instante duda si ha cerrado o no la puerta, vuelve sobre sus pasos e intenta abrirla sin conseguirlo. Siente un fuerte deseo de marcharse, pero se contiene. Mientras camina, le manda un mensaje por móvil a Elena, espera un poco antes de entrar, pero no recibe respuesta. Es posible que duerma, incluso que esté sedada, se dice a sí mismo. Alrededor del aparcamiento se extiende una amplia zona ajardinada que desprende un olor a hierba fresca. Pedro se queda mirándola abstraído.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó Elena sentada a horcajadas sobre él.
— Mucho mejor. No conocía este parque —dijo él dejándose caer sobre la hierba.
—No creo que conocieras nada fuera de tu rutina —dijo ella —, ¿sabías que el cielo es azul?

En Admisión pregunta por Elena Romero. El administrativo mira su reloj con cierto aire de reprobación. Entonces él añade: “oncología”, y el chico se inclina sobre un libro de registro y al cabo de un instante le indica la planta y el número de la habitación.

Junto a Elena, en una habitación silenciosa y con un horrible olor a ganas de huir, encuentra a la madre aún dormida, vestida,  sobre una cama sin deshacer. Ella está acostada en la cama junto a la ventana. Tiene el rostro tapado por un libro que sostiene entre las manos, en una de las cuales tiene cogida una vena. En ambas palmas se aprecian unas desgarradoras marcas oscuras. Se acerca a ella, que sin bajar el libro le dice de pronto:

— Hola, aburrido. Te has decidido al fin.
— ¿Qué…?— teme o desea preguntarle, saber, pero completa la pregunta más fácil —¿… qué tal estás?

Elena baja  el libro y lo deja abierto encima de la colcha. Tiene el pelo muy corto, incipiente, no, probablemente lo está perdiendo,   y la cara pálida, sin el color vívido de la última vez que la vio.

—Ahora mejor — sonríe extendiendo los brazos abiertos hacia él.

Pedro se inclina y la abraza intentando mostrar  cierta frialdad. Ella lo mantiene sujeto, cerca, sin hablarle. Luego afloja el abrazo y él se sienta en la cama con aspecto más relajado. Parece reconfortado. Ella le coge la mano en un guiño antes familiar y con la otra le acaricia la mejilla. Gestos simples de mar en calma. Pedro mira por la ventana. El Sol empieza a colarse nuevamente a través de un cristal. Por los diminutos huecos de la persiana le llegan los rayos a la cara. Cierra los ojos y se deja caer sobre el cuello de Elena. Todos los reproches, todas las dudas, se van disipando.

— A veces… — dice ella en un susurro que suena a disculpa—, a veces, las cosas pasan, sin más.

Quizás, piensa él. No quiere separarse, no mientras pueda. Ella continúa justificando su comportamiento pero a él le conforta más el contacto, saber que aún puede sentir, que no todo está perdido, que aquello que ella descubrió continúa existiendo, acaba de descubrirlo a través de esa confusa sensación de asfixia y esperanza.

Camino de los aparcamientos observa las margaritas que tapizan el césped. Entra en el coche, baja las ventanillas y realiza una inspiración profunda. Ya en la carretera se desvía del camino que conduce al trabajo y se dirige al parque que a aquella hora de la mañana está prácticamente vacío. Tras bajarse del coche, camina  durante un rato hasta encontrarse cerca del lago, se sienta sobre la hierba a contemplarlo sin hacer ningún esfuerzo por pensar, se tumba y permanece un rato mirando al cielo, luego cierra los ojos y busca la voz de Elena en su interior. Tiene  entonces la certeza de que ella volverá, de que ya ha vuelto.

En el trabajo apenas permanece un par de horas, pone una excusa y sale antes. De regreso a casa no coge por la autopista, sino por una carretera secundaria. Un trayecto más largo salpicado  habitualmente por camiones. No es la misma y milimétrica lentitud, ni el engranaje opresivo de cada mañana que tan rápido  dibujó Elena.  Siente que es un ritmo que puede manejar. Se detiene en el arcén y sale del coche para contemplar el espacio que lo rodea. Coge el móvil y escribe un mensaje: “Azul, el cielo es azul”.



jueves, 13 de marzo de 2014

Hasp




La primera vez que vi a Hasp me asusté. Yo ya no era un crío, acababa de cumplir los diez años,  pero seguía siendo un niño temeroso, inseguro, con esa inseguridad que da la conciencia de que nunca estarás a la altura de lo que se espera de ti. Él era un cachorro, completamente blanco, prácticamente albino, con la piel aún arrugada tras  el hocico rosado, sobre el que se dibujaba un  moteado disperso. Alrededor de los ojos volvía a aparecer ese tenue color rosa, brindando una especie de antifaz  a unos ojos achinados y sin brillo, a través de los cuales, aquel animal,  intuyó mi debilidad. Mi padre vio la expresión de mi rostro e hizo un gesto de desagrado, me acercó al perro  e hizo que me agachara a su altura. El cachorro se limitó a lamerme la cara, hasta que finalmente me tranquilicé. Acaricié su lomo con suavidad y él empezó a contonearse con nerviosismo.

Hasp fue creciendo a la sombra de mi padre, siempre estaban juntos,  yo sentía que, de alguna manera, ocupaba mi lugar, que me robaba la posibilidad de que, al menos, la cercanía física pudiera otorgarme alguna vez la incierta posibilidad de su aceptación. Sus empleados prácticamente necesitaban el consentimiento de ambos para emprender cualquier acción. Cuando le contaban algo a mi padre,  éste miraba a Hasp, que a su vez le devolvía la mirada que yo, desde la distancia, imaginaba cómplice. Llegó un momento en el que los trabajadores, incluso los propios encargados con mayor antigüedad, empezaron ellos mismos a repetir ese protocolo de miradas y el perro se las sostenía  de la misma forma en que lo hacía mi padre, como órdenes mudas que han de ser interpretadas.

Un día me asomé a la ventana de la cocina y los vi caminar por el césped del jardín. Mi padre hablaba por teléfono y Hasp iba detrás. Me pareció que imitaba sus pasos, su forma de andar. Cuando levantaba una mano para apuntalar lo que hablaba, el perro elevaba también al mismo tiempo una pata; si negaba o afirmaba con la cabeza, él también realizaba tales gestos.

— El perro me da miedo, papá—, llegué a decirle un día.
—¿Hasp? —, preguntó extrañado. Se giró y lo señaló con el dedo—. No encontraré jamás un animal como ese. Si fuera una persona le dejaría todo lo que he conseguido con tantos años de esfuerzo, no lo dudes.

El dogo argentino me miró con dureza, con una dureza penetrante, casi con arrogancia, como si supiera lo que acababa de decir de él. Abrió la boca y en lugar de emitir un ladrido me pareció que articulaba mi nombre. La impresión me llevó a recular hasta tropezar con una silla y caerme. En lugar de venir a levantarme, mi padre soltó una risa sonora. Hasp avanzó hasta ponerse a su altura y ambos se quedaron mirando cómo me incorporaba, yo, el vástago destronado, un enclenque estudiante pusilánime que no podría jamás enfrentarse a las demandas de la sacrosanta competitividad,  hasta el punto de que un simple y repugnante bicho transmitía más seguridad y confianza.


Subí las escaleras llorando y mientras me trastabillaba en mi huída, imaginé que tal actitud cobarde confirmaría aún más lo que mi padre veía en mí: la  incapacidad para enfrentarme al mundo, a su mundo. Ambos se quedaron allí, riéndose como viejos camaradas que acababan de compartir una confidencia. ¿Riéndose? Me detuve  ya en el rellano de la primera planta, cerca de mi habitación, y me asomé, agazapado, por los barrotes de la barandilla. Mi padre tenía sujeto a Hasp por las patas delanteras hasta ponerlo de pie ante él. La musculatura de las patas traseras comenzó a elongarse, el corvejón se enderezó por completo hasta convertirse en una rodilla puntiaguda y de las almohadillas de las patas empezaron a deslizarse unos dedos rematados por unas uñas aguileñas, recias  y atemorizantes. Miré perplejo a mi padre, que en lugar de asustarse por la transformación que observaba, soltó a Hasp y se retiró hacia atrás, mientras éste soportaba  sin aparente dificultad el peso del cuerpo sobre su tren inferior, ahora indistinguible del de cualquier humano, hasta quedar completamente erguido. Tras unos segundos de lo que intuí era admiración,  se acercó de nuevo a él, visiblemente emocionado, y lo abrazó.

Me restregué los ojos bañados aún por el estupor y los restos de orgullo herido, me di la vuelta, entré en la habitación y me tumbé sobre la cama repitiéndome una y otra vez que todo aquello era sólo una alucinación.


En los días siguientes, sin embargo, pude comprobar que no había sido fruto de mi imaginación. Hasp ya no iba detrás de mi padre, ahora  caminaban juntos, uno al lado del otro. El enorme perro blanco le sacaba una cabeza de altura a mi padre, pero él parecía sentirse cómodo al lado de aquel mastodonte. Extrañamente, los demás, los empleados de las empresas, los de la casa, el jardinero, el chófer,…nadie parecía afectado por el cambio. Llamé a mi madre para contárselo, pero ella, sin apenas dejarme acabar el nervioso relato de lo que estaba viviendo, se limitó a decirme: “De tu padre me lo creo todo, hijo, pero tú deberías comer más”, y colgó.  Y entonces volví a sentirme abandonado de nuevo y quise salir corriendo,  huir una vez más, pero el mundo fuera de la enorme  mansión se me antojó aún más angosto, lúgubre e inseguro.

Poco a poco, la transformación fue completa. De un rato para otro, de la mañana a la tarde,  podía observar algún cambio significativo, los dedos, los bíceps, el tórax, el cuello,.. pero seguía manteniendo aún su poderosa cabeza animal sin apenas cincelamientos, los músculos masticadores que se le marcaban con cada rictus de contrariedad, el hocico pigmentado de rosa en torno a la trufa  y las orejas en pico, siempre alertas. Veía a mi padre hablarle continuamente, hacer pausas, como esperando una respuesta que nunca aparecía, hasta que un día, cerca de finales del otoño, Hasp empezó a hablar.

Los preparativos de una fiesta para celebrar una nueva fusión requirieron la contratación de nuevas asistentes en la cocina. Yo estaba sentado en  un butacón de la biblioteca, fingiendo leer, mientras atisbaba por la puerta entreabierta que daba con el despacho en el que hacían las entrevistas de lo que imaginaba iban a ser nuevas personas deambulando sin parar por la cocina. Esperaba, anhelaba más bien, que apareciera alguien en quien confiar, alguien con la fortaleza necesaria para que pudiera ayudarme sin saber muy bien a qué. Mi padre estaba sentado tras la mesa y Hasp de pie, se dedicaba a olisquear  y dar vueltas alrededor de las asustadas candidatas. Con cada nueva chica se le veía más  intranquilo, jadeaba hasta babear, se ponía por detrás y empezaba a moverse con agitación prácticamente pegado a sus espaldas. Las chicas se revolvían temerosas  ante los gestos de aquel monstruo,  pero eso no hacía sino excitarlo aún más, hasta que salían huyendo, a pesar de la gran necesidad de un empleo que pudiera paliar aunque fuera temporalmente su miseria. Una de ellas, sin embargo, permaneció inmóvil, aparentemente sin temor, soportando el ritual sin inmutarse. Mi padre le preguntó a Hasp qué le parecía y él se quedó mirándolo por encima del hombro de ella y de pronto le escuché decir: “Es mía”. Salté del butacón. Era una voz gutural, extraña, pero el contenido me resultó rápidamente familiar.  Es mía, como un objeto, como había sido mi madre para mi padre, como lo soy incluso yo. Esperé alguna reacción de la chica, pero ella no hizo nada, ningún ademán. Mi padre sacó una bolsa con dinero de uno de los cajones de la mesa y se lo tiró al suelo. Ella se agachó a recogerlo y Hasp aprovechó para embestirla por detrás. Le desgarró la ropa y la penetró. Asistí al apareamiento con una contradictoria sensación de repugnancia y excitación, mientras en mi cabeza se repetía aquella lacónica frase: “Es mía”.

Desde ese día, los monólogos fueron convirtiéndose en conversaciones reales. Las facciones de la cara de Hasp fueron lentamente transformándose, diría que con cada palabra, con cada frase, sus rasgos iban mutando hacia un rostro humano, pero su verdadera naturaleza animal seguía aflorando de alguna manera a través de las miradas de sus ojos sin pestañas y de la enorme dentadura que albergaba su boca sin fin. A esa transformación física también le fue acompañando otra más trascendente aún. El monstruoso ser se fue adueñando cada vez más de la voluntad de mi padre. A veces recibía él solo a los empleados y les daba instrucciones precisas sobre su cometido. Cuando los veía ahora pasear juntos, parecía que era mi padre el que lo acompañaba y no al revés. Era Hasp el que sostenía un discurso vehemente, el que hablaba por teléfono gesticulando ampulosamente mientras mi padre, cada vez más rezagado, asentía comprensivo e imitaba los ademanes. A la hora de la comida, me miraba con aquella misma dureza inicial, no con el frío desdén  con el que lo hacía mi padre, sino con la certeza de abundar en mi amedrantamiento. Desde mucho tiempo atrás le rehuía, pero ahora no podía desembarazarme de su presencia ni siquiera cuando estaba en  una estancia diferente a la suya. Sus intenciones me perseguían día y noche. Sabía que yo, aún dentro de mi debilidad, era ya su único obstáculo, y esa certeza no me permitía conciliar el sueño. Apenas comía y mi aspecto físico se fue deteriorando con el paso de los días. Estaba continuamente sobresaltado y convencido de que el trémulo olor de mi temor llegaba a su olfato animal acrecentando sus ancestrales instintos de caza.


Pero paradójicamente, ese miedo me empujó por primera vez en mi vida a luchar, a luchar por sobrevivir,  a imaginar formas de librarme de aquella locura en las que todas acababan de la misma manera: con la muerte de Hasp. No encontraba una situación propicia, un segundo de distracción que me permitiera poner fin al monstruo. Fantaseaba con ello pero en esos  sueños, en el último instante,  él se giraba o se despertaba o era avisado por algún ruido producido por mi torpe acercamiento, y en ese momento saltaba sobre mí y de una poderosa dentellada acababa conmigo. Aún así, no cejaba, no me dejaba aletargar por la angustia, sino que ideaba otro plan, y luego otro, y así cada día y cada noche, mis  horas se fueron llenando del ansia de venganza y de un humor denso y oscuro que fueron convirtiendo el miedo que siempre me había acompañado  en una emoción que latía por mis venas, por debajo de mi piel, con más fuerza que mi propio corazón: el odio.

Aquella mañana no necesité pensar ningún plan especial. Simplemente me dirigí a la cocina y esperé a que el cocinero despiezara un enorme trozo de borrego traído expresamente para Hasp. Afilaba el cuchillo con cada corte y lobservaba la facilidad con que se introducía en la carne y ese detalle me convenció de que haría falta poca fuerza física para asestar un golpe mortal. Una vez que acabó, dejó el cuchillo sobre la tabla y con las piezas de carne metidas en un lebrillo se dirigió a la cámara. Me acerqué a la mesa, lo así con fuerza por la empuñadura y me dirigí decidido hacia la sala contigua a la biblioteca. Allí, ambos, mi padre y Hasp, esperaban a la  delegación de una empresa. Entré en la sala. Los dos estaban de pie delante de la mesa. Hasp le daba instrucciones a mi padre para que no dijera nada, para que lo dejara llevar el peso de la conversación y mi padre mostraba su acuerdo sin ambages. Me vieron entrar y sin apenas mirarme, Hasp me preguntó qué hacía allí. Vi los ojos de mi padre leer los míos asombrado. Avancé con extraño paso firme y de un salto me impulsé con el brazo armado a consumar mi venganza. Justo al descargarlo, observé horrorizado como mi padre se interponía entre ambos, mientras gritaba por primera vez la palabra “hijo” sin que pareciera que sonara a “inútil”. El cuchillo se introdujo entre las costillas hasta prácticamente el mango. Toda la fuerza que nunca tuve se había concentrado en aquel terrible golpe final. Mi padre apenas tuvo tiempo para mirarme, para descubrir lo que nunca vio en mí. La sangre se me heló, volví a ser yo de nuevo, cubierto del mismo miedo que creía haber dejado atrás. Temblando sin comprender. Intenté evitar  su  caída de pero  me faltaron fuerzas. El cuerpo se desplomó sin vida, y yo me incliné hacia él y lo miré incrédulo. Lo llamé una y otra vez por su nombre,  casi como para tomar distancia, para sentir que era otro, aquel otro que en realidad había sido siempre. Entonces escuché a Hasp acercarse lentamente hacia mí hasta oír su respiración animal sobre mi cabeza.

— Lástima—me susurró con un tono completamente humano—,  ya no despertará: ha sido un golpe certero.

Luego dio un grito, un grito de alarma, y en pocos segundos llegaron varios empleados de la casa y él se limitó a dar unos pasos hacia atrás, a dejar que la evidencia me delatara. Tras el revuelo inicial, oí a alguien llamar a una ambulancia y a la policía. Yo me quedé allí, inmóvil, esperando, bajo la mirada triunfadora de Hasp.


miércoles, 19 de febrero de 2014

Duras como piedras




Marcelo se encontró la  Moleskine caída justo delante del puesto de frutas. La tendera le preguntó que quería y él se apresuró a pedirle un kilo de peras de agua, “duras como piedras”, apuntilló. Y mientras ella se giraba para cogerlas, él miró alrededor y  se agachó a por la libreta. Se la guardó en el bolsillo de la chaqueta, sin más. La vendedora le alargó la bolsa con la fruta. “¿Estarán bien duras?”, insistió. “Como piedras”, recalcó la chica con una sonrisa, mientras se martilleaba suavemente la cabeza con los nudillos. Marcelo no le devolvió la sonrisa. Cogió la bolsa, se dio media vuelta y se marchó del mercado en dirección a la cafetería.

Se sentó en la misma mesa de cada mañana, hizo un gesto al camarero para que lo mirara. “Leche fría”, le indicó, “un chorrito”. El camarero asintió levantando la mano.

Soltó la bolsa en el suelo y buscó la Moleskine en el bolsillo. Estaba muy arrugada. Miró hacia la barra y las mesas buscando algún posible dueño despistado. Nadie de los presentes se le antojó susceptible de anotar algo en una libreta así.  Se la acercó a la nariz y la olió. 

—Su café.
—Gracias.

Dejó que el camarero se marchase y entonces echó un vistazo a  la libreta. Era negra,  un modelo con las hojas blancas sin rayas, que parecía haber sido utilizada a modo de diario. Tenía varias hojas arrancadas sin cuidado, todas partidas por el mismo sitio, por lo que dedujo que las habrían quitado de golpe. Un acto violento, sin duda. Vertió el azúcar en el café y empezó a moverlo con la cucharilla indolentemente mientras abría con la otra mano la primera página escrita.

 “Jueves 13

Cada día me cuesta más controlarme. Esta mañana temprano he dado un paseo por el mercado. Me he detenido a comprar fruta en el puesto de esa chica. No sé por qué está siempre tan risueña. Algunas días a la semana acabo aquí el paseo antes de volver a casa. Compro algunas verduras, casi siempre calabacines. Ella me ve y me pregunta: “¿Lo de siempre?”, y yo asiento.  A veces, ni siquiera llega a preguntarme, me señala con el dedo los calabacines y yo muevo ligeramente la cabeza. Esos momentos me ayudan a despejarme, pero siento una gran presión dentro de mí y en cuanto vuelvo de regreso al piso, las nubes negras empiezan a ensombrecerlo de nuevo todo.

  
Domingo 16

No he salido de casa. Me he quedado un rato largo mirándome al espejo en el cuarto de baño. Los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Siento una tensión terrible en todo el cuerpo.
Me has llamado para preguntar. No creo que te importe, te he dicho. Te quedaste en silencio, como lo hacías últimamente, pero oí tu respiración agitada, y pensé que volverías  a recriminármelo todo de nuevo. Pero esta vez no, colgaste. Lancé el móvil a la cama con ira. Luego he cogido la libreta y antes de ponerme a escribir para calmarme, me he quedado mirándola un rato, recordando el día en que me la regalaste. Si no podíamos hablar sin que acabara estallando, podría, al menos, utilizarla para comunicarme contigo. Eso me dijiste. Ya supe lo que habías decidido. También sospeché que habría alguien que te esperaba.  

Lunes 17

Hoy me he fijado en un tipo con el que he coincidido varias veces en el puesto del mercado. Me desespera su arrogancia. Me he preguntado si te conocerá, si también un tipo así te gustaría, si serías capaz de haberme dejado por alguien como él. Ha pedido peras y ha hecho hincapié en que fueran “duras como piedras” de una forma odiosa. He sentido un pinchazo en las sienes, igual que cuando me mirabas de aquella manera y entonces me han entrado  ganas de… sí, de hacerle daño.”

Marcelo leyó de nuevo las últimas líneas. Azorado, cerró la libreta, se incorporó en la silla y levantó la vista buscando a un desconocido pendiente de él. Nadie parecía prestarle atención. Dudó sobre si continuar o no leyendo. Se había bebido ya el café. Intentó tranquilizarse y finalmente la curiosidad se adueñó de nuevo de él. Volvió a abrirla por la misma hoja. Las últimas dos palabras estaban subrayadas. Trazos gruesos y profundos hasta casi traspasar la hoja. Le dio miedo. Llamó al camarero y le pidió otro café, no fue capaz de añadir nada, pero el camarero reprodujo parafraseándolo: “Leche fría; un chorrito”. Se subió las solapas de la chaqueta para protegerse contra la sensación de miedo que había experimentado ante la frase y la forma en que estaba escrita. Se echó hacia atrás en la silla y continuó leyendo.




“ Miércoles 18

Estoy seguro de que te habrás olvidado ya de mí. No has vuelto a llamar y yo no puedo sacarte de mi cabeza. Lo invades todo. A veces lo intento, créeme, pero no puedo controlar este dolor y entonces vuelve la agresividad. Te dije que si me ayudabas lo conseguiría, que te necesitaba a mi lado, pero tú… has elegido huir. No te lo puedo perdonar. Algún día sabré dónde estás. Me tienes que explicar esto cara a cara. Todo está empeorando. Intento calmarme, salir, dar un paseo, hacer algún recado que me aleje de ti.

Esta mañana, después de comprar los calabacines he decidido seguir al tipo de las peras. Creo que hacerle daño a él me ayudará a hacerle daño a todos, se le ve tan… enclenque, tan débil, y sin embargo, es soberbio, altivo, como si se sintiera por encima de los demás. Podría bajarle los humos. Sabría lo que es el dolor. Seguramente será alguien como ese quien esté contigo ahora. Podría ser incluso él.

Se ha sentado en una cafetería cercana y ha pedido un café. Ha hecho el mismo gesto que en el mercado y el camarero ha respondido de forma similar a la chica. Debe repetir esto cada día. Siempre lleva chaqueta y un pantalón de pinzas muy planchado. Usa zapatos de vestir negros, con cordones. No tiene una nota de color en su vida. Seguro que es escrupulosamente ordenado. Ni beberá, ni fumará. Es posible que un hombre así te haga feliz, ¿verdad?  No tendríass que reprocharle nada, sabrías a qué atenerte. Hasta el sexo sería previsible. Maldito imbécil.

Me he quedado en la barra y he pedido un café yo también”

De nuevo, cerró la Moleskine y miró nervioso alrededor. Esta vez fue observando una tras otra a las personas que estaban en la barra. Un hombre de edad mediana, con barba rala, aspecto descuidado, vestido con un jersey azul avejentado, vaqueros y unos deportivos le devolvió la mirada. Escondió  la libreta bajo la mesa y desvió la vista apenas un instante. Cuando la alzó de nuevo, el hombre  se había girado sobre la barra y miraba al televisor.

Marcelo, nervioso,  se levantó, extrajo tres monedas de euro y las dejó sobre la mesa y salió andando deprisa en dirección a su casa. Cada cierto tiempo se giraba y buscaba al hombre del bar. Estaba seguro de que lo perseguía. En contra de su costumbre, decidió coger por un camino más largo para despistarlo en caso de que lo siguiera. Prácticamente corría, sentía que le faltaba el resuello hasta que, por fin, vio el portal de su casa. Sacó con torpeza la llave y abrió. Apenas hubo cruzado la puerta se detuvo a recuperar el aliento. No estaba seguro de cómo debería actuar con aquella información. ¿Llevarle el cuadernillo a la policía? Se reirían de él. Sentía que de pronto su vida había dado un giro terrible, absurdo e incomprensible. Todo había quedado fuera de su control. Fue caminando despacio por el largo pasillo hasta el ascensor. Oyó detrás de sí que llamaban a varios telefonillos del portero automático y el sonido de la puerta  abierto por alguien sin preguntar. Aceleró el paso sin girarse y oyó que también alguien aceleraba los pasos en su dirección.

—¡Espere! —escuchó que lo llamaban.

Se detuvo, miro hacia atrás y lo vio.

—Oiga…—acertó a decir con voz entrecortada—, le devuelvo su diario,..yo no…

El hombre del jersey azul se le quedó mirando sin coger la libreta.

—Se ha dejado usted esta bolsa en el bar.

Tras un instante de duda, Marcelo cogió la bolsa, sin atreverse a apartar los ojos del hombre que se las entregaba. Se dio cuenta de la posición que había adoptado, prácticamente agachado, y se incorporó. Se guardó de nuevo la libreta en el bolsillo de la chaqueta.

—Gracias—se limitó a decir, intentando aparentar serenidad.

 Se giró y comenzó a andar de nuevo hacia el ascensor. Notó aún la respiración agitada  y tomó una bocanada profunda de aire. Pulsó el botón de llamada mientras maldecía haber recogido aquella estúpida Moleskine. Miró en dirección a la puerta y vio al hombre allí, en la misma situación que lo había dejado. Lo miraba fijamente. De pronto empezó a andar despacio hacia él. Seguramente esperaba que le diera algo de dinero por aquel favor. Odiaba a ese tipo de gente. Abrió los brazos con desgana para decir que no tenía dinero, pero al hacer aquel gesto elevó la bolsa y entonces notó un tamaño extraño en las peras, se la acercó un poco más, la abrió y vio con espanto que se trataba de calabacines.




domingo, 9 de febrero de 2014

Nuestra receta familiar de magdalenas de chocolate



La cocina, como el resto del pequeño apartamento, presentaba un aspecto descuidado. La encimera estaba aún llena  con restos de harina y azúcar esparcidos junto al bol de cristal y la batidora y en el fregadero se apilaban vasos y platos, entre los que asomaban cubiertos llenos de restos de comida.

Le resultaba un espacio extraño, ajeno. Cogió la última magdalena con una mano y con la otra presionó lentamente la jeringuilla, introduciendo con paciencia el líquido letal hasta que lo absorbió sin dejar rastro. La colocó con cuidado en la caja, junto a las otras once, y se quedó mirándolas durante un instante, sintiendo una reconfortante y distante sensación de vacío.


Se acercó a la silla en la que había dejado el abrigo y buscó en los bolsillos hasta encontrar un pequeño rollo de cinta de regalo, luego envolvió con parsimonia la caja, coronándola con un lazo simple. Miró el reloj y decidió que era la hora adecuada. Extrajo de un cajón del único mueble del salón unas gafas de pasta de color negro, anticuadas, pero discretas y entró en el cuarto de baño. La bañera permanecía aún salpicada de manchas de un tono amarillo anaranjado. Se asomó al espejo para asegurarse de que la mezcla de tinte y agua oxigenada había conseguido convertirla en otra mujer, luego se ahuecó el pelo, sacó una barra de labios y una sombre de ojos de un pequeño neceser y se maquilló lo suficiente como para presentar un aspecto aceptable, después se puso las falsas gafas de aumento que contribuyeron a desdibujar aún más su aspecto.

Cogió el abrigo, el bolso y la caja, y  bajó a la calle.

El paseo hasta el banco se le hizo más largo de lo esperado. Durante el trayecto se acordó varias veces de su marido, pero intentó desviar los recuerdos para evitar que el paso de los mismos se convirtieran en un obstáculo. Para distraerse, se centró en los transeúntes con los que se cruzaba, adivinar sus vidas. Las personas con prisa, los adictos al móvil, los que se ensimismaban en los escaparates, los que buscaban miradas que los rescataran de la soledad,.. Al doblar una esquina, ya en pleno centro, aminoró el paso hasta detenerse frente a la sucursal, situada en una amplia calle peatonal. Entró sin más dilación. Apenas había una docena de personas esperando turno. No pudo evitar recordar la última vez que vio a Mario con vida. "No hay nada que hacer. No han aceptado demorar el embargo, Ana, el lunes...". No acabó la frase. Se hundió con desesperación entre sus brazos. Ella lo consoló. Le aseguró que saldrían de todo aquello. Su voz sonó más esperanzadora que convincente, pero él aparentó dejarse engañar y no dijo nada. Se quedó así, sumergido en el silencio sobre su pecho, arropado.

El corazón empezó a bombearle imágenes a través de las venas y tuvo que hacer un esfuerzo para volver al presente. Pensó en las magdalenas. Eso la calmó.

—Me parece que le toca a usted.

La voz del hombre la sacó del trance.

—Buenos días —saludó entrando en el despacho.
—Buenos días. Siéntese, por favor, —le pidió amablemente el director—. ¿Qué desea señora?
—Nada, en realidad. Bueno —sonrió débilmente mientras se subía la montura de las impostadas gafas—, no se acordará de mi marido, pero gracias a usted y a su banco hemos podido salir adelante.
—Me alegra —dijo sin entusiasmo el banquero.
—Se lleva todo el día recordándomelo —continuó ella—: "Ahora que todo el mundo está despotricando de los bancos, vendría bien que algunos recordáramos que gracias a ellos hemos podido hacer realidad nuestros sueños".
—Desde luego, no sabe usted bien hasta qué punto es eso así, señora,... pero —alzó un poco el tono sin llegar a ser descortés—, ¿puedo ayudarla en algo?
—No, en nada, ya le digo —sonrió esta vez más abiertamente—, le dejo trabajar. He venido porque me sentía en la obligación de hacer algo... aunque sea algo simple, como traerle unas deliciosas magdalenas para que las disfrute.
—¡No, señora, lo siento! Gracias, pero no puedo aceptar regalos —se incorporó con la intención de despedirla a ella y a sus magdalenas.
—Por favor, no me obligue a seguir con esta carga moral, necesito poder decirle a mi marido que el director al que tanto alaba ha podido por fin probar nuestra receta familiar de magdalenas de chocolate. Las dejaré aquí, como olvidadas —sonrió con complicidad—, pero no me haga ese desaire, por favor. —Se levantó y se dejó acompañar por el director.
—Bueno, señora —ya prácticamente la escoltaba fuera del despacho —, dígale a su marido que le agradecemos mucho el detalle,... y a usted, por supuesto. Un saludo de mi parte.

Permaneció un momento dentro de la oficina. No estaba segura de que finalmente decidiera comérselas. Tras atender a otra persona, el director se asomó e hizo una señal a una empleada que se acercó solícita. Intercambiaron unas palabras y luego ella se marchó sonriendo sosteniendo con las dos manos la caja como si se tratara de un tesoro.

Sabía que poco más tarde saldrían a desayunar juntos. Conocía la hora y el bar al que irían, pero esta vez no pediría las magdalenas habituales; esta vez las llevaría él.

Salió a la puerta y decidió esperar prudentemente hasta comprobar que sus planes se iban cumpliendo. De pronto, una pelota apareció ante sus pies. Siguió la dirección por la que llegó y vio aparecer a un niño pequeño, de unos cuatro o cinco años.

—¿Es tuya? —le preguntó.
—Me la ha regalado mi papá —dijo el crío con desparpajo.
—¿Qué suerte!, pero oye... ¿qué haces en la calle a esta hora?
—Estoy con mi tata —dijo señalando a una chica sentada en un banco cercano.
—¿Y no deberías estar en el cole?
—Es que me toca con mi papá.
—¿Y tu mamá?
—No, mi mamá ha ido a un... —dudó sin encontrar la palabra que buscaba —... a un cole grande. ¡Sólo esta semana! —pareció repetir la frase de la propia madre.

A Ana le hizo gracia la soltura con la que se explicaba el chico.

—Pero bueno, aún así, tu papá debería haberte llevado al cole.
—¿Le digo que me lleve ahora cuando salga?
—¿Cuando salga de donde? — preguntó confundida.
—Del banco, mi papá es el director de ese banco tan grande —dijo el crío señalando la sucursal con orgullo —y ahora me va a llevar a desayunar.

La chica sentada en el banco empezó a llamar al niño, que se apresuró a recoger la pelota y volver a su lado.

Ana observó los brincos de alegría del chico como si fueran martillazos en su pecho. Cerró los ojos y buscó en su interior la imagen de su marido muerto, el cuerpo arrojándose al vacío, los gritos de alerta y espanto de los vecinos,... No podía permitirse dudar, se lo debía.

Se apoyó temblorosa sobre la pared. Sacó del bolso unas gafas de sol y las cambió por las que llevaba puestas. No quería llorar. No más. Oyó la voz del niño gritar un nombre y echar a correr. El padre apareció en la puerta del banco sin nada en las manos, se agachó y esperó con los brazos abiertos a que su hijo llegara a su altura. Lo estrechó y  lo cogió en peso. La chica que lo acompañaba se levantó, se acercó con el balón y se lo dio al niño. Se quedaron esperando un instante hasta que apareció la empleada. Llevaba la caja de magdalenas cogida por la cinta. Se la puso a la altura de los ojos al niño y le hizo un comentario que pareció alegrarle. Ana hizo un ademán de acercamiento, pero luego se detuvo. Empezaron al caminar en dirección al bar.

Los siguió un instante, indecisa, observó al niño que sujetaba la pelota mientras el padre lo llevaba sobre el hombro como un falso y divertido fardo. Al verla, el niño le sonrió y le ofreció  el balón  extendiendo los brazos. Ana se quedó detenida. Entonces él, jugando, se lo lanzó y ella, inmóvil, vio como la pelota se acercaba, bote a bote, latido a latido.