viernes, 22 de agosto de 2014

El lujurioso interior de los bombones






El interior de los bombones


-          No volverá a engañarme, ahora ya no tiene excusas para que no estemos juntos.
-          No hace falta que te engañe, Sara; ya te engañas tú misma. -Coge un bombón, se lo mete en la boca, lo muerde y deja que el  licor se mezcle con el chocolate-.  Lo lleva haciendo tantos años que me sorprende que sigas manteniendo esperanzas.

Sara se entrega durante un instante al recuerdo de las promesas incumplidas, mientras, su amiga alarga los dedos en forma de pinza hacia la caja, duda un instante y finalmente escoge uno relleno de lemond curd  y repite el proceso anterior.

-          Pero, …- dice Sara interrumpiendo sus propios pensamientos en busca de  argumentos que puedan sostener su ilusión -, su mujer lo acaba de dejar. Ahora necesita un tiempo para asimilar los cambios, pero…
-          ¡Pero leches! -la corta Clara tajante-, no tienes nada que hacer, entérate, ni casado ni ahora. Es más, ahora se entregará a la vida de soltero buscando demostrar que sigue en el club de los Alpha, créeme; esto está más contrastado que las etapas de la Kluber esa.

Sara se queda mirándola sin decir nada. Teme que esté en lo cierto pero lucha contra esa posibilidad. Si abandona, ¿de qué habrá valido la espera? Clara, ajena, sigue incansable con su cata.

-          Me encantan estos, ¿los has probado? -Sara no le responde, está ausente, pero eso no parece afectarle a Clara-, están rellenos de pomelo al Oporto. ¡Uf, me pierden! Casi tanto como mi ruso, ¿te he hablado del ruso?
-          ¿El ruso? -exclama Clara.
-          Es delicado como una balalaika… ¡uf! - El iris se le pierde detrás de los párpados como si acabara de descubrir el lujurioso interior  de los bombones -: Me transporta a la Plaza Roja.

Sara se echa hacia atrás en la silla, frunce el ceño y mira a Clara fijamente,  sin decir nada, hasta que ella se percata al fin.

-          ¿Qué? -Pregunta al ver la actitud de su amiga-, ¿no te gustan los rusos?
-          Me importan un pimiento  tu ruso, las muñecas rusas, Putin y la Internacional Comunista, ¿es qué no te das cuenta de lo que me pasa? -se lleva las manos al rostro.

A Clara le parece un gesto teatral, muy típico de ella, piensa, que siempre tiende a dramatizarlo todo.

-          Pero mujer, si te hablo del ruso es para distraerte… bueno para distraerte y porque creo que la solución a lo tuyo puede venir por ahí.

Clara observa ahora el repentino interés de Sara y se hace la interesante, cierra la caja de bombones, le da la vuelta y busca por detrás los nombres y el tipo de relleno y los va leyendo en voz alta.

-          Ganaché de chocolate blanco al  té a la menta, licor de cerezas con pasas, pasta de almendras amargas,… estos belgas sí que saben. Prueba éste -le ofrece a Sara que lo coge y se lo mete en la boca.
-          Está bueno -dice sin más.
-          ¿Bueno? -Se come ella otro del mismo-, está increíble. Ese novio tuyo te tiene quitado el gusto, hija.
-          ¿Cómo va a arreglar el ruso lo mío? -pregunta directamente Sara.
-          ¡Ah, mi ruso! Pues mira, le hablé de ti al ruso, de ti y de ese  pseudonovio  que te tiene tan amargada.
-          ¿Y qué le dijiste?
-          Pues la verdad, sea… Que hasta que no desaparezca tú seguirás muerta en vida. Un polvo semanal a escondidas y a ponerle velas a Fátima el resto de la semana. Y ahora, dos polvos a la semana y a rezarle a Fray Leopoldo y a mirar asustada cómo cambia los chinos por vaqueros desgastados. Se lo conté a  Mijail y claro, se enfureció. Bueno, se enfureció como se enfurecen los rusos, y tuvo que beberse un par de vodkas o tres para contenerse.

Sara se imaginó a un ruso de 1,95, con ojos azules, zapatos de cocodrilo con una punta interminable y vestido de Armani con un colt con silenciador en la sobaquera y un escalofrío inexplicable la removió en su asiento.

-          ¿No hay ninguno con vodka?
-          No, estos belgas son muy finos. Prueba este de Armagnac.

Le dio un pequeño mordisco y se echó hacia adelante apoyando los codos en la mesa  mientras miraba perpleja a Clara.

-          Cuenta -dijo al fin.
-          Pues eso, que le dije que tenía que darle una lección, pero me parece que él no entiende muy bien el español todavía y es posible que “lección” traducido al ruso signifique “liquidar”: ya sabes que los rusos son muy dados a eso de matar a la gente.
-          ¿Matarlo? -exclamó con temor Sara.
-          Bueno, matarlo un poco, quizás una paliza, pero si se pasa dándole, - no sabes la fuerza que tiene-, pues… no sé, si se pasa igual ya no puede ponerse pantalones ajustados nunca más, ya me entiendes.
-          Creo que me estoy asustando -dijo Sara cogiendo un par de bombones al azar y llenándose la boca con ellos.
-          No sé si esa mezcla es adecuada.
-          ¿Cuál?
-          La de Oporto con la de de Champán, creo que es demasiado empalagosa.

A Sara no le pareció empalagosa, es más, no le pareció nada porque prácticamente se los tragó sin masticarlos.

-          Tengo que avisarlo -dijo de pronto buscando en el bolso el móvil.
-          Sí, eso –dijo Clara con desdén-,  avísalo, dile: Tontito, sal corriendo de casa y escóndete que hay un ruso que quiere darte una paliza o quizás matarte, no estoy muy segura.
-          Estás loca.
-          Sí, loca, loca, no sabes cómo me tiene Mijail.



El interior de Ernesto



-          Perdona por lo de ayer, estoy tan… Necesitaba un poco de soledad para pensar.
-          Ya, no te preocupes –dijo Sara comprensiva.
-          Es que desde que ella… No sé, siempre quise que esto se solucionara, pero ahora que al fin ha sucedido… Además, lo que menos me imaginaba es que sería ella la que me dejaría… Es que no lo entiendo: “Ya no te soporto más”, ¿te imaginas?
-          Bueno, Ernesto, lo importante es que al fin podemos estar juntos, ¿no?

Ernesto se quedó mirando al techo. Le apetecía fumarse un cigarrillo pero sabía que Sara odiaba que después de hacer el amor se pusiera a fumar. Ella lo abrazó y colocó su cabeza sobre el pecho. 

-          Sí, claro, -dijo Ernesto sin entusiasmo-, eso es lo importante.
-          Por cierto, cariño, me encanta cómo te quedan los vaqueros.
-          ¿Ah, sí?,  pues fíjate tenía dudas. ¿No se me ve… ridículo?
-          Para nada, estás estupendo.
-          Gracias - la atrajo hacia sí-, tú sí que eres estupenda.

Ella levantó la cabeza y se besaron, luego volvió a recostarse sobre su  pecho. No sabía cómo avisarlo, pero estaba claro que tenía que hacer algo.

-          No le abras nunca a desconocidos, eh.

Ernesto sonrió.

-          ¿Y eso?
-          No sé, este barrio está lleno de rusos y seguramente serán de la mafia rusa porque si no estarían en Vallecas con los polacos, ¿no te parece?
-          ¿Lleno de rusos? ¿Quién te ha dicho eso?
-          Pues lo sabe todo el mundo. Vas al super y es la comidilla.
-          ¿Y qué? ¿Van asaltando casas por ahí o qué? -dijo Ernesto con sorna.
-          Tú, por si acaso,  utiliza la mirilla antes de abrir: si es alto y rubio, mejor no abras.
-          A los españoles no nos dan miedo los rusos -continuó Ernesto en el mismo tono.

Pues de Mijail deberías cuidarte, pensó Sara, pero decidió centrarse en lo que la atormentaba.

-          ¿Y cuándo crees que podré mudarme aquí contigo? 

Ernesto se levanto de la cama y empezó a vestirse, para abotonarse hasta arriba   los vaqueros tuvo que hacer un esfuerzo adicional.

-          Tendré que dejar la cerveza - dijo alisándose la barriga. Se giró y vio a Sara aún en la cama, esperando una respuesta-. No lo sé, cariño, necesito tiempo.
-          Ya, claro, pero así grosso modo…
-          No me presiones, por favor.
-          Bien, bien, -aceptó ella-, seguiremos como hasta ahora, pero igual podemos vernos un poco más.
-          Sí, eso sí, por supuesto, podemos vernos un par de días a la semana y así vamos…

A Sara se le transformó la cara. Dio un brinco, se sentó en la cama y empezó a vestirse.

-          ¿No tendrás bombones en casa, no?
-          ¿Bombones? No, ya sabes que no soy muy de dulces y menos de chocolate.
-          Sí, lo sé, y tú también sabes que me encantan los bombones, especialmente los belgas.

Ernesto no hizo ningún comentario más y ambos acabaron de vestirse. De pronto sonó un mensaje en el móvil y ambos se miran.

-          Es el tuyo -dijo Sara, al ver que Ernesto no hacía ningún intento por cogerlo.
-          Ah, vale, luego lo miro. La gente está ahora todo el tiempo compadeciéndose y ya estoy un poco aburrido de eso.

Nuevamente sonó otro mensaje  e inmediatamente dos más seguidos.

-          Pues se les ve muy preocupados, mejor que les contestes, ¿no?
-          No. Son muy pesados. 

Sara se levantó intranquila y fue al baño, al poco volvió a salir como para decirle algo a Ernesto, pero se quedó  callada y volvió  a entrar. 

-          Me había hecho ilusiones, seguramente, pensaba que podríamos pasar más tiempo juntos -le dijo desde el baño.
-          Y lo pasaremos, cariño, pero ya te lo he dicho…-sonó otro mensaje, pero esta vez cogió el teléfono, los miró y comenzó a escribir -. Necesito tiempo;  ha sido tan inesperado todo. Es más, creo que no voy a salir. Hablar de esto me ha vuelto a agobiar.

Sara salió  del baño preocupada, estaba  maquillándose y aparece con los labios a medio pintar.

-          Bueno, bien, nos quedamos y ya está.
-          No, no. Lo siento, amor, no me siento con fuerzas. Mejor nos vemos el lunes. No quiero amargarte el fin de semana. Lo comprendes, ¿verdad?
-          Claro -dijo Sara, intentando aparentar comprensión-. Sí, lo entiendo. 

Volvió  a entrar en el baño y de pronto se escuchó  un impacto, como un golpe de algún objeto al caer sobre la bañera y después el ruido del agua al salir descontrolada. Ernesto acudió  en un salto y se quedó  en la puerta mirando.

-          ¿Qué ha ocurrido?
-          No sabes cómo lo siento, Ernesto,  cariño, se ha caído el grifo y ahora se sale el agua y…
-          Pero ¡corta el agua de paso, corre!
-          Y yo qué sé dónde está la llave de paso -dijo ella atribulada.

Ernesto entró  y el sonido del  agua se detuvo. Salieron  los dos. Ella llevaba toda la camisa empapada.

-          Discúlpame, por favor, ya sé lo mucho que te cuesta esto de las reparaciones del  hogar… y ahora… teniendo que pagarle a ella… Pero - se acercó  a él y le puso  un brazo en la cintura intentando consolarlo-, seguro que es poca cosa, además, mira, como vas a estar aquí mañana le voy a decir a Clara que le diga a su novio, que es experto en estas cosas, que se pase por aquí y te lo arregle. Es un chico estupendo y te lo hará gratis.
-          No importa, no, ya llamaré a un fontanero…
-          De ninguna manera, cariño, a veces hay que hacerle caso a los demás y dejarse ayudar -lo abrazó y al abrazarlo lo llenó ligeramente de agua, él dio  un paso para atrás-. Perdona, no me di cuenta de que te llenaba el Lacoste. Bueno, en cuanto termine sus cosas viene el muchacho y lo soluciona en un periquete. Ya yo, si acaso, le compro a Clara una caja de bombones belgas, que a ella también le encantan.

domingo, 3 de agosto de 2014

Me gusta. No me gusta


ME GUSTA

Encontrar el sentido de las miradas, que me susurren un poema o una canción al oído, despertarme sin sueño, fantasear, compartir una cena preparada entre todos, bailar con los ojos cerrados. Me gusta escuchar el mar y saber que está cerca,  hacer el muerto sobre un oleaje suave después de nadar hasta agotarme. Me gustan las personas que luchan contra las injusticias, las que toman partido, las honestas, las que sólo utilizan la ironía para distender, las profundamente buenas, incluso las simplemente buenas. La amistad y la intimidad que la acompaña.

Aprender, descubrir, compartir, dar, charlar tomando una copa o sin copa de por medio,  tocar, amar y saberme amado, besar sin prisas, el ajedrez,  el cine a todas horas, Allen y Kubrick, Eastwood y Ford. Ver cine en el cine comiendo gusanitos, la novela negra, los cuentos, Chejov, Munro, Poe,  la música, tocar, es un decir, la guitarra acústica, me gustan las canciones que me impulsan a bailar y las que me emocionan, la cocina, la fotografía, pasear por el campo buscando setas, detenerme, cerrar los ojos y respirar el olor a tierra húmeda. Ver llover. Escribir sin saber el final. Corregir los errores. Abrir la maleta que creía cerrada. La psicología. Dejarme llevar por la melancolía.

NO ME GUSTA

Las personas aburridas, las que no toman partido, las indiferentes. Las que cometen injusticias a sabiendas. La gente que ensucia la ciudad y todo lo que no sea su casa. Los monotemáticos.


Pasear descalzo por la ciudad. Que me despierten agitándome. El pescado y la carne muy hechos. El New Age y todos sus derivados. Las versiones chill out. El humor grueso. Regatear.  Después. Los callos estofados. El cilantro. El whiskie con agua y los combinados dulces. El capitalismo. Los adlátares del capitalismo. Tardar tanto en descubrirla. Escribir Nietzsche.  La frase: “Todos, todas, son iguales”. Perder amigos. Que me costara tanto decir: ¿Bailas? Dejarme llevar por la melancolía.

viernes, 18 de julio de 2014

Matar un sueño

Aturdido aún por el viaje, me quedé un rato de pie, apoyado sobre una columna. Al fondo, no muy lejos, un grupo de personas estaba arremolinada en  forma de círculo. La ropa con la que iban vestidos reflejaba que no pertenecían  a  la misma época o que se estaba celebrando el carnaval de los muertos. Me fijé en mi traje. No habían elegido el mejor, desde luego, sobre todo teniendo en cuenta que probablemente aquí no haya fondo de armario. Me sentía cansado y  dudé entre dejarme caer y tumbarme sin más o indagar qué hacían aquellos tipos allí. Nadie me había explicado si había algún protocolo para los recién llegados, pero acababa de constatar que no. Me dejé caer durante un instante y cerré los ojos para repasar algún episodio agradable de mi vida, pero nada acudía a mi mente, era como si se me hubiera quedado en blanco, así que me incorporé y decidí dirigirme hacia el grupo,  que continuaban absortos con algo que había en el suelo. Cuando llegué a su altura los saludé. Ellos se giraron hacia mí y algunos me devolvieron el saludo; otros simplemente repasaron mi indumentaria de arriba abajo.  Me hice paso entre ellos para asomarme, preso ya de la curiosidad. En el suelo había una mujer que se cubría la cara con las manos. Me agaché a su altura,  su silueta me resultaba familiar, acerqué una mano a su brazo y al tocarla noté calor y eso me produjo una sensación extraña. Se descubrió la cara y al verla me quedé sin palabras, sorprendido.

         ¾         ¡David!  ¾gritó.

Era ella. La abracé temblando de emoción. A mi espalda escuché un cuchicheo y una voz sobresalir sobre las demás: “Hay que deshacerse de ella”.
Ambos miramos a la mujer que acababa de hablar. Tenía la cara maquillada de tal forma que parecía una muñeca de porcelana llena de arrugas. La pintura ocultaba la rugosidad  tanto como cualquier vestigio de vida, aunque, pensé, no creo que parecer vivo fuera importante en este sitio. Nos levantamos y empezamos a andar sin saber bien hacia donde. A nuestro alrededor solo había columnas. Por fin decidimos detenernos a la altura de una cualquiera. Los demás se quedaron hablando entre ellos.

         ¾         ¿Qué haces aquí… pareces…?
         ¾         ¿Viva? ¾completó ella.
         ¾         ¿Estás viva? ¾ pregunté incrédulo¾. Imaginé que aquí solo me encontraría  a mis abuelos, a mis padres, a mi prima Rosa,… ya sabes.

Estrella  miró alrededor.

         ¾         La verdad es que esto tiene una pinta horrible ¾dijo sonriendo¾. Menos mal que es  un sueño. Pero no me pellizques todavía, por favor.

Me abrazó. Noté su cabeza sobre mi pecho. En otros momentos, no hace mucho, apenas unos días, ella me rodeaba también con los brazos y escuchaba en silencio los latidos de mi corazón, esperando una respuesta. Yo  ya sabía que mi muerte sería inminente. ¿Qué podría decirle?

         ¾         Quiero que sepas ¾me dijo sin soltarme ni mirarme a la cara¾, que no me iré de este sueño hasta que no me digas lo que quiero oír.
         ¾         ¿De qué te valdría ahora? ¾le pregunté en voz baja.
         ¾         Ahora más que nunca ¾respondió convencida.

Cerré los ojos y me concentré en la agradable sensación de calor que desprendía. Los abrí y  miré lo que nos rodeaba; todo era frío y silencioso. Quizás, pensé, fuera de ella todo fue siempre frío y silencioso, pero lo vi tarde.

         ¾         Creo que he corrido demasiado ¾reflexioné en voz alta, ella no dijo nada-, tanto que he llegado a mi muerte antes de lo esperado. Y no estoy seguro de que hubiera estado corriendo en la dirección adecuada.

Seguía aferrada a mi cintura con los ojos cerrados, quizás inmersa en su sueño. Entonces yo también la abracé con fuerza, luego la aparté ligeramente y nos miramos. Me entraron ganas de besarla. Vi un destello de ilusión en sus ojos y cuando estaba a punto de unir nuestros labios, desapareció. Un gran sentimiento de tristeza  se apoderó de mí. Algunas de las personas que formaban el grupo me miraban fijamente desde la distancia. Noté un silencio hostil rodeándome.
Vagué con la certeza de estar siempre en el mismo sitio, una especie de desierto sin fin en el que las palmeras habían sido sustituidas por columnas, unas columnas de color ocre, lisas, que se perdían en un cielo anaranjado, como si estuviera siempre a punto de amanecer. Cada vez que veía a gente la rehuía. No me sentía con ánimo para preguntar y mucho menos para escuchar las respuestas.
Empecé a pensar que  Estrella no volvería, pero después de cierto tiempo, un tiempo indeterminado, la vieja de porcelana se acercó a mí y me avisó de que ella estaba otra vez allí.

         ¾         ¿Dónde? ¾le pregunté sobresaltado.
         ¾         Ahí ¾señaló, y la vi tumbada boca arriba cerca de otro grupo de personas.

Salí corriendo en su dirección, temiendo lo peor, o quizás, pensé egoístamente, ¿sería su muerte lo peor? Me arrodillé y cogí su brazo. Noté con alivio el calor de la vida. La misma mujer se me acercó por detrás y me advirtió: “Esto no puede seguir así”.
Les grité que se marcharan y se fueron poco a poco, hablando entre ellos.
Me centré en Estrella. Le acaricié la frente y le mecí el pelo, un pelo castaño, con brillo. Me agaché a olerlo y su olor me transportó en el tiempo hasta apoderarse de mí una terrible melancolía.

         ¾         Hola David, ¿cuántas veces voy a tener que soñarte para que repares lo que dejaste inacabado?

Su voz sonó dulce. Esta vez no esperé, me agaché y la besé. Ella también me besó. Sus labios desprendían una luz que nunca supe ver.

         ¾         Hasta que me asegures que seguiré formando parte de tus sueños ¾respondí.
         ¾         Siempre ¾dijo ella y se acercó y volvió a besarme.

Me consoló escucharla. Se me antojó que la eternidad sería  terrible sin ese  “siempre”.

         ¾         No quiero perderte ¾me dijo al oído.

Antes de que me diera tiempo a tranquilizarla desapareció. Miré hacia atrás asustado. El grupo permanecía a cierta distancia, como siempre, como una sombra de la que no puedes desprenderte.  Me quedé allí, sentado, pensando en ella, tomando conciencia de la distancia, de la imposibilidad de unir nuestros mundos. Maduré la idea de no darle esperanzas si volvía a verla, de despertarla, de alguna forma, de su sueño. Supe que era necesario, pero también supe que no podría hacerlo.

La escena se repetía cada vez con más asiduidad. Y yo sentía que sólo ella daba sentido a todo, fuese lo que fuese ese “todo”. Era como  un círculo que se iba expandiendo, creciendo en intensidad, sin que pudiera controlarlo. Mientras, el coro de muertos  me oprimía con su mera presencia. Temía que acabaran con ella, de alguna manera, no sé bien cómo, ¿podrían introducirse en su sueño?

         ¾         Quiero que me lo digas, tantas veces como haga falta hasta que me lo crea. Necesito escucharlo y saber que es verdad.

Y yo se lo decía, repetía al pie de la letra todas sus peticiones, creyendo y al mismo tiempo temiendo, que eso significara el fin.  Pero todo seguía igual, volvía a aparecer de improviso, y no saber el momento exacto me  hizo estar siempre pendiente, y eso mismo noté que le ocurría a los otros, y así fue creciendo en mi interior un terrible desasosiego.

Cada vez que abría los ojos los veía a ellos, ya prácticamente encima de mí, repitiéndome incesantemente: “Tienes que deshacerte de ella”, “No puedes seguir así”,… Y yo me fui embriagando de ese pensamiento hipnótico que me atormentaba. Hasta que comprendí que la única forma de empezar, era acabar, acabar con ella. Y entonces me sorprendí a mí mismo diciéndoles: “Tengo que matarla; tiene que dejar de soñar conmigo”. Los demás se miraron entre sí durante un instante y luego la vieja se me acercó: “No lo entiendes, ¿verdad? Eres tú el que la sueña. Eso no lo podemos permitir: morir es no soñar”






sábado, 12 de julio de 2014

Zoira



Carmelo

Carmelo dejó los estudios pronto y descubrió en la fontanería una fuente segura de ingresos y en Ana a la mujer que completaría su vida. Cerrado el círculo, pudo entregarse al sofá, a las películas de acción y  a las barbacoas familiares sin volver a tener que discurrir sobre el sentido de las cosas nunca más.

Asesinar a  Martín fue su forma lógica de devolver el orden natural a su mundo. Lo de Ana, sin embargo, tuvo más que ver con su primitiva incontinencia emocional.

Ana, la hija de Conso, la solterita

Desde que era una adolescente, la madre de Ana, a la sazón maestra del pueblo, le repetía con cierta frecuencia: “Lo que no encuentres en un libro, difícilmente lo vas a encontrar en un hombre”. Años más tarde, se decidió, por fin,  a preguntarle a su madre por el significado de aquel enigma. “No sé hija -le respondió con indolencia-,  yo ya estoy cansada de leer”, y en esa encrucijada apareció Carmelo y le pidió que saliera con él,  y ella, aturdida aún, huyendo de su destino, dijo que sí, luego, de pronto, un día, abrió los ojos y lo vio sentado en el sofá pidiéndole café mientras veía “Rocky IV” y no se reconoció a sí misma.

Martín, el de tía Elena

Martín nació desorientado, en el seno de una familia de orden, en la que destacaba su abuela, conocida en el pueblo como “tía Elena”, una irredenta anarquista que le dio de mamar rebeldía frente a las injusticias  y ron caribeño para la tos.

En esa disyuntiva  familiar entre lo establecido y  la contestación frente a lo establecido, Martín se decantó pronto por la revolución y en consecuencia, por el romanticismo,  y en cuanto pudo asaltó por enamoramiento el corazón de invierno de Ana, la de Conso.

Tía Elena

Elena fue la primera mujer del pueblo en dejar a su marido, un rudo campesino que la golpeaba cada noche con saña antes de violarla.

Una noche cogió a sus tres hijos y un atillo con  pan duro y tocino y se escapó a casa de su prima Engracia, en Rueda del Blasco. Allí conoció a Manuel,  que la conquistó para la causa libertaria.

Treinta años más tarde, ya muerta la bestia, regresó al pueblo con sus hijos, que se instalaron y tuvieron descendencia, entre los que siempre destacó Martín, un niño débil con cierta tendencia a la melancolía y la tos. Ella le habló del amor, de la justicia, de la libertad y de Bakunin.

Rafael “medialengua”

Cuando era un adolescente, su madre mandaba a Rafael a buscar a su padre al bar. Un día se quedó allí, junto a él, compartiendo cervezas con las que el rotacismo parecía desvanecerse, y ya no volvió a salir del antro.

 Carmelo compartió borrachera con él el día de autos, hasta que acabó contándole lo de los cuernos, él no dudó en aconsejarle:  “Mátalo”, ¿Y a ella?”, le preguntó fuera de sí el fontanero, “A ella no, ¿con quién te ibas a acostar luego?”

 Paco, el “nene”

Paco, el “nene”, llevaba de Alcalde desde que se instauró la  democracia en el pueblo. Antes de eso, su padre, un falangista de pro,  había regentado la alcaldía durante los dos decenios  anteriores. Fue un niño extremadamente feo y poco a poco, con la necesaria ayuda familiar,  la fealdad le fue traspasando la piel por ósmosis. En el entierro de Martín disipó cualquier duda sobre la posición del Ayuntamiento respecto a tan doloroso acontecimiento: “Los anarquistas siempre han tenido tendencia al suicidio”

Pepa, la enfermera

Pepa, como otros jóvenes de Zoira, soñó con estudiar algo que la alejara definitivamente de  aquel pueblo anclado en sí mismo  y encontró en la enfermería la solución, pero su madre le pidió a su primo Paco, el “nene” que intercediera por ella, y éste medió con una diputada provincial para que pudieran habilitarle la plaza en el dispensario del pueblo.

El día que Carmelo se presentó con Ana, que traía la cara ensangrentada y llena de magulladuras, ella se quedó mirándolos a ambos y cuando se repuso adujo que el médico se había marchado ya, que le haría una cura de emergencia, pero que debería dar parte a las autoridades y que…Pero entonces Carmelo la cogió de la muñeca con fuerza, y le recordó a su madre, cuando la asió por ambas y le dijo con dureza: “Te quedas aquí;  yo ya estoy mayor”. Igual que entonces, Pepa bajó la vista y asintió.

Gonzalo el de los canastos

Gonzalo tenía los dedos alicatados después de tantos años  manejando la caña. Sentado en la puerta de su casa, frente al Pozo de Arriba, trenzó  todos los canastos del pueblo y los encargos de pueblos cercanos. A él le dirigieron la última mirada muchos de los que decidieron acabar con su vida despeñándose por el pozo. Alguno incluso se acercó a pedirle una herramienta para quitar el candado de la chapa que lo clausuraba.

No le dio una pena especial cuando  vio bajarse del coche al fontanero y forzar el candado con un hierro, pero luego abrió el maletero y sacó un cuerpo inerte y con dificultad lo arrojó por el pozo. Antes de montarse de nuevo, miró a Gonzalo y éste le sostuvo la mirada,  hasta que ambos levantaron la mano en señal de saludo.


lunes, 23 de junio de 2014

Un hombre desahuciado




El reloj marcaba las 21:55. Se quedó delante de la puerta de cristal de doble hoja que daba paso al restaurante. Observó un instante las huellas de  dedos que la luz cenital delataba sobre el cristal. Cerró los ojos, inspiró y acercándose con cuidado empujó con el hombro una de las hojas. Nada más entrar, en la recepción, una chica le salió al paso sonriéndole amablemente.

         ¾         Tengo reserva para las diez.

La chica hizo un gesto de asentimiento,  se inclinó para coger el libro que había sobre una mesita  y lo abrió tirando de un marcapáginas con la imagen y el nombre del restaurante.

         ¾         ¿Señor… López?  ¾preguntó.
         ¾         Juan López ¾apostilló él.

La chaquetilla negra de la chica estaba impoluta. Buscó de arriba abajo en vano algún cabello que delatara dejadez.

         ¾         ¿Me acompaña, por favor?

A pesar de ser un día laborable, la sala estaba más llena de lo que esperaba, aunque la mayoría parecían comidas de negocios o de amigos, excepto una pareja, en un rincón, aislados de lo que les rodeaba. La chica lo condujo hasta una mesa en uno de los rincones, justo enfrente de la de la pareja, aunque a una distancia que consideró adecuada.

Buscó la salida con la mirada.  Entre su mesa y la puerta apenas había seis o siete metros. Sin embargo, en medio se encontraba una mesa redonda con varios comensales que podría ser un obstáculo considerable en caso de necesidad. Miró alrededor pero no encontró ninguna otra puerta de emergencia. La presencia del camarero cortó el  hilo de su pensamiento.

         ¾         Le dejo la carta, señor, ¿qué desea beber?
         ¾         Agua  ¾dijo sin dudarlo ¾embotellada, claro.
         ¾         Por supuesto.

Los ojos del camarero le parecieron algo vidriosos. Prefirió no pensar en las causas. Recordó las pautas y se metió de lleno en la carta. Al instante el camarero le trajo la botella de agua. Le mostró la etiqueta y antes de dar el visto bueno se acercó y miró la fecha de caducidad. Luego le  hizo una señal y el camarero vertió una parte del contenido en uno de los vasos y sólo en ese instante cayó en la cuenta de que no lo había supervisado previamente. El camarero fue a retirar el resto de los vasos pero él extendió el brazo deteniéndolo. Esperó a que se fuera y se inclinó mirando la copa sin atreverse a tocarla. No apreció ningún residuo de suciedad, no obstante, no se atrevió a cogerlo. Miró el vaso del vino y no encontró tampoco señal alguna, así que cogió la botella y lo llenó.

  
Volvió a concentrarse en la carta. Sacó un lápiz diminuto del bolsillo del pantalón y empezó a hacer pequeñas marcas. Primero descartó todo aquellos platos que incluían la palabra “salsa”. Con el dedo fue repasando ahora el resto de los platos, tanto entrantes, como primeros y segundos. La carta era demasiado extensa, así que la tarea se le antojó  inviable. Levantó la vista y vio que la pareja charlaba animadamente. En el centro de la mesa tenían dos platos, una ensalada recargada y otro que le pareció un bloque de foie sobre una línea de salsa. Buscó en la carta hasta encontrar “Foie al oporto con mermelada de  nísperos”, le hizo una pequeña señal a la derecha, pero sintió que no era suficiente y la tachó con una raya. Observó el resultado un instante y enseguida se entregó a ocultar con decisión la palabra “Oporto”. No había más platos con foie. El hígado es de lo más peligroso, recordó. Volvió a mirar a la pareja. Ella se dedicaba a untar pequeñas tostaditas y luego se las entregaba a él, que la miraba embelesado  con una incomprensible falta de conciencia sobre las consecuencias de sus actos. Giró la vista con desagrado y se encontró con la mirada expectante del camarero. Se sintió incómodo. En la carta quedaban aún muchos platos. No estaba seguro de que estuviera siguiendo los pasos adecuadamente. Intentó calmarse, cerró los ojos y se concentró en otro plan. Plancha. Algo a la plancha. La palabra “plancha” no aparecía en ninguna parte, pero seguro que no tendrían ningún inconveniente. Avisó al camarero decidido.

         ¾         Una pechuga de pollo a la plancha, bueno no…¾rectificó ¾ ¿el pollo es de corral?
         ¾         Me temo que no tenemos ese plato, señor  ¾se disculpó el camarero al que ahora encontró cierto tono macilento en el globo ocular.
         ¾         ¿Y de pavo, aunque sea de granja? ¾preguntó algo contrariado.
         ¾         Lo siento ¾negó con la cabeza.
         ¾         Un pescado, quizás  ¾observó de nuevo la negativa muda del camarero ¾. Bueno mire, pregunte qué es lo que pueden ponerme a la plancha, ¿de acuerdo?

Observó con detenimiento al camarero alejarse. No le gustaron sus andares, le pareció advertir cierto zigzagueo típico de estados etílicos incipientes.

En la mesa redonda todos los  comensales reían algún comentario. Aguzó el oído pero no logró reconstruir nada concreto. Al igual que la pareja, todos picaban de platos del centro. Uno de ellos, el que menos se reía no paraba de hurgar con su tenedor entre los mezclum de hierbajos. La salsa resbalaba por entre los dientes del tenedor. Los demás permanecían ajenos, risueños como unos niños que se arrastran inconscientes por el suelo de la plaza del pueblo. Notó una combinación entre repulsión y miedo. La carta permanecía aún entre sus manos, casi todo estaba tachado. Aquella prueba estaba siendo aún peor que las anteriores. De nada le servía recordar las explicaciones, ni el modus operandi, ni la descripción pormenorizada de las pautas. Los cristales tintados  de la ventana no dejaban ver el exterior. Se sintió encerrado. Todos a su alrededor parecían divertirse en aquel antro paraíso de las bacteria, mientras él sufría terribles molestias premonitorias en todo el cuerpo.

Estaba a punto de levantarse cuando apareció el camarero. Observó ahora las venillas que surcaban su rostro anunciando su condición de embriaguez y contaminando todo lo que tocaba. ¿Será portador de salmonelosis?, se preguntó. Miró con desdén la ropa ancha que llevaba, quizás una o dos tallas más grandes de la suya, probablemente para ocultar la hinchazón abdominal típica de los cirróticos. El hombre le hablaba pero él sólo pensaba en alejarse del vendaval de sialorrea llena de incurables procesos infecciosos que se le venían encima cada vez que le dirigía la palabra. Bajó la mirada hacia la carta y se limitó a decir: “De acuerdo”, sin saber muy bien qué estaba aceptando.

  
         ¾         ¿Poco hecho? ¾preguntó finalmente el  camarero.
         ¾         ¿Cómo? No, no,.. bastante hecho. Adviértalo en cocina. Muy hecho ¾subrayó.
         ¾          Por supuesto,  señor.

Se sentía mal. Contaminado. Buscó con la mirada los aseos, pero no los encontró. Al menos era un alivio saber que no los tenían de cara a la sala. Hizo una señal a un camarero ataviado con una chaquetilla roja. Una vez cerca le preguntó por los servicios y el hombre, en lugar de contestarle, lo acompañó a través de un pasillo hasta los mismos.

En la puerta había un azulejo decorado con un escueto: “Caballeros”. Estaba cerrado. Para abrirlo tenía que coger la manilla e impulsarla hacia abajo. La analizó un instante. Era negra, llena de ribetes innecesarios. ¿Cuándo fue la última vez que se limpió?. Buscó algo a su alrededor con lo que asirla, pero no encontró nada. Se giró sintiéndose observado, pero nadie estaba pendiente de él. Decidió volver de nuevo a la sala. Aquello era superior a su capacidad actual de afrontamiento. ¿Por qué era él el raro? ¿Acaso no está documentado todo lo que afirma? Ese camarero que lleva ahora mismo el plato a mi mesa, respirando sobre él, ¿no está contaminando la comida? ¿Es un riesgo desdeñable?

Aceleró el paso hacia la mesa, quería avisarle de que se lo llevara, que pagaría, pero no iba a comérselo, quizás pondría una excusa,.. No, no podía volver a fallar.

         ¾         Su plato, señor ¾advirtió el camarero al verlo pasar junto a él ¾,le traigo una salsa especial de la casa aparte, naturalmente, por si le apetece.

Se contuvo. Ahí tenía la prueba definitiva. Se sentó y esperó a que le pusiera el plato y la salsa delante. Un trozo de carne, sin nada más alrededor, y una salsera ¡con la cuchara de servir dentro! Un plato blanco, ovalado, liso. La carne en el centro, probablemente llena de bacterias del cirrótico. La salsa especial de la casa le produciría un ateroma ipso facto. La cuchara de servir, ¿estaría limpia? Ahora es imposible saberlo. La voz de su terapeuta resonó con fuerza en su cabeza: “Exposición”. Después vio su  imagen, reclinándose hacia atrás en su sillón desgastado, con un aire de suficiencia,   “como si acabara de traspasarme el secreto de la tarta de manzana de su abuela”,  pensó.


En un alarde de valentía, cogió el cuchillo y el tenedor sin analizarlos, cerró los ojos y comenzó a cortar la carne. Al llevársela a la boca sintió que estaba avanzando, por primera vez confió en que aquello merecería la pena. Notó la fuerza suficiente como dar un paso más. Abrió uno de los ojos, lo suficiente para localizar la amenazante salsera y con mano temblorosa, dirigió el tenedor con el trozo de carne hasta la misma y la introdujo. Notó los redobles de aviso del corazón estallándole en las sienes.  Cerró los ojos de nuevo y se acercó lentamente el bocado a los  labios. “Todo es irracional, nada es verdad, es sólo un temor”, recuerda. El trozo no llega, no pudo evitar abrir los ojos y ver, horrorizado, que tenía  salsa extendida por ambas piernas del pantalón, incluso algunas gotas en la camisa. Levantó la vista y se encontró con los ojos henchidos del camarero. Se giró y ahora todos aquellos risueños inconscientes de la mesa redonda estaban igualmente pendientes de él, incluso la pareja, desaparecidos  en su amorosa isla, habían detenido sus devaneos y lo observaban extrañados. Bajó la mirada y pudo ver y sentir cómo la salsa iba traspasando la tela, esparciéndose sobre la piel, infectándolo sin remedio en un medio y a una temperatura paradisíaca para la flora bacteriana salvaje. Abatido,  temblando, se levantó, sacó la cartera y le alargó al camarero la tarjeta de crédito. Éste, al ver su cara,  no se atrevió  a pedirle el carnet y se limitó a salir de la sala con la tarjeta, dejándolo  allí en medio, con la mirada de todos clavadas en él, un  hombre desahuciado.

martes, 17 de junio de 2014

Vidas cerradas




A la primera novia que tuve no le gustaba el cine. Me enteré tarde. Al principio me lo pasaba genial comiendo pipas en un banco del parque y hablando del maravilloso futuro que nos esperaba. Compartía todas las ilusiones y todas las ilusiones parecían ser susceptibles de ser compartidas, hasta que empecé a hablarle de mi pasión por el cine. Para mi asombro, ella me dijo que no le gustaba, que le parecía una pérdida de tiempo. Nos callamos y  me pareció que con cada crujir de las cáscaras de pipa algo en mi interior se rompía también. Por aquel entonces yo pensaba que la afición por el regaliz y por el cine eran universales. Hacía apenas un par de meses acababa de firmar un contrato a tres partes con Paula y Cupido y en ese momento imaginé  que todo lo demás empujaría en la dirección adecuada y acabaría compensando  no poder llorar juntos en navidades viendo a un ángel desgranándole a James Steward los motivos para vivir.

Pero la cosa se fue complicando. Un día le dije que iba a ver la última de Woody Allen y ella,  aún sumida en el limbo de los girasoles me dijo: “¿Cómo vas a ir al cine solo?”. O lo que es lo mismo: ya es duro ir acompañado; ir solo está justificado para guarecerse de una inesperada tormenta y poco más. En aquella ocasión, los latidos de mi corazón aún ganaron la batalla a “Bananas”, pero ya supe que aquello no duraría.

Unos años después, ya sin pareja, mientras tomábamos unas cervezas en un bar, una amiga me confesó que estaba enamorándose de alguien, pero tenía dudas sobre si debía o no iniciar la relación. “Asegúrate de que le gusta el cine”, le dije, y entonces a ella se le ocurrió elaborar una serie de filtros que pudieran garantizarle que no se equivocaba. Nos atrincheramos en una mesa y descargamos el servilletero escribiendo  todo tipo de  sine qua non. Cada uno hizo su propia relación y luego hicimos una puesta en común. Apenas llevábamos un rato leyéndolos por turnos cuando nos dimos cuenta de que ambos habíamos puesto prácticamente lo mismo. Nos quedamos mirándonos con sorpresa, como si acabáramos de descubrirnos el uno al otro y ya no fuimos capaces de seguir hablando del tema.

Ella inició su relación y dejamos de vernos con la frecuencia habitual. Un día me llamó llorando y nos volvimos a encontrar en el mismo bar, allí me expuso su teoría sobre las vidas cerradas. "No puedo mantener una relación que se base en una vida cerrada", me dijo. "Y qué es eso de "una vida cerrada?", le pregunté yo. "Una vida cerrada es darte cuenta de que no hay más que lo que ves, que nunca va a haberlo. Podrás aprender a cocinar la pechuga de pollo de cien maneras distintas, pero va a seguir siendo pechuga de pollo, ¿me entiendes?"

-      Le dije que sí, aunque no estaba muy seguro de que la hubiera comprendido.  A mí las enigmáticas siempre me han puesto y sentí cierta excitación mental al comprobar que mi amiga no sólo cruzaba con nota todos mis filtros, sino que además era profundamente incomprensible. Me levanté del asiento, me acerqué  y la besé. Ella me abrazó y yo busqué sin encontrarlo un fotograma que me diera una pista sobre el significado de aquel abrazo.

En la siguiente escena no estamos haciendo el amor apasionadamente  sobre la  mesa enharinada de una cocina. La realidad fue mucho más prosaica. Ella volvió con aquel chico a su vida cerrada y yo a sumirme en el desconcierto. Posiblemente una “vida cerrada”, fuera  al menos una vida, pero me pareció triste.


Me resultó difícil dejar de pensar en ella, le daba vueltas a por qué aquel tipo sí y yo no, a en qué había fallado,.. todo en mi mente parecía  un problema,  un laberinto indescifrable. Mi abuelo decía que de las crisálidas y de los problemas siempre salen mariposas y si  no salían mariposas es porque aún no había llegado su hora. Y efectivamente, el tiempo se encargó de liberarme. Aprendí, al menos, que no estaba dispuesto a permitir que me alejaran del mar, ni a compartir mi vida con alguien que no amara el cine ni comer regaliz o que no fuera capaz de darme diez razones por las que le gustaría estar conmigo, y comprendí también, que todo ello significaba, probablemente, lo que mi amiga llamó “una vida cerrada”.

miércoles, 21 de mayo de 2014

¿Dejaron de ser cortos los días?


Mira para atrás, Manuel,
desde tu sillón deformado, y dime,
¿dejaron de ser cortos los días?

Mientras contemplas consternado
tu panza septuagenaria,
¿te reconoces en tus sueños?

Aquel que prometió no demorarse en el camino,
¿se convirtió alguna vez en lo pensado?
¿Coronó la cima con la que se entregaba al duermevela?

¡Oronda protuberancia!
¿Sirvió de algo desbrozar de mariposas y flores
aquellos campos de promesas fértiles?

¡Oh, vieja tripa traicionera!
¿Demoró algún amanecer tu paso?
¿Te quedan recuerdos del trayecto
o  fueron mera brisa los besos?

Ahora que  aplanas con dedos ajados
tu derrotada adiposidad,
¿llegaste a oír la música de la verbena
desde la empinada orilla de las laderas?

En el centro del universo
en el que se horada tu barriga,
¿sientes el frío del destino
quebrar las fantasías a las que te entregaste?

¡Desleal camarada!
¿A qué manos te aferras
cuando te visita el abismo?

Mira para atrás, Manuel,
y dime, pobre amigo preso,
¿dejaron de ser cortos los días?