miércoles, 25 de enero de 2012

2. El secreto está en las drogas


- Parece que no me está escuchando, ¿de verdad entiende nuestro idioma?
- Pues claro, hombre -me aseguró el guía.
- Es que como no se inmuta... ¿no será un budista psicoanalista o algo de eso?
- Creo que es mucho más profundo, incluso -dijo con tono tranquilizador.


Me calé más profundamente el gorro ruso que me había comprado en Katmandú.


2. El secreto está en las drogas








... nunca me había fumado un porro... Ella -la ubicua-  me aconsejó: "No tomes drogas. Las drogas son el peor invento de la humanidad. Mira a tu padre... para él, el trabajo es una droga y fíjate como está"


Mi padre apareció en la puerta de mi dormitorio: "Vamos hijo, ponte el bañador que nos vamos a la playa". Agitado por la idea de compartir un rato con él  sin la presencia de mi madre, me puse corriendo el bañador, cogí la toalla y me eché doble capa de protector en la cara. Luego, una vez montado en el coche, empezó a hablarme de la carga de trabajo que tenía y en un momento, justo antes de tomar la carretera que enfilaba a nuestro supuesto destino, giró en dirección a la oficina. "Bueno, vamos a echar un ratito antes en la oficina... para que me ayudes a archivar. Verás lo bien que te lo vas a pasar".



Antonio, el largo, se presentó un día con las llaves de un cuatro latas en la puerta de mi casa. “Me lo ha regalado mi padre”, me dijo. Uno a uno, fuimos localizando al resto de los pasajeros: Luis,  Pepe, el bizco  y el  Kene. Ninguno, salvo Antonio, el largo, habíamos cumplido los dieciocho.  Decidimos comprar una botella de Ponche Caballero y otra de Licor 43 para celebrarlo mientras nos dirigíamos a la discoteca de la playa más alejada. El reluciente coche blanco ambulancia, el líquido que se escondía tras el opaco envoltorio de la botella,  la ilusión de que las chicas nos tomaran en serio en la discoteca y todo el verano por delante, prometían una tarde memorable.


Yo iba de copiloto, con los ojos entrecerrados, dejando que el alcohol endulzara el falsete de los Bee Gees, que sonaban en la TDK regrabada. Las ventanas abiertas nos permitían emular el movimiento de Tony Manero.


 En ese momento, la mezcla de Licor 43 y de Ponche Caballero empezaba ya a dificultar mis pensamientos. Nunca me había emborrachado. Mi vida estaba lleno de muchos "nunca". Nunca me había acostado con ninguna chica, nunca había marcado un gol, nunca había conducido un coche,.. 


- Voy a preparar un petardo - dijo el Kene desde la apretura compartida del asiento trasero.


... nunca me había fumado un porro...


Con una pasmosa facilidad, mi amigo vació un Fortuna, lo mezcló con un tronquito  de falso regaliz, quemó la fusión, se hizo un filtro con un almanaque de Nadiuska en bolas y lo envolvió todo en un papelillo de la marca Bambú. Luego empezó a fumar, saboreando las caladas.


- Pásalo ya, agonía - le pidió Antonio soltando confiado el volante.


Aspiró profundamente un par de veces y luego me lo pasó a mí.  La boquilla quemaba, no porque fuera Nadiuska, imagino,  y tuve una profunda sensación de asco, que el contexto tuvo a bien amortiguar. Inhalé tal y como había observado al  largo, tosí un par de veces, pero comprendí que aquello era un trance necesario. Los demás aceptaron comprensivos en silencio, más centrados en consumir definitivamente aquellos licores empalagosos.


- Ahora voy a hacer uno de tres papeles -se envalentonó el Kene.


El embotamiento me fue acercando a un estado de euforia que me entusiasmó. "La felicidad debe ser esto: no poder pensar con claridad".


En aquel milagroso  receptáculo  coche-discoteca-bar me dejé arrastrar por mi afición a los contraconsejos maternos. Dábamos vueltas bordeando  la costa, sin detenernos en ningún sitio. Al atardecer, completamente ebrios  ya, Antonio decidió bajar  por fin  a la playa. El sol caía lentamente, Boney M impostaba  Ma Baker y yo saboreaba el descubrimiento, casi llorando de emoción. “Déjame conducir”, le pedí. Antonio me miró, aunque estoy muy seguro de que me vería con la misma falta de definición que yo a él.


- Claro, colega.


Abrió la puerta y cuando intentó poner el segundo pie en la acera, se cayó de bruces. Comenzamos a reírnos casi sin fuerzas, pero al largo, con el movimiento de tripas generado le dieron unos retortijones extraños, con sonido de arcadas y eso nos cortó el punto un poco.


- Quédate hasta que se te pase, tío -le dije con falsa camaradería a  Antonio, que había encontrado en la confortable manta del suelo un motivo para la inmovilidad.


Pasé por encima de la caja de cambios y me senté al volante.


- Dale caña, tío - gritaron mis valientes pasajeros.


Las tres primeras veces se me caló el coche. Finalmente, a trompicones, me encaminé hacia el carril que llevaba a la playa. La gente volvía a sus casas y por un momento estuve tentado de jugar a los marcianitos con ellos, aunque si no hacía algo para mantener los ojos abiertos el resultado no dependería tanto de querer o no querer. Empecé a apretar la inmaculada bocina del cuatro latas. Las familias cogían a los niños en brazos y luego levantaban amenazadoramente las sombrillas. Una vez sorteado el obstáculo, una playa asaltada por gaviotas  se nos presentó delante de nosotros mientras yo me adentraba por las arenas cada vez con más dificultad.


- Esto no rula.


Las ruedas giraban ya sin solución, enterradas hasta la mitad.


- ¡A la mierda! Vamos a bajarnos. 
- Yo me quedo - dijo con voz apagada Luis.


Me bajé del coche e intenté correr en dirección al agua. Cuando me caí  decidí cambiar de objetivo y dejarme envolver revolcándome por la arena, pero el exceso de movimiento me hizo tomar contacto con lo que se avecinaba.  El kene y el bizco gatearon hasta llegar a mi altura.


- Me parece que me han sentado mal los garbanzos.
- ¿Qué garbanzos? - le pregunté al kene.
- Los que me comí ayer... ostía tío...


Tal y como estaba comenzó a vomitar. Seguramente si hubiera estado su mamá, le habría sujetado la frente con la mano, pero yo preferí ponerme a mirar aquel lejano círculo naranja que, intuía, sería el sol. Quería pensar sobre la felicidad, pero había una extraña fuerza gravitatoria en mi mente que me lo impedía.


- Están viniendo los mosquitos. Vamos a tener que abrirnos.


La voz de Antonio, el bizco, sonaba distante. Nos levantamos trastabilleando y nos fuimos al coche. Al menos allí podríamos cerrar las ventanillas, escuchar algo más tranquilo, como Camilo Sexto o así, y esperar a que el tiempo nos devolviera lo que el alcohol y el hachis nos había quitado.


No me dolió tanto el castigo que me infringieron mis padres, como el hecho de tener que reconocer que la felicidad, al menos la que buscaba yo, tampoco la había encontrado en las drogas.






martes, 10 de enero de 2012

1. Cosas que mi madre me dijo que no hiciera nunca.


Lo encontré  sentado tal y como imaginaba que estaría sentado. Mi guía y yo nos acercamos a él. Hizo un gesto casi espiritual con la cabeza al vernos entrar. Nos colocamos justo delante, sobre unos diminutos cojines, sin saber exactamente si eran para sentarse o para arrodillarse. Por uno de los grandes ventanales se veían las montañas nevadas. Los monjes levitaban a nuestro alrededor envueltos en sus túnicas anaranjadas, sin que el viento gélido que se colaba por la ventana pareciera afectarles. Finalmente decidí arrodillarme y apoyar los glúteos sobre los talones. La posición inspiraba cierto halo místico de meditación pero a mí no me resultaba nada cómoda. 

El guía me conminó a que le dijera algo. Pensé durante unos segundos en los costes del viaje y de la organización y eso resultó determinante para que comenzara a hablar.

- Verá, señor, tengo fundadas esperanzas... bueno... más bien... es usted mi última esperanza de encontrar la felicidad -aguardé un instante para ver su reacción, pero él no se inmutó - Desde bien pequeño he hecho lo contrario de lo que mi madre tuvo a bien recomendarme. Todo lo que me prohibía era interpretado por mí como una señal que indicaba el sitio exacto en el que tenía que buscar aquello que tanto anhelaba aprehender...


Cap. 1   Las primas tienen el secreto de la felicidad

-¡Qué niño más bueno tienes, Petrita, hija!

Creo que la  felicidad siempre ha estado en otro sitio. No sé bien dónde. Igual los demás niños conocían el secreto porque se lo habían transmitido sus padres. No era mi caso. Mi padre estaba ausente, no físicamente, más bien estaba en otro mundo, según decía mi madre, 'estaba en el mundo de los hombres'. Ella, sin embargo, era justo lo contrario, estaba siempre en mi vida, con una especie de ubicuidad indesmontable. Era una persona muy recta y estricta. Pasó más tiempo diciéndome lo que no debía hacer que enseñándome a actuar. De modo que me fui convirtiendo en una especie de soldadito de plomo empujado por un dedo. Al menos ella parecía feliz con mi comportamiento. Se sentía  orgullosa de lo calladito que era y de lo bien que leía  cuando me exponía a ello delante de sus amistades.

Al recordar a aquella mujer agitando cariñosamente mis pelos y complaciendo a mi madre con su frase, me puse a apretar el cuello con más fuerza. Posiblemente el perro de peluche estuviera ya muerto, pero me era indiferente, necesitaba matar el pasado y el pasado tarda en morir. 

A los ocho años creía que la felicidad consistía en meterle mano a mi prima, porque cuando iba de carabina con ella y su novio me  encantaba la cara que se le ponía a él durante el manoseo y porque mi madre me subrayó una y otra vez que "con las  pri-mas  no se  j-u-e-g-a". La envidia es un camino tortuoso hacia la felicidad.  Un día, retorcido ya por el dolor que produce esa bacteria, amenacé a mi prima con delatarla si no me dejaba tocarle las tetas. Al principio sonrió, pero luego se quedó extrañada de que aquel silencioso y complaciente santo tuviera esas miras tan mundanas. Para contentarme o para no poner en peligro su actividad semanal favorita, se mostró permisiva: “Vale, pero por encima del sujetador”. Me quedé callado y ella comprendió que el esfuerzo que había hecho para pedirle aquello no se compensaría con un imagínate lo que hay debajo. 
Lo primero que hacía su novio en cuanto apagaban las luces era soltarle el sujetador. Si la felicidad hubiera consistido en magrear la prenda, Manuel no tendría tanta urgencia por desprenderla de ella. "Eres un golfo, - me dijo un poco confundida- con esa carita de santito". Intuí que el tono de desprecio hacia mí permanecería indeleble en su mente el resto de nuestras vidas. 
Se metió las dos manos por detrás de la espalda. "Sólo una". No tuve fuerzas para demandar un premio mayor. Introduje la mano elegida hasta su destino. Primero intenté cogerle el pecho entero, pero no sentí nada especial, así que comencé a imitar los movimientos que observaba todos los domingos. Mi prima permanecía firme como una lanza, inmutable. En un momento dado noté una especie de botoncito que comenzaba a crecer y a ponerse más duro, aquello me produjo una reacción extraña. Miré sonrojado a mi prima pero ella había cerrado los ojos  y el encorvamiento rígido inicial empezaba a tornarse en algo más humano y carnal. De pronto asió mi cabeza con fuerza y se la acercó al pecho. Me restregaba la cara sobre su blusa semiabierta. Yo estaba muy confundido, como queriendo detener el tiempo para poder analizar si estaba adentrándome por fin en el esquivo territorio de la felicidad, pero temiendo a la vez, perder el presente en el intento por querer adueñarme de él. 
En un repentino gesto, mi prima, como tocada por la varita de la realidad, me empujó con busquedad  y me  cruzó la cara con  la mayor bofetada que recuerdo que me hayan dado nunca. Ser feliz no podía tener un final así. Se abotonó con rapidez y luego me señaló con el dedo tembloroso. No hizo falta que dijera nada. La lágrima que se deslizaba por mi mejilla estaba más ligada a la desilusión que al dolor.

Con el tiempo reviví en muchas ocasiones aquella escena, unas veces para comprenderla y otras para añadirle un acabado más lucido y adecuado. Entonces, al evadirme, volvía a buscar la misma emoción iniciática,  fuera del roce cotidiano del tiempo. El primer intento voluntario fue algo frustrante, pero no hay nada que la memoria y un poco de fantasía no pueda arreglar.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Divorcio de terciopelo


karlovy-vary

El hombre se fue alejando andando con dificultad por las capas de nieve de la acera. Arnost lo estuvo siguiendo durante un instante, luego desvió la mirada y se detuvo a contemplar el parsimonioso vuelo de una pareja de cuervos que finalmente se posaron sobre la barandilla que delimitaba el río Eger a lo largo de la calle. A medida que la tarde avanzaba, la hilera de casas iban uniformándose en un contorno de siluetas difusas, perdiendo su colorida identidad. El bullicio del comercio y los preparativos para el fin de año provocaban un contraste inesperado.

Introdujo la mano enguantada en el bolsillo del abrigo y sacó una petaca. Se la llevó a la boca y comenzó a beber. Sintió el calor que le producía el  licor a través de la garganta. Maldito Becherovka.  Su mujer había ido eliminado todas las bebidas alcohólicas de casa, sólo había dejado aquella botella de licor que servía a los invitados como aperitivo. A él le repugnaba ese sabor dulzón a hierbas, pero era lo único que encontró antes de salir.

Recordó la cara sonrojada de Anna diciéndole con firmeza que la relación había llegado a su fin, que necesitaba vivir de otra manera. Volvió a beber.

El país entero llenaba su almacén con cohetes esperando la disolución de aquel largo parentesco con Eslovaquia. Por fin dejarían atrás ese lastre, torpe y pesado, y surgiría la verdadera naturaleza de la nación checa, convertida en una potencia en el entorno más estratégico de Europa. Nadie parecía sentir reparo alguno, incluso los eslovacos se mostraban felices. Pobres ignorantes, pensó Arnost. Una separación dulce y pacífica.

No tiene por qué ser traumática, le dijo su mujer. En su voz, en los argumentos que exponía, en la forma paternalista en que abordaba el asunto, en cada detalle encontraba él un motivo para la desesperanza. Seguramente se había convertido en una carga para ella. Era imposible seguir su ritmo, tantas inquietudes, esa necesidad de rodearse de gente, de debatir, de crecer… Él había permanecido impasible a su lado, como un adorno navideño que cada cierto tiempo ocupa un papel importante en la decoración de la casa. El resto del tiempo quedaba relegado a la sombra, bebiendo para hacer sostenible las veladas con charlas interminables, aguantando excusas para evitar mantener relaciones sexuales, el desprecio en su mirada...
  
Echó un vistazo hacia el lugar por el que se había alejado su contacto, aquel hombre de aspecto bonachón, rechoncho, con la nariz veteada de pequeñas venillas azules y un hígado probablemente en peor estado que el suyo. Otro perdedor, imaginó.

Cuando le entregó el dinero ni siquiera abrió el sobre. Se limitó a hacer un gesto de asentimiento con la boca. Luego recogió la llave de la casa de Arnost y Anna y se la introdujo con cuidado en el bolsillo superior del abrigo.  Mientras observaba, comenzó a sentir un temblor familiar. Se llevó la mano a la petaca  pero se contuvo. Estuvo a punto de pedirle que lo olvidara, que se llevara el dinero, pero que no lo hiciera. Luego apretó el puño para darse fuerzas. Se lo merecía. ¿Qué iba a ser de él? Ella se quedaría con todo, la riqueza, la fama, la aceptación. Él tendría que iniciar un largo e incierto camino. No se sentía con fuerzas para ello.


Miró el reloj. Se acercaba la hora. Comenzó a caminar por la Vlahos Vaggelis, hacia las tiendas que punteaban todos los bajos de aquellos pintorescos edificios de diversos colores . Se detuvo en la que encontró a más personas, una pequeña tienda familiar de cristales de Bohemia. Nadie parecía percibir su presencia, todos estaban absortos buscando regalos de última hora. Necesitaba llamar la atención. Buscó la pieza más barata que pudo, una copa tallada que por el precio debería tener algún tipo de imperfección. La cogió entre los dedos, la elevó hasta su cabeza y la soltó.  De pronto, todas las miradas se giraron hacia él, que aparentemente descompuesto, se deshizo en lamentaciones y disculpas apresurándose a sacar la cartera y a pagar por ella y por otra igual, un pequeño regalo para mi mujer, quiso aclarar en voz alta.

Salió a la calle con el regalo envuelto en una caja sin lazo. Durante el trayecto a casa se cruzó con muchas personas que portaban cartuchos de cohetes para los fuegos artificiales. ¿Cuánto  hará falta?, le había preguntado al vulgar asesino. Con esto será suficiente, le respondió enseñándole el paquete de cohetes. Arnost lo miró de arriba abajo. No tenía pinta de pirotécnico, y menos de despachurrador de checos, aunque imaginó que podría ser un esolovaco con conciencia, un incipiente germen de terrorista o bien alguien que, perspicaz, ante la debacle previsible de su economía,  había decidido ganar unos extras como asesino por encargo. Igual que él, de alguna manera, habría anticipado lo que significaría de verdad aquel separación. Es más de un kilo, lo tendrá tan cerca que… no creo que falle… no fallará, corrigió poco convincentemente.
  
En todas las separaciones hay alguien que lo vive como una liberación y otro que sabe que se llevará la peor parte, la de sujeto pasivo, la del que no ha hecho previsiones para el futuro inmediato y se queda sin ilusión intentando entender lo que acaba de suceder.

De vez en cuando se oían las explosiones de petardos lanzados por críos que disfrutaban de las últimas horas de aquel 31 de diciembre  de 1992. En poco tiempo se habría consumado aquel divorcio de terciopelo. Ella estaría festejándolo por partida doble, haciendo llamadas, compartiendo las expectativas de una nueva vida libre de las rémoras del pasado. Seguramente acicalándose para la larga noche, pensaba Arnost, sumido en una espiral abismal de autocompasión y odio, mi nuevo amigo, esa mierda de eslovaco relleno, te ayudará con la celebración, rechinó con rencor.

Se detuvo junto al banco enfrente de su casa, esperando que los fuegos artificiales vociferaran con estruendo la buena nueva.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Una estrella de cinco puntas



Cuando le entregó a Antonio la carta, antes de ponerse a leerla, se le quedó mirando.

- ¿Tengo que leerlo?
- Si quieres te la leo yo.

Se sentaron dentro del enorme  tubo de hormigón que había quedado abandonado en el terraplén cercano a la playa, como un monumento a lo que pudo haber sido y no fue. Aquel pasadizo sin misterio lo mismo ofrecía resguardo para los besos que abrigo para las confidencias. Desde allí dentro, la voz del mar entraba atronando los días de otoño como el de aquella tarde.

"Te quiero desde el primer día que te vi en el colegio, no puedo dejar de pensar en ti, pero sé que no te gustaré y por eso siempre estoy de mal humor. Estoy en tu clase".

- Me la han echado en el buzón, sin firmar - le dijo a Antonio señalando el dibujo que llevaba como único identificativo, una especie de estrella de cinco puntas.
- ¡¡Puaj!! - escupió él con cara de asco - seguro que es Merchi. Rompe esa mierda antes que la vea nadie. Te juro que no abro la boca.

Se la dió sin rechistar. Antonio tenía una gran ascendencia sobre buena parte de los chicos de la clase, pero Luis no se atrevió  a romper la carta.  Sentía que era como mutilar un corazón. Él la dobló por la mitad y empezó a romperla sin compasión. A Luis se le encogió el estómago. Vio como se metía los trozos rotos en el bolsillo. Luego se quedaron en silencio mientras el aire los envolvía violentamente.

- ¿Merchi? ¿la que tiene tatuado un pokemon en el brazo y está todo el día escuchando a Green Day?
- ¡Ni la nombres! Seguro que sí, ¿quién si no?

No sabía bien cómo interpretar lo que le decía Antonio. "¿Sólo podía fijarse en mí la emo de la clase?", pensaba al mismo tiempo que la ilusión inicial se iba derrumbando en su mente.

- Tú eres un tío muy legal. No te agobies.

Le pasó la mano por encima del hombro y lo acercó. Luego, como en una muestra de arrepentimiento, le dio un cachetazo cariñoso.

- Venga tío... ¿A ti te gusta alguna?
- No sé...- dudó Luis

Durante los meses siguientes, Luis se fue fijando cada vez más en Merchi. Cuanto más intentaba pasar de ella, más presente la tenía. Sentía una extraña atracción que mantenía en secreto, por temor a la reacción de Antonio. De alguna manera, ella intuyó esa cercanía. Un día en el recreo se le acercó y le preguntó directamente si le gustaba un grupo de música que él no había oído en su vida.

- Ni idea  - le dijo, intentando que sonara frío y distante.

Ella obvió el tono y se limitó a ponerle uno de los cascos que tenía conectados al Ipod. Luis hizo un débil amago para apartarse, miró a su alrededor sintiéndose observado. Al otro lado, Antonio empujaba aparentemente malhumorado a otro chico. Agachó la cabeza y se concentró en el sonido. Le sorprendió.  Levantó la mirada hacia Merchi y se cruzó con el único ojo que el mechón de ella dejaba disponible. Era una mirada limpia y profunda, que le hizo desear que ese instante permaneciera por siempre en su vida.

- Es la leche, tía - dijo animado.
- La leche, sí -convino ella - ¿nos vemos esta tarde?.

Esa era la confirmación, pensó asustado, Antonio llevaba razón. Le entraron ganas de salir corriendo pero sentía que sus piernas no le respondían. A pesar de que no había nadie cerca, no se atrevió a pronunciar la palabra "Sí", por temor a que resonara estruéndosamente en todo el patio. Se limitó a asentir con la cabeza.

- Quedamos en el tubo- dijo la chica, se dio media vuelta y se marchó dándolo por hecho.

Las citas se sucedieron en aquel habitáculo multiusos. Luis fue penetrando más allá de la  ténebre fachada oscura, descubrió que no era cíclope y que el otro ojo era igual de hermoso y expresivo. Poco a poco se fue enamorando de aquella chica sin sentido del humor, transparente y directa. Se sentía cada vez con más fuerzas para preguntarle por la carta iniciática. Un día, mientras la besaba en el cuello y le bajaba la chupa negra por debajo de los hombros se quedó mirando su tatuaje.

- No sé cómo has podido tatuarte un pokemon - le dijo con sorna.

- Pssst, peor es la del hortera de tu amigo Antonio, con esa mierda de estrella de cinco puntas que lleva en el tobillo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Mujer triste mirando al mar



Esta vez no fui capaz de continuar la discusión. Callé, me di la vuelta y salí de allí. Sorprendida, no dijo nada. La imaginé confusa,  observando en silencio  cómo me marchaba, preguntándose si aquello era otro paso hacia el fin.

Bajé los escalones de las serpenteantes calles casi sin pensar. El mar se asomaba entre las casas. A pesar de estar cerca ya el invierno era un día espléndido. Por el camino me crucé con varios turistas cargados con cámaras fotográficas apuntando con ellas a todos los colores y a todas las luces. Recordé  mis primeros días en Positano, antes de que el mar se convirtiera en un collar asfixiante, cuando cada puesta de Sol bastaba para justificar haber acompañado a Clara en su proyecto. Ella se quedaba en casa, en la azotea, intentando captar  el “espíritu del Mediterráneo”.

Disfrutar del paisaje, imaginar que este nuevo espacio podría cambiar el curso de los acontecimientos, darnos otra oportunidad,.. Así vivía cada día. No recuerdo haber puesto un empeño especial en que cambiara nada. Sólo me dejaba llevar. Me cuesta menos entregarme a demoler  que a reconstruir. A ella la veía feliz y confiada. Podría pintar en paz, sin temer que  nuestra batalla interrumpiera su creatividad. Yo seguiría en contacto con mi empresa desde la distancia. “Merecemos una oportunidad”, me dijo. Asentí y dejé que iniciara todos los preparativos quedándome al margen, pero sin obstaculizar, dejándome arrastrar como un fardo pesado.

Mientras divagaba sobre lo mismo de siempre me encontré de pronto en un mirador que daba a una pequeña playa ahora desierta. Contemplé al fondo los racimos de casas entretejidas por la ladera de la montaña. La bruma desdibujaba la costa Amalfitana.
Apoyado en la barandilla, intentando reblandecer la ira, caí de pronto en la mujer que estaba en la otra punta, sentada en el banco de piedra que me había servido tantas tardes para contemplar el ocaso. Me extrañó su quietud. Parecía absorta. Miraba fijamente  al infinito, aparentemente a ningún detalle  en concreto. Contemplar su extraño aire de serenidad y misterio tuvo un efecto carminativo instantáneo en mi mente. ¿Qué podría llevar a alguien a esa ausencia si no es la tristeza?

No la había visto antes. Prácticamente conocía a todas las personas del pueblo, bien por haberlas tratado, bien simplemente por cruzarme con ellas durante mi trasiego diario, mezclado entre las  tiendas de “siempre lo mismo”  y las coladas de los balcones. Huyendo, siempre huyendo.

- Buongiorno - me atreví a saludarla.

Ella giró la cabeza hacia mí e hizo un gesto con la mano, luego se recogió el pelo. Noté que ya no pudo volver a lo que fuera que tuviera en su pensamiento. Permanecí un rato en el mismo sitio, mirándola de vez en cuando, hasta que la incomodidad de la situación me hizo volver a refugiarme en mis rumiaciones. Poco después me marché. La miré al pasar a su lado y ella me devolvió la mirada, pero ninguno de los dos dijo nada.

Bajé por via Colombo hacia el bar Bruno, a charlar con Cesare sobre todas las cosas y sobre nada, como cada tarde, con ese español salpicado de italiano  que utilizaba para describir las anécdotas del día con una cháchara hipnotizante. Por el camino, los ojos de aquella mujer se hacían cada vez más profundos e insondables. Deseaba descubrir, encontrar un motivo, algo a lo que aferrarme en mi huida, ahora que el mar y las fuerzas comenzaban a ser más quebradizos.

Clara encontró lo que buscaba. Desde siempre supo hacia dónde quería ir. Quizá yo nunca lo supe. Mi horizonte era ella y cuando ella fue volcando su vida hacia su trabajo, en la galería, pintando, en las charlas con todos aquellos bohemios imposibles, yo me fui sintiendo más y más desnudo, abandonado en un rincón. Y esos sentimientos se fueron trasladando desde lo más profundo, en forma de reproches, de silencios que castigaban todos sus intentos por rescatarme.

Ahora estaba atrapado en aquel paisaje, rodeado de carreteras tortuosas y temibles, de escalones, del martilleante ruido permanente del mar que antes intuí  siempre en calma, de las insustanciales tiendas de zapatillas para turistas. Todo parecía hecho para evitar mi liberación.


- ¿Por qué te separaste, Cesare? – le pregunté aquella tarde a mi amigo. En realidad quería preguntarle: “¿Cómo lograste separarte?”.

Sonrió. Luego me dijo muy despacio: “No, todavía no he logrado separarme. Todavía sigo con ella”. Se martilleó  la cabeza con el dedo. “¿Hai capito?”

La espesa brisa que llegaba desde la orilla me inundó de desaliento.

- Ma… - continuó Cesare – tuve que encontrar algo que pudiera permitirme soportarlo… este rincón… parlare e parlare… hablar sin parar.. vivere fuori de mí. ¿Hay otra forma?


Probablemente no. ¿Acaso no era eso lo que hacía yo?

El trayecto de vuelta a casa estaba siempre lastrado por el alcohol y la pesadumbre, por las quejas del adolescente que quiere alargar el crédito horario que le han dado sus padres y va pensando por el camino qué hacer para conseguirlo.

 Me detuve delante de la fachada. La puerta color añil se encontraba apagada por la tenue luz del atardecer. La empujé  y entré. Ella no estaba en el salón. Subí la escalera que daba a la terraza. Clara estaba sentada delante del caballete. Miraba el horizonte, la puesta de Sol, pensé. No hizo ningún gesto al percibir mi presencia. Me dirigí a la barandilla y contemplé indolente el paisaje.  Me giré hacia ella, que permanecía abstraída,  con un extraño aire de serenidad. ¿Qué podría llevar a alguien a esa ausencia si no es la tristeza?

- Hola – la saludé con voz trémula.
- Hola –respondió ella secamente, luego se recogió el pelo con un coletero que apenas alcancé a ver y volvió a hundirse en el horizonte.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ramón



 



Ramón nació a principios de la primavera. Ni el embarazo ni el parto tuvieron complicación alguna. Dos hermanos previos habían facilitado la labor de lo segundo y, al parecer,  no  habían prevenido suficientemente de lo primero a su  madre.

Hasta los ocho años la vida de Ramón transcurrió con la más absoluta normalidad,  excepción hecha por la presencia  de un frenillo no operado que dificultaba repetir sin avergonzarse su nombre de pila y explicar que su padre tenía una ferretería. El resto de las taras no eran visibles. Su padre y su madre se ocuparon funcionalmente de él, si bien, los aspectos emocionales nunca llegaron a estar en primer plano, una veces porque la economía familiar permitía a sus padres  escaparse de la carga del cuidado de los niños y otras justo por lo contrario, porque ambos progenitores tenían  que ocupar el tiempo cerrando balances imposibles y quejándose del futuro incierto.

No le faltaron, no obstante, ni comida, ni bicicleta, ni ropa para no desentonar. Los horarios y el resto de disciplinas del hogar estaban determinadas con  un marchamo semi-marcial que su padre, jesuita de vocación, había adoptado leyendo el cómic de Giménez sobre  Paracuellos del Jarama.


Se puede decir que fue a partir de esa edad, cuando los contactos entre iguales comienzan a dejar su impronta particular, el momento en el que Ramón comienza a tomar consciencia de sí mismo.

A los trece años, en octubre,  repitiendo primero de la ESO, para su sorpresa,  una niña igualmente repetidora se enamoró perdidamente de él. El motivo  de ese enamoramiento obsesivo podría estar entre alguno  de los siguientes:

                a. Una autoestima peor que la suya
                b. Un interés prematuro por la logopedia
                c. Creer que las protuberancias que se intuían bajo 
                    su ropa se correspondían con la realidad.

Sus compañeros de clase se divertían quitándole el bocadillo durante el recreo. Para evitarlo, Ramón  decidió meterse el mismo, sin el papel de aluminio, dentro de los calzoncillos.

- Quitazzmelo, ahoda si tenéis güevos –les decía agarrándose el bocadillo con las dos manos por encima de la bragueta.

Por si la causa c) fuera la determinante, Ramón mantuvo esa costumbre a pesar de que sus compañeros habían abandonado convencidos ya la suya. El  hambre que pasaba era mitigado por aquel extraño cerrojazo de estómago que le producía  Rita - Margarita - cuando se acercaba a él.

La relación no prosperó fuera de los muros del colegio. Él no pudo contárselo a nadie, ni padres ni hermanos, no tanto por las dificultades para pronunciar el nombre de su amada o la palabra amor o todo lo importante, que parecía  contener en su interior alguna /r/, como  por no saber cómo hacer tal cosa, cómo hablar de ello, describiendo con palabras lo que le sucedía por dentro.

Un día, cerca ya de los veinte años,  su hermano mayor le pidió enfadado que acompañara a su novia a casa en la motocicleta. Miró el silencio espeso que distanciaba a los dos, y asintió sin protestar porque le encantaba cómo le hacía sentir aquella Cobra 75, de 80 cc,   y por la cara de tristeza que le vio a la chica. 

Durante el trayecto ella se aferraba a él con fuerza. Notaba la cara apoyada sobre su espalda y unos movimientos de respiración entrecortada  que tradujo por llanto.  Luego fue tomando conciencia de  los pechos hundiéndose mullidos en su columna vertebral y comenzó a experimentar lo que el bocadillo y una situación más explícita probablemente impidieron en su día con aquella chica titubeante.

 Detuvo la moto en una parada de autobús semi-desvencijada, a medio camino entre su casa y la de la chica. Se bajó y la miró. Lloraba sin tapujos, como Ramón no había visto llorar nunca a nadie antes. Se acercó a ella y la abrazó. Luego echó su cara hacia atrás, la volvió a mirar pidiendo permiso para lo que iba a hacer y ella le devolvió la mirada consintiendo.

Aquel beso húmedo y lleno de lágrimas saladas le hizo sentirse, por primera vez, protagonista de su vida.

Con la fuerza de ese recuerdo, poco tiempo después,  una mañana lluviosa de enero, trabajando en  las plantaciones de fresas, Ramón le pidió una cita a la chica polaca que lo acompañaba en la hilera de al lado, metiendo plantones mojados en la tierra a través de los negros y eternos ríos de plástico. Ella le contestó en polaco y él, empujado por el optimismo, lo interpretó como un:  “Por supuesto, mi amor”. Le cogió la mano y ella sonrió  el tiempo justo antes de que el capataz los llamara al orden.

Antes que el empuje de él o el sentimiento de soledad de Bodgana se diluyeran, tuvieron los encuentros sexuales necesarios para no necesitar profundizar en otros aspectos coyunturales de la relación. Se casaron aprovechando el parón veraniego de las labores del campo y con el subsidio de desempleo de ambos se fueron en coche al norte de Polonia, a Elblag, la  ciudad natal de ella, a conocer a sus padres y hermanos.

Allí, los silencios de Ramón, parco en palabras y con tendencia a la introspección,  en el seno de su familia política eran señales de sabiduría y reflexión. Lo que tres mil quinientos kilómetros más abajo le hacía sentirse un extraño, aquí le ayudaba a integrarse. 
Su suegro talaba un árbol con tres hachazos pero también lloraba, abrazaba y daba unas palmadas en la espalda cuyo significado dependía de la intensidad de las mismas  y a Ramón le resultaron  fáciles  de descifrar  en poco tiempo.

Diez días antes de volver, Ramón le confesó a su esposa que no quería regresar al extranjero. ¿Al extranjero?, le preguntó extrañada Bodgana. Él calló, sin saber explicar  a qué se refería. Tampoco ella insistió en la pregunta, simplemente le pasó el brazo por encima del hombro y lo atrajo hacia sí. Reconfortado, Ramón cerró los ojos.







viernes, 7 de octubre de 2011

La reputación



 

La primera bala me atravesó el hombro izquierdo. Sentí una terrible quemazón. La miré incrédulo  a ella y al cañón humeante, pero antes de hacer un esfuerzo por entender cómo había ocurrido, decidí sacar mi arma y acabar la tarea que me había traído hasta allí. En ese amago torpe de supervivencia, ella volvió a disparar. Esta vez en pleno pecho. El impactó a tan corta distancia logró tirarme hacia atrás. Imaginé que era el fin. Mi muerte era una cuestión de tiempo, breve y muy doloroso, probablemente. Se acercó sin prisas a mi cara, me puso el cañón de la pistola en la frente y antes de disparar dijo algo que no alcancé a oír.

Luego apretó el gatillo.

Una de las ventajas de estar muerto es que ya no tienes prisa. Nunca me gustó analizar los errores del pasado y no iba a ponerme a ello simplemente por haberme insustanciado. Pero digamos que atravesé la frontera justo cuando la duda me asaltaba y de pronto me vi envuelto en una necesidad asfixiante por resolver el misterio que había acabado con mi vida. Era como si el Jefe no te dejara entrar sin saber explicar por qué estabas allí.

La primera sensación que tienes es de libertad. Libertad por no tener que esforzarte en ligar, ni en matar a nadie para ganar dinero para ligar sin esforzarte. Ser  un matón a sueldo es la profesión más segura que conozco. La víctima no sospecha que ese tipo tan vulgar venga a descerrajarte un par de tiros para mandarte al otro barrio. Te lo cargas y luego ya vendrá la policía y encontrará a alguien a quien echarle las culpas. Cobras. Te lo gastas. Y vueltas a las andadas. Como le ocurre a cualquier otro funcionario.

Cuando la que se autoproclamaba mi ex – novia me contrató para cargarme a aquel vejestorio estuve a punto de rebajarle a la mitad los honorarios.

- ¿A una vieja?
- Me echa las cartas. Es una pitonisa.
- ¡Puaj! Hay gentuza de esa de sobra, cariño, no te preocupes, mañana a estas horas tendremos una loca menos.

Ella siempre había disfrutado con los detalles de mi trabajo, cuando le describía los preparativos previos, los disparos, el olor a quemado,.. Lo que para a mí me aburría, a ella   la derretía.

- Fui a preguntarle si lo nuestro podría… ya sabes… si tendría posibilidades contigo de nuevo… - se justificó con cierto rubor- Comenzó a echar las cartas y de pronto me mira con asco y me dice:  “No va a poder ser. Tu ex va a morir muy pronto”. ¡Maldita vieja!¿Te imaginas?

Comprendí que más que reducir mi minuta podría pasar directamente a hacerlo gratis, pero soy un profesional. Me contuve y cogí el dinero sin rechistar.

La ingravidez te permite repasar cada escena sin que re-experimentes los sentimientos del momento. No sabría decir si estaba o no enfadado. Nunca necesité enfadarme para apretar el gatillo. 

Mientras me dirigía a la cita con la pitonisa daba vueltas a la conversación con Sonia. ¿Cómo puede alguien ser tan cruel para decirle a una pobre rubia que el amor de su vida la iba a diñar? ¡Y encima pronto! El mundo está lleno de gente así.

Fui ralentizando la escena final, desde la entrada en aquella habitación oscura, pasando por  la presentación, hasta que ella se giró con aquel viejo Colt 22 y comenzó a disparar sin avisar. Puse empeño en descifrar justo la última frase que oí en mi estancia en la tierra:

- Tengo que mantener mi reputación.