miércoles, 6 de junio de 2012

Bosque de hayas





Un grito inhumano rompió la noche hasta colarse en sus entrañas. Saltó de la cama de forma inconsciente, intentando aferrarse al marco de la puerta que daba al cuarto de baño, pero se encontró con la pared desnuda. En la penumbra, desorientado aún, recordó que no se encontraba en su apartamento. Con la pálida luz que entraba por la ventana, intentó escudriñar  aquel espacio ajeno y extraño  hasta acertar a verla incorporada sobre la cama, con su camisón de algodón blanco empapado en sudor. La mirada perdida al frente. Luego observó cómo giraba la cabeza hacia el lado de la cama en el que él había estado hasta ese momento, como si estuviera buscándolo. Se quedó así un instante, sin hacer ningún otro gesto, aparentemente tranquila.

No quiso despertarla, más que calmarla a ella de su pesadilla, necesitaba tomar aire. Se acercó a la ventana y tras correr los visillos a un lado, la entreabrió. Asomado al exterior, la oscuridad abrazaba la casa de una manera asfixiante. El movimiento de las nubes en torno a la luna convertía la noche en un bosquejo de claroscuros intermitentes.  El aire frío y húmedo se introdujo en la habitación sin que él hiciera nada por evitarlo.  Sintió nostalgia de la polución envuelta en los sonidos  de los coches y de  los sonidos de transeúntes trasnochadores. Pero ella necesitaba alejarse, alejarse… no estaba seguro de que hubiera sido buena idea. ¿Cómo puede alejarse uno de la muerte de su propio hijo? ¿Cuánto tiempo hace falta? Detuvo los pensamientos y se centró en intuir  el bosque de hayas  al fondo, buscando encontrar algo que hacer al día siguiente, algo que hacer con ella, pasear, recoger bayas,…

Una imagen fugaz le produjo un sobresalto. Le pareció verla cruzar corriendo desde la casa en dirección al bosque. Se giró, buscó el interruptor de la luz de la mesilla y la encendió. La cama estaba vacía. Tocó las sábanas. Estaban empapadas. La puerta de la habitación abierta. La llamó. No obtuvo respuesta. Repitió, esta vez más alto. Se coló las zapatillas y se dirigió al salón. Encendió la luz. La puerta de la calle estaba abierta también. Sintió de nuevo el frío del viento de la noche sobre el rostro, pero esta vez no le supuso un alivio. Se apresuró a salir. Desde el porche volvió a llamarla.  “Dios mío”, se escuchó a sí mismo decir en voz alta. Un extraño presentimiento le hizo acercarse a la chimenea y coger el atizador que colgaba del soporte de hierro forjado. Salió afuera y comenzó a andar hacia el bosque de hayas.




Notó una punzada en el pie derecho. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba descalza. Miró a su alrededor y apenas pudo ver nada. La noche la rodeaba. Se sintió acorralada en medio de la oscuridad, presa de un miedo que se había sustanciado en una rama rota clavada en su pie desnudo. Imaginó que estaba dentro de un sueño y quiso despertar, quiso abrir aún más los ojos, gritar su nombre, aferrarse a sus manos firmes y tiernas. Quiso que nada de aquello hubiera pasado, quiso decirle que lo necesitaba, pedirle perdón por haberlo arrastrado con su dolor,… Sintió el deseo de volver a recuperar la vida.  Le pareció escuchar un ruido, un ruido de ramas al crujir. Podría ser él, que había salido a buscarla. Intentó llamarlo pero la voz no le salió de la garganta, posiblemente contraída por  un espasmo de frío, pensó.  O quizás ya no podía hablar. Hacía tanto tiempo que estaba encerrada en su silencio. Entonces se agachó, alcanzó una rama a tientas y acercándose a un árbol,  comenzó a golpear una y otra vez contra su tronco.

“Aquí, aquí”, se imaginó gritando. Detuvo los golpes y aguzó el oído. Nada. Silencio. Tenía que esforzarse, vencer el dolor, avanzar en alguna dirección, eso le dijo la psicóloga, tenía que avanzar en alguna dirección. El frío le calaba los huesos y la tierra húmeda y las ramas cortadas bajos sus pies le hacían dar saltitos con los que se sintió ridícula. Una emoción. Se lo diría luego: “Por fin siento algo”. De repente lo oyó, lo oyó cerca, gritando su nombre, pero el tono de la voz le produjo una extraña sensación. Parecía enfadado, como quien busca a alguien que se ha escapado desobedeciendo una orden estricta. A pesar de ello echó a correr hacia la voz, ajena ya a cualquier molestia. Pronto se tuvieron a la vista. Un hueco de luz de luna  filtrado entre los árboles  se alió con el encuentro situando el foco entre ellos. Ella estaba más cerca y llegó antes. Se detuvo allí a esperarlo a él. Tiritando de frío y de alegría. Conforme entraba en el espacio más claro pudo contemplar su rostro, serio o quizás triste o…No le resultó familiar su expresión. Luego observó su mano. Los nudillos marcados empuñando un hierro largo acabado en punta, como un arpón de pesca. Ahora sus ojos le parecieron amenazadores. Quiso eliminar sus temores, abrió los brazos extendiéndolos hacia su amado. En un gesto rápido, él impulsó el hierro hacia atrás y se lo clavó de un golpe seco y duro en el vientre, justo debajo de las costillas.




El grito de dolor la devolvió por fin a la realidad. Fue un grito liberador. Se encontró incorporada en la cama, sintiendo el sudor empaparle el camisón. La mirada perdida al frente. Su corazón latía con fuerza en su pecho. Giró la cabeza buscándolo a su lado. Allí estaba. Dormido aún. Se sintió reconfortada. No quiso despertarlo. Quizás vendría bien tomar un poco el aire de la noche, despejarse. Sin encender las luces se dirigió al salón, abrió la puerta. Miró a lo lejos.  A ratos la luna se colaba entre las nubes dibujando la silueta de  un regimiento de hayas del bosque cercano.  Comenzó a andar hacia ellos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Palmera de chocolate con forma de corazón



A Isi la dejó su novio un día ventoso de abril. Se lo comunicó en la cafetería, cuando estaba ya a punto de hincarle el diente a la palmera de chocolate con forma de corazón remojada en ColaCao templado. En ese momento, Enrique se echó hacia delante y le dijo:

-        -  No puedo seguir contigo.

Así, sin más. Petrificada, un trozo de palmera cayó sobre el ColaCao salpicando su blusa de florecillas primaverales. No pudo articular ninguna palabra, él tampoco parecía capaz de dar más explicaciones.

-        -  Lo siento – concluyó antes de levantarse y dejarla destrozada, contemplando los restos de  palmera de chocolate.

Desde el otro lado del bar, Lorenzo vio la escena.  Estuvo tentado de acercarse a consolarla cuando observó que comenzaba a llorar, pero no se atrevió.

Isi entró en un estado depresivo. Recomponía minuto a minuto los últimos meses de su relación buscando en qué se había equivocado, qué podía haber hecho o dicho que hubiera provocado aquella decisión. Ninguno de sus  intentos  para que Enrique le explicara algo tuvieron éxito. Él no atendía a sus llamadas, la eliminó  de su  Facebook y empezó a colgar fotos en su muro en las que aparecía como si acabara de salir de Alcatraz. Tras tres meses de baja seguía llorando como el primer día, pero decidió solicitar el alta y compartir su llanto en la oficina. Por las tardes iba a la cafetería, pedía ColaCao y una palmera de chocolate y al final de cada taza, comenzaba a temblarle las manos que la sujetaban y no podía acabársela. Terminar esa merienda eterna y dejar de llorar se habían convertido en sus objetivos en la vida.

Cuando el ensimismamiento lo permitió, una tarde de finales de verano,  se fijó en el chico de la barra. Mientras lo observaba, él, repentinamente se giró y sus miradas se cruzaron un instante, el tiempo que, azorada, tardó ella en volver la vista hacia la ventana a través de la cual se presentía el otoño. En los días sucesivos las miradas y la duración de las mismas fueron en aumento. Una tímida sonrisa de esperanza comenzó a asomar en los labios de Isi. La complicidad se fue apoderando de ambos y otra tarde, cuando el viento volvía a desnudar  los árboles, él decidió acercarse aprovechando la cercanía del camarero.

-        -  ¿Puedo sentarme? – le preguntó con  un halo de certidumbre mal disimulado.

“Puedes amarme, incluso”, pensó ella.

-        -   Claro – dijo sonriendo.

Él cogió un par de bombones que el camarero traía gentilmente en su bandeja y se los ofreció a ella como presente para completar el rito de acercamiento. La música comenzó a sonar en su cabeza, la serotonina inundaba sus circuitos neuronales bailando el vals de la ilusión.

 - - -


Aquella noche de abril, Lorenzo no pudo dejar de pensar en la chica. Se inventó cientos de conversaciones en ninguna de las cuales conseguía consolarla:

Primer ensayo:

- No llores por él, seguramente no lo merece.

 -  ¿Y cómo sabes tú – “tú” sonaba con acritud- si lo merece o no?

        
Segundo ensayo:

 -  Seguro que encuentras a otro mejor – “por ejemplo, a mí”.
 - ¿Quién  ha pedido  tu opinión?

-             
Tercer ensayo:

-   
¿Una chocolatina? El chocolate ayuda mucho a…
-   Métete la chocolatina por …. (¡¡¡No, no, no lo digas ni en sueños, o no podré mirarte a la cara de 
nuevo!!!)


Ensayo n:

                “Voy a intentar dormir”

Durante tres largos meses ella no volvió a aparecer. A pesar del tiempo, Lorenzo permanecía fiel a la esperanza. No tenía a nadie más a quien guardarle fidelidad. De pronto un día regresó. El corazón le dio un vuelco de pre-enamorado. Un vuelquecito, quizás;  no quería entusiasmarse todavía. Pidió lo mismo de siempre, pero era otra. Su mirada estaba perdida y su rostro reflejaba el peso de su lucha interior. Él buscaba sus ojos con frecuencia, un contacto que permitiera abrir la puerta, pero para ella no parecía existir nadie fuera de sus recuerdos. Sin embargo, la cercanía alimentaba sus fantasías, y ni siquiera aquella obcecada tendencia al ensimismamiento que observaba en su amada –a estas alturas podemos ya decirlo así: su amada-  extinguía sus deseos de ser correspondido.

Una mañana de otoño, al volverse hacia la mesa, la sorprendió bajando la mirada. Esta vez las palpitaciones consiguieron ruborizarlo. Los días siguientes fueron la confirmación del cambio, ella levantaba la vista hacia la barra, probablemente para disimular, él ya mantenía la vista fija en ella, sin miedo. Su rostro había cambiado, volvía a ser aquella chica que comía palmeras de chocolate mojadas en ColaCao como si acabara de descubrir el sentido de la vida en el proceso.
Por fin se decidió a acercarse, cogió dos chocolatinas de la caja y las puso en un platillo cubierto con una servilleta. Ya en la mesa, a punto de ofrecérselas, otro cliente habitual se le adelantó. Lorenzo se  detuvo extrañado.

-          - ¿Puedo sentarme? – le escuchó decir.

La miró a ella, esperando una respuesta indignada, deseando que rechazara la petición para poder quedarse a solas con él. Pero lo que escuchó en realidad fue:

-        -  Claro – arrastrando el permiso con una sonrisa de complacencia que le atravesó el corazón.

El cliente cogió con descaro las chocolatinas y le pidió con la mirada que se alejara. Luego ella, ante su inmutabilidad, también lo miró, pero no con la mirada que imaginaba, con la que soñaba cada noche, sino con otra cruel y distante, de despedida, con otra que decía algo como: “Váyase, por favor, señor camarero, ¿no ve que interrumpe?”

Mientras se arrastraba hacia la barra con la bandeja bajo el brazo, un blues comenzó a sonar en su cabeza.




miércoles, 9 de mayo de 2012

Rescoldos del pasado




Mientras Pável esperaba a su víctima se entretuvo rascando la tapicería del salpicadero de su viejo Skoda. Recordó a su padre agujereando el sofá de sky con sus dedos huesudos, sacando trocitos de foamex, una espuma amarillenta y apulgarada que esparcía por el suelo con la misma inconsciencia con que la extraía.

Con la uña logró por fin hacer un pequeño orificio, pero se detuvo e intentó camuflarlo pasando la palma de la mano varias veces por encima. Miró el reloj. Luego miró hacia la esquina por  la que debería aparecer. Volvió a mirar el reloj. Luego otra vez hacia el mismo sitio. Finalmente, sin darse cuenta, sus dedos estaban desenterrando de nuevo el hueco del salpicadero. Esta vez no se detuvo. Abandonada la lucha por controlar su impulso, pudo dedicarse a una segunda tarea. Se tocó la barba rala. Le gustaba esa sensación de duro que da el vello hirsuto. Su padre tenía una barba suave, larga, agreste,  blanquecina. Recobró en su memoria el halo de perdedor  que aquella barba imprimía a su rostro avejentado.

Entrecerró ligeramente los ojos y dibujó una mueca aterradora –la imaginó aterradora-.  Su padre lo miraba con el ceño fruncido para reprocharle su inactividad: “Nunca llegarás a nada, Pável. Mira a tu primo Sergey, ya ha ganado una medalla al mérito en el trabajo”. “Pero a mí no me gusta…Yo no…”, protestaba él. “¡No me repliques, no me lleves la contraria!”. El recuerdo inflaba las venillas de sus  pómulos que  se esparcían por su cara como raíces del árbol del odio. “Compara esto con la medalla, viejo mamón” - se oyó decir a sí mismo mientras acariciaba la culata de su Magnum – “A ver qué da más dinero. Nikolay, maldito vejestorio, -siguió mascullando para sí mismo pavoneándose – mírame ahora:  todas las medallas están ya en los anticuarios y yo me cago en todas en ellas, en ti y en tu sobrino Sergey”

El dedo horadaba despiadadamente la tapicería, de pronto oyó un ruido y se puso alerta. Parecían  unas llaves al chocar contra el suelo. “Debe ser él”. Se bajó del coche y se metió la pistola en el bolsillo del tres cuartos. Un hombre buscaba las llaves en la acera.

-          - No te molestes – le dijo Pável con aspereza.
-          - ¿Qué..?¿Las has encontrado? – preguntó el hombre agradecido.
-          -  No, quiero decir  que no te van a hacer falta – respondió él  recreándose con crueldad en la situación.

El hombre lo miró extrañado desde el suelo, se levantó lentamente, entrecerró los ojos para poder acertar a ver las facciones de su interlocutor bajo la tenue luz de la farola.

-        - ¿Pável,… eres Pável, el hijo del camarada Nikolay? – el hombre se acercó confiado-. Me has asustado, pensé que eras uno de la mafia… ya sabes que nos la tienen jurada a los del sindicato… Vengo de la concentración…

Las mejillas recobraron de nuevo el serpenteo del odio subiendo desde las entrañas. Sacó la pistola y apuntó a la víctima que dio un paso atrás asustado.

-         - ¿Qué vas a hacer? ¿Te has vuelto loco?

Mientras quitaba el seguro se percató de la medalla que colgaba sobre el gabán del hombre, en el lado izquierdo del pecho. Se acercó hasta poder colocar el cañón de la pistola sobre la hoz y el martillo y sin mediar palabra disparó a quemarropa. El impacto tan cercano desplazó al hombre hacia atrás cerca de un metro. Pável se quedó un instante mirándolo tendido en la acera. Los músculos se contraían en unos estertores agónicos. Lo dejó apagarse en su propio dolor  mientras volvía con parsimonia al coche. Ya en su interior, giró la llave del contacto y enfiló lentamente la avenida Riga,  que se abría  una esquina más abajo de donde se encontraba. Las calles continuaban desiertas. Desde el fondo de la avenida, cerca de la plaza Pushkin se escuchaban unas voces que coreaban unas consignas. Grupos dispersos aparecían a lo  lejos portando banderas recogidas.

“¿Cuando acabarán de una vez, cuándo se enterarán de que las cosas han cambiado?”, se preguntó Pável desviándose hacia una transversal.

jueves, 26 de abril de 2012

El niño que convirtió una playa en un desierto



A todos mis niños con TDAH

Pablo se tiró a la piscina dispuesto a probar sus nuevas gafas de buceo. En el fondo vio un tapón negro con una anilla. Metió su dedito dentro de la misma y tiró con fuerza. Unos minutos después, todos los niños estaban jugando al futbol en el fondo de la piscina sin agua. Los padres protestaban y el encargado de tomar medidas contra los disturbios anotaba en una hoja el nombre del infractor.
Después de aquello, a Pablo le pegaron  una pegatina en la frente que  rezaba:

PROHIBIDA LA ENTRADA A TODAS LAS PISCINAS

Así que sus padres decidieron llevárselo al lago.

En el fondo del lago había muchas piedras y Pablo tuvo que ir levantando cientos de ellas hasta descubrir el tapón. Lo demás fue igual de fácil: tirar de la anilla y esperar. Boquiabiertos, los peces anaranjados  zigzaguaban a ritmo de esto es el fin  sobre las  piedras desnudas.
El pescador de salmones llamó urgentemente desde su Smartphone y la guardia de lagos dulces se presentó más indignada que rápida.
Sobre la misma pegatina - puesto que el fondo para pegatinas del Instituto de Lagos y Pantanos se agotó en febrero – los guardas anotaron a mano la siguiente prohibición

PROHIBIDA LA ENTRADA A TODOS LOS LAGOS Y A TODOS LOS PANTANOS

Así que sus padres decidieron llevárselo a la playa.

Cuando llegaron a la playa, lo primero que hizo Pablo fue preguntarle a un señor que estaba sentado encima de una torre de madera extremadamente alta:

-         -  ¡¡Señor, señor!! – gritó- ¿Esta playa tiene tapón?
-          - No, hijo, las playas no tienen tapones;  tienen mareas.
-          - ¿Y la marea tiene tapón?
-          - No. Las mareas van y vienen – respondió de nuevo el señor de la torre.
-           - Pero  -insistió Pablo con la voz desgarrada por la urgencia- ¿Por dónde se marcha la marea?
-          - Por allí – señaló el horizonte con seguridad desde lo alto-, siempre en aquella dirección.

Pablo se colocó sus gafas de buceo y salió corriendo detrás de la marea, que iba en dirección contraria a las olas. Puso en marcha el limpiaparabrisas para librarse de las algas que disminuían su visibilidad,  y  apenas llevaba diez minutos buceando cuando encontró una gran anilla pegada a un tapón con forma de cangrejo ermitaño. Tiró de ella con la fuerza que da la  ilusión del descubrimiento y se sentó allí mismo a mirar como la marea cambiaba el suave vaivén por una huida apresurada hacia  el ojo del huracán que acababa de abrirse.

Cuando el agujerito se tragó a todos los peces y a todos los cangrejos y  el agua  había desaparecido por completo, Pablo volvió a colocar el tapón, se puso de pie y saludó a todos los veraneantes que corrían hacia él, estruendosos y ¿entusiastas?, moviendo los brazos alborozados para  poder compartir la alegría de encontrarse con un erial de arena infinita justo donde antes estaba la playa.

martes, 17 de abril de 2012

En mi cabeza ... (primera versión)



En mi cabeza siempre suena una canción de Edith Piaf, un gorrioncillo triste que me empuja hacia el pasado. Marlene, la prostituta francesa de la esquina, no sólo las tiene en la cabeza, sino que en lugar de masticar chicle, canta sus canciones. Por eso a ella la llaman, la melancólica. Es muy bajita y enclenque, casi un suspiro en medio de esas rubias del este que bracean como jugadoras de la NBA a su lado.

Marlene fue mi novia. Durante una tarde al menos, fue mi novia. Sentados en la esquina de Callao, sobre el cartón desmantelado del embalaje de un frigorífico, nos prometimos todo lo que nos permitió la botella de Cacique que le entregó como propina su último cliente. Se dejó dormir apoyada en mi hombro. Esa día cogí más dinero del habitual, pero no el suficiente como para que lo nuestro perdurara.

Se despertó sobre las doce de la noche, justo a la hora de empezar a trabajar. Miró al perro. "¿Cómo has dicho que se llama el chucho?". "Quince", le respondí. Acarició a Quince con dulzura mientras miraba   la taza con las monedas. "Hay por lo menos diez euros", le dije animado. "Por diez euros no hago yo ni una paja", adujo ella, desmontando mi ilusión transitoria. Abrió su bolso plateado, sacó un pintalabios gastado y se dibujó unos labios postizos de un rojo alarma que me impresionó. "Me voy a lo mío. Adiós". De buena gana hubiera ido detrás de ella, pero si dejas un rato la esquina viene otro y te la quita.

Una prostituta casi enana, un mendigo  triste y un sucio perro callejero. Farolas.  Otras farolas más, casi como un añadido del  mobiliario urbano.  Inadvertidas sombras que sirven de contrapunto en el vaivén cotidiano.

Hay una pequeña lucha previa a la aceptación. Durante el forcejeo te dedicas a encontrar sentido, un nuevo sentido a las cosas. A ordenarlas. Contar, encontrar secuencias lógicas. Treinta farolas, doce policías, veintiséis putas: veinticinco rubias y una  morena. Un perro abandonado en la farola número quince. Una puta que no se tiñe. Ocho  calles, dieciséis  esquinas.  Media hamburguesa de pollo con chédar que una niña anoréxica decide dejar sobre mis rodillas en lugar de en la papelera. El abismo. El abismo de los otros.

Hubo un tiempo en el que yo también formaba parte de lo visible. Estudiaba, amaba y era amado. Tenía llaves en el bolsillo. Restregaba las penas, las dudas  y las esperanzas sobre un colchón mullido cada noche. Hubo un tiempo en el que Edith Piaf sonaba en un cd.


martes, 20 de marzo de 2012

Penélope



Hubo un tiempo en que esto me importaba. Quiero creer que hubo un tiempo en el que me importaba, rectifico.

Te dejé la nota en el frigorífico, sujetada por el imán ese horrible que trajiste del viaje a Roma. La leí un par de veces y pensé que no era justo dejarlo con una nota tan concisa  y fría. "No aguanto más". Eso ponía. Igual esta otra nota, esta vez debajo del jarrón de imitación persa, también te parece fría, aunque no tan concisa. A lo mejor a esta altura ya la has arrugado y convertido en pelota de papel, e incluso has intentado hacer canasta de tres sobre el paragüero irlandés (¿merecía la pena venir cargado con eso?).

No creo que si me hubiera quedado a contarte que me iba, hubiera cambiado gran cosa. A lo mejor habría llorado, porque ya sabes que tiendo a dramatizar. No. No habría llorado. Ya no lloro cuando pienso en la posibilidad de acabar con lo nuestro. Es triste, ¿no?

Sospecho que los congresos existían antes que yo, que los cursos, las conferencias, los simposio, las mesas redondas, los debates,.. las ciudades de los cursos, las conferencias, los simposio, las mesas redondas, los debates,.. las líneas aéreas que te han llevado a las universidades de los cursos, las... Imaginé que yo era tu último destino. ¿Recuerdas cuánto luchaste por conquistarme? ¿Te dieron una excedencia las universidades, tu público, los editores,..? Dejé a mis amigos, a mi ciudad, mis proyectos,..

Mientras escribía esto he levantado la vista y me he encontrado con la escultura etíope. Pasé revista entonces a todo lo que me rodea, esos recuerdos de tus viajes. Te podrías haber traído cucharitas con el escudo de la ciudad, ¿no? Ahora estarían metidas en un cajón, olvidadas, invisibles, sin recordarme que soy otro objeto, un recuerdo de algún viaje que alguna vez, al contemplarlo te traerá un vago sentimiento de nostalgia.

lunes, 5 de marzo de 2012

Si no fuera por la niña



Le dije a mi mamá que yo no quería crecer. Si crezco el mundo desaparecerá. Ella me abrazó y me dijo que eso nunca sucedería, pero que ella tampoco quería que yo creciera. Si somos dos seguro que lo conseguimos, pensé yo.

Marta escucha a su madre decirle a su padre muchas veces: "Si no fuera por los niños..". Cuando me preguntó qué significaba yo no fui capaz de explicárselo, porque mi madre también le suele decir a mi padre algo parecido: "Si no fuera por la niña...". Marta es muy tozuda y nunca se queda sin entender algo. Esa mañana le preguntó a la seño qué significaba: "Si no fuera por los niños..." y la seño le explicó que significaba que: "Si no fuera por los niños el mundo desaparecería".

Estuvimos tristes muchos días. Fui con Marta a su  casa a explicarle a su madre lo que iba a suceder, pero su madre le dio una explicación muy extraña, como cuando a una le mienten. "No te preocupes, cariño, eso se lo digo a papá cuando él me dice que me ha hecho un ping a mi inteligencia y no le ha dado respuesta", "¿Y qué es un ping mamá?". "Eso se lo preguntas a tu padre, el in-for-má-ti-co", le dijo ella así, en ese tono de me tiene harta o algo por el estilo.

Así que decidí explicarle a mi madre por qué  no iba a volver a comer. Si no como no crezco. Y si no crezco el mundo no desaparecerá.

Hasta hace poco yo sabía cuándo estaban tristes o alegres mis padres por sus ojos. Ahora no me miran tanto, casi todo el tiempo están recordándome lo que tengo que hacer, así que ya sólo puedo adivinar cómo se sienten por el tono. El tono es la forma en que decimos las cosas. Cuando su hermano quiere un juguete de Marta, ella le habla en un tono de ja,eso te crees tú, pero su hermano no domina todavía el lenguaje de los tonos y entonces le da una patada y se lo quita. Los adultos no pegan patadas, ellos saben mucho de los tonos.

Si tú y yo utilizamos los mismos tonos es que estamos en  sintonía. No es fácil sintonizar. Mi padre dice que lo importante entre las personas es la sintonía y mi madre le dice que sintonice más en casa y menos en la calle, y al rato siempre acaba gritando eso de: "Si no fuera por la niña..."

- Papá, ¿yo sintonizo? - le pregunté a mi padre, más tranquila una vez que supe que mi madre me iba a ayudar en el plan de no crecer.

- Tú eres lo mejor del mundo, cariño. A ti no te hace falta sintonizar.

Me quité un gran peso de encima. Esa  noche volví a soñar con las miradas alegres de mis padres.