lunes, 17 de septiembre de 2012

Arrepentimiento




La principal causa de mi indecisión actual se debe al arrepentimiento.  Antes era un soberbio engreído que no encontraba motivos para pedir perdón por sus actos: no se los pedí a mi amigo cuando le gasté aquella broma durante su boda, la de esposarlo a un enano y tirar la llave a la basura; ni a mi ex-novia, cuando me encontró el mensaje en el móvil a su amiga Rosa; ni siquiera a Pedro, mi antiguo jefe en el banco, después de traicionar su confianza y vocear sus líos con las drogas, lo que me permitió ocupar su puesto muchos años antes de que se jubilara. Todo me parecía justificable, bien por los objetivos, bien porque los destinatarios eran, en realidad, como nenazas malcriadas que no soportaban ninguna broma inteligente.

Hasta hace prácticamente un año, sólo miraba para adelante. La vida me sonreía, no había persona o situación que tuviera control alguno sobre mí. Me sentía dueño de mi vida y cada uno de mis gestos, desde anudarme la corbata hasta atusarme el pelo, desprendían un halo de seguridad  que bien podrían haber cotizado en bolsa.

Un sábado de abril toda esa aplastante seguridad en mí mismo se desplomó. Una chica me abordó justo en la entrada del metro de Ópera. Al principio pensé que iba a pedirme que le pusiera un autógrafo en el pecho o algo así, pero su mirada parecía indicar lo contrario. Lo que ocurría era que el resto de las opciones ni se me pasaban por la cabeza. Mientras sonreía como Justin Bieber, esperando a que se quitara el botón superior de su blusa, me quedé sin reflejos para esquivar su movimiento. Introdujo su mano en el bolso, extrajo un cuchillo y me lo clavó en medio del abdomen, justo sobre el  ombligo en el que me echaba las gotitas de Poivre, para que el descenso mordisqueante que recorrían las chicas desde mi pecho  tuviera un toque de pimienta a mitad de camino.

Notaba sus dedos haciendo fuerza sobre mi camisa, empujando para que penetrara hasta las entrañas. Esperé que una luz cegadora iluminase el camino hasta el cielo, un lugar en el que también tendría éxito, sin duda, pero la única luz que me llegaba era la de la ira de sus ojos.

-        -  Es sorprendente, ¿verdad? - se limitó a decir.

¿Sorprendente? Sí, incluso, alarmante. Sacó el cuchillo, una hoja de al menos diez centímetros, y la blandió ante mis ojos atónitos. No había ni gota de sangre. Era uno de esos cuchillos que utilizan para las películas, con hoja retráctil. Estuve tentado de ahogarla allí mismo, pero, sí, la sorpresa me tenía paralizado.

-         - El que se clavó mi padre sí era de verdad – ahora, de pronto lloraba. Todo para mí era incomprensible.

 Se dio media vuelta y comenzó a correr, imagino que no se le ocurrió ninguna otra cosa mejor para paliar su dolor. Ni siquiera aquella extraña venganza parecía haberla consolado finalmente.

Y allí, con la gente corriendo a mi alrededor, ajena a aquella posible tragedia, me dio por pensar en los motivos de aquella chica. Dudé. Por primera vez desde que vi a mi padre sustituir mi diente de leche por caramelos bajo mi almohada, dudé.

Quise salir corriendo detrás, pero no pude. Pedirle perdón, por lo que fuera que yo hubiera hecho. Dudar, pedir perdón. Mis hombros se volvieron resbaladizos, la cartera que colgaba en bandolera cayó al suelo y alguien, no sé quien, se inclinó y me la entregó. Me di la vuelta y comencé a bajar las escaleras del metro, cabizbajo. Había estado a punto de morir pero lo habían dejado en un susto, un susto terrible.

Desde entonces vivo en un arrepentimiento continuo, por todo lo que hice, por el daño que infligí. Llamé a todo el mundo para intentar encontrarla, saber quién se había suicidado a consecuencia de mis actos, pero nadie conocido había llegado a tal punto. Se limitaban a odiarme en lo más profundo y alguno me confesó que si pudiera me escupiría a la cara, pero sin más.

Me detenía a la entrada del metro de Ópera esperando que se presentara de nuevo, que consumara su  represalia y acabara con este dolor, con esta indecisión permanente. Pero ella no apareció.

Mi nueva actitud no me granjeó nuevas amistados en principio, la gente se extrañaba de mi cambio de comportamiento.   Mis jefes también lo notaron  y no les gustó. Otro chico joven, seguro y sin contemplaciones les contó mi afición a chatear en horario de oficina. Cualquier cosa habría bastado; ellos necesitaban alguien con aplomo y sin escrúpulos.

Pronto me encontré al otro lado, junto a aquellos a los que había vilipendiado, a los que menospreciaba, que,  para mi sorpresa,  tardaron poco en perdonarme, más que yo a mí mismo, seguro. Me invitaron a una barbacoa. Y lo más gracioso es que fui. Una barbacoa con humos. Sí, definitivamente, era otro. La gente lo notaba y me trataba de manera diferente, con naturalidad. 

Vendí mi casa en el centro y me mudé al barrio, al de buena parte de los chicos de la oficina. Aún así, no podía estar en paz conmigo mismo, había algo, no sabía qué desgraciadamente, algo que había echo a alguien y que no podía reparar. Esa carga me lastraba diariamente.

Hace unos días, cuando ya me había hecho a la idea de vivir sin más con esta incertidumbre, esperando a un compañero en la puerta del metro de Callao, la vi llegar. Las piernas me temblaron. Pensé que venía  a consumar su trabajo incompleto, pero de pronto se detuvo ante otro hombre próximo a mí. Lo miré, vestía de Brione. Impoluto. Sólo las prisas justificaban que viajara en metro. Ella hizo exactamente lo mismo que conmigo. Sacó aquel cuchillo horrible y atravesó con su propio dolor el vientre tembloroso de aquel hombre de negocios. Él reaccionó de forma diferente. Salió corriendo despavorido. Sin mirar hacia atrás. Ella no tuvo tiempo siquiera para explicarle los motivos. Entonces giró la cara y me vio. Nos quedamos mirándonos un instante. Sus ojos seguían desprendiendo el fuego imperecedero de la ira. Luego se giró y se marchó sin más. Esta vez sin correr, sin llorar.

Comencé a entenderlo todo. Creí entenderlo, al menos. Ella no me había matado virtualmente a mí; nos mataba a todos, a desconocidos a los que asociaba con la muerte de su padre, mataba al sistema que había conseguido que su padre acabara suicidándose. Quería que supiéramos qué se siente, aunque sólo fuera por un instante fugaz y terrible, transmitirnos la sensación de ser objeto, en lugar de sujeto, de no tener el control sobre nuestras vidas, sino que dependa de lo que hayan decidido otros. Sí, elegí esa explicación. Quizá hubiera otras, pero esa me dio la paz suficiente para aceptar mi nueva vida.

Igual que la otra vez, estuve tentado para salir detrás de ella, esta vez para agradecerle que me abriera los ojos, que me convirtiera en este ser dubitativo, frágil, compañero,..humano.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cómo esquilar a una oveja





Estación de Cerro Muriano. Córdoba. 1966.


-        -  ¡¡López Rengel!!, ¡¡Gómez Abad!!,..

La voz del soldado resonó entre el bullicio de la estación. Iba soltando nombres de carrerilla, sin detenerse a escuchar la confirmación de la presencia de los nombrados.

Paco miró a su alrededor. Vio reflejada su cara en los rostros huidizos de sus camaradas.

- ¡Gómez Nieto!

Tras el sobresalto inicial al escuchar sus apellidos, se encaminó en la misma dirección que los otros, hacia el terraplén a las espaldas del tren, en la que un camión militar iba engullendo chicos hacia su trascendente destino.

Un rato más tarde, enfilaron el camino de las minas,  rumbo al Cerro Muriano. El miedo le atravesaba los huesos más profundamente que  gélido viento  que se colaba por las lonas raídas.

Recordó a su padre en la estación, despidiéndolo. Más palabras juntas de las que le había dicho en prácticamente toda su vida previa.

-     Te harás un hombre.

Todos los hombres se construyen en la mili, antes eres un hombre incompleto. Ningún rito curte más. Ni fumar Ideales, ni irte de putas.  La mili te empequeñece hasta el punto de resituarte en el mundo, de hacerte comprobar la verdadera dimensión de las cosas. Desplaza el eje desde los ombligos hasta la periferia; desde sí mismo hacia los otros. Obedecer te hace un hombre; obedecer sin rechistar.

Un chico alto, moreno, lo sacó de su ensimismamiento.

- ¿Tú de dónde vienes? 
- De Almendralejo.
- ¡Uf, mi primo dice que aquí a los de Almendralejo se las tienen jurada!
- ¿Quién es tu primo?- preguntó  Paco.
- Un cabo primera - le respondió el chico.

-¡¡¡Vamos reclutas, moveros, que se os caen los cojones!!!

Salieron en tropel. De allí al barracón, del barracón al comedor, del comedor  a pelarse.

La cola para el barbero  le recordó a las ovejas. Su padre se dedicaba a esquilarlas desde siempre. A él le enseñó el oficio y seguramente él se lo enseñaría a su hijo también. Las primeras veces que le pasas las tijeras vas con miedo, luego, cuando ya has esquilado a cientos, el temor desaparece, al fin y al cabo eres tú el que esquila, el que tiene la herramienta, el que tiene el poder. La oveja bala, se lamenta inútilmente y tú cumples con tu deber, sin miramientos, sujetando bien a la bestia.

Veía salir uno tras otro, todos prácticamente iguales, hombres indistinguibles en su imagen y en su miedo. Los imaginó balando de impotencia. 

La ropa, el petate, la litera de abajo, la taquilla sin candado, las botas, el chopo, el toque de corneta, la retirada. La noche, la primera temida noche.

En aquellos barracones recién estrenados ese año,  el silencio nocturno castrense se podía cortar como el tocino sin veta del desayuno en el amanecer de la sierra. No pudo dormir. Oía las respiraciones a su alrededor. Todos expectantes. Unas voces al fondo, luego silencio. Al fin  gimoteos, algo lejanos, intermitentes. Por la distancia y la dirección los ubicó en las letrinas.

-¡¡Firme y besa la fregona, digo la bandera!! - se escuchó con claridad junto a unas risas, un golpe, tortazos,..- ¡¡Bien besada, soldado,  no querrás deshonrar a la bandera!! Eso es.., y ahora a casita, de vacaciones a ver a mami.

El  sonido al meterlos en las taquillas. Un atisbo de rabia.

- Cántanos algo, Gutiérrez.

Las luces de un par de linternas iluminaban la taquilla, uno de los veteranos la zarandeó con fuerza  hasta que desde su interior se oyó al recluta cantar algo, apenas reconocible, con voz trémula y suplicante. Luego silencio, por fin.

Toda la mañana del día siguiente marcando el paso, dando una y otra vez golpes por el enfangado suelo del campamento, hasta coger el ritmo. El gallego,  que iba delante no era capaz, lo perdía continuamente. Un alférez lo sacó de un manotazo de la fila y comenzó a darle tortas al mismo compás que el de los zapatazos con las botas recién estrenadas.

- ¡¡Así, vamos!!, ahora date tú, a ver si coges el ritmo de una puta vez gallego cabrón.

El gallego comenzó a golpearse a sí mismo, lo veían a cada vuelta allí, firme, con un temblor creciente y cada vez más impreciso.

En el descanso, el gallego permanecía mudo. La cara completamente alborotada por el pudor y el dolor.

- ¿Tienes dinero? - le preguntó a Paco, Álvarez,  el primo del cabo primero.
- ¿Trece cincuenta?
- Eso es un dineral. Da para cuatro Torres 5 y todavía te sobra. Vamos.

Se puso junto a los demás  en la cola del bar, hablando sin parar, hasta que les llegó el turno. Apenas se quedó con una moneda de  dos cincuenta, el resto se lo gastó en coñac.

El alcohol le alivió el frío, le hizo sentirse en comunión con las ovejas esquiladas en perpetua procesión que lo rodeaban. El gallego bebió más,  hasta el punto de que parecía haber olvidado la humillación que acababa de sufrir.

- Esta noche nos toca a nosotros - dijo Álvarez de pronto, con voz amarga.
- ¿Cuántos somos? - preguntó un chico tan bajo que Paco se preguntó cómo había logrado pasar la talla. No aparentaba 21, ni siquiera 18 años.
- Unos doce -respondió otro.
- ¿Y ellos? - insistió el chico.

Ellos. Nosotros. España era una. Una. pero aquí estaban Ellos y Nosotros. Y nosotros éramos más. Incluso el gallego, seguramente ebrio como nunca en su vida, podía llegar a esa conclusión.

- Cinco. Cinco veteranos cabrones -dijo Álvarez y se bebió su coñac de un trago, como si eso formara parte de su realidad cotidiana.
- Yo no quiero pasar la noche en la taquilla - se quejó Paco.
Todos rieron, liberados del miedo por el alcohol.

- Somos más - dijo otro mientras liaba un pitillo, como si acabara de contrastar dicha obviedad -, pero no sé de qué coño puede servir. Somos más pero todos acojonados. Y tú más, - señaló a Paco- porque me han dicho que eres de Almendralejo, y aquí a los de ese puto pueblo se las tienen jurada.

Con la última copa surgió al fin el valor suficiente para comprometerse con la sublevación. Eran más, aquello era injusto, ¿se necesitan más argumentos?

Tras pasar revista, se dirigieron a duras penas al interior del barracón, hacia sus literas. El toque de corneta anunció retreta,  retirada. Apagaron las luces. Paco se durmió profundamente sin apenas detenerse a recordar el miedo ni el valor, que tan cercanos habían estado en tan escaso periodo de tiempo.

- ¡¡Despierta, mierda!!, el ejército te llama.

Un grajo le gritó al oído. Tuvo que repetírselo a empujones, hasta que lo arrojaron al suelo. La luz de la linterna lo deslumbró.

- Vamos. Toca jurar bandera, ¿querrás irte a casita con mami, no?

Lo condujeron sin oposición hacia las letrinas. Allí, a la luz de varias velas, atisbó al resto de sus camaradas de quinta, escasamente despiertos aún, al igual que él. Los pusieron firmes. Uno de los veteranos se paseaba delante de ellos, con las manos detrás de la espalda mientras soltaba un discurso aparentemente marcial. Otro sujetaba un sucio mocho de fregona como si fuera la misma bandera. El bajito giró la cabeza para mirar a sus compañeros, probablemente buscando una señal para actuar, pero el veterano que soltaba el discurso se detuvo ante él y le soltó un terrible guantazo en la nuca. El resto de veteranos soltaron una risotada cruel.

-¡¡Firmes, coño!! Tú tienes que ser de Extremadura, ¿a qué sí?
- No, mi... -titubeó el chico- mi...
- ¡¡Mi general!!
- No, mi general, soy de Sevilla.
- Entonces te vas a librar- sonó condescendiente-.  Ven ponte aquí - lo condujo hasta  un retrete -, mete las manos y procura sacar la esencia y al que no bese la bandera como es debido se lo restriegas en la cara, ¿lo has entendido, sevillano?
- ¡Sí, mi general!!

Doce. Ellos cinco. Paco se escuchó a sí mismo gritar.

- ¡¡Ahora!!

Impulsados por la sorpresa, los otros se abalanzaron detrás de él, con el arrojo previsto, libres para hacer justicia y enderezar la situación. Desconcertados, los veteranos no tuvieron tiempo para reaccionar. Los tumbaron en el suelo como a ovejas y comenzaron a esquilarlos, uno a uno,.. ¿a esquilarlos?

- ¡¡¡Tú, mierda, despierta de una puta vez, que ya sólo faltas tú para jurar bandera!! ¿Querrás volver a casita a ver a mami, no?

La voz ronca del soldado lo devolvió a la realidad. Paco abrió los ojos hasta hacerse a la escasa luz de las linternas. Cerca, algunos de sus compañeros encerrados en las taquillas entonaban canciones supuestamente alegres. Mientras se dejaba conducir sin resistencia a las letrinas, un sentimiento de esperanza comenzó a alojarse en su interior: había sido capaz de soñar la liberación.




martes, 14 de agosto de 2012

La solución




“Mamá nos dejará el dinero para la hipoteca este mes… bueno, los que hagan falta”. No puedo dormir. A cada vuelta en la cama, la imagen de Carmen diciéndomelo me hace más daño. Intento recordar a esa otra persona ahora tan lejana, esa especie de fantasma desvaído, aquel al que ascendieron en el trabajo por tantas horas de dedicación, el que hacía planes para los fines de semana, para las vacaciones, para reamueblar la casa, para cambiar de coche,… Todo me parece ridículo, inverosímil, ajeno. Nada tiene sentido. Me levanto y me voy al salón, como cada noche de todos estos últimos días. 

-        -  No te preocupes, Felipe, ya sabes que este dinero era para vosotros. Al fin y al cabo no tengo a nadie más y tú tampoco. El dinero, la casa,.. al final todo será para vosotros y las niñas.

      La imagino en el banco, ingresando el dinero: "Es para ayudar a mi yerno, el pobre".

Ahora viene todos los días, incluso cuando está averiado el ascensor sube hasta la quinta planta a pie. Es como si fuera uno de esos “hombres de negro” que dicen los periódicos que vendrán a vernos después del rescate.

-        -  ¿Has mirado en lo de las frambuesas, hijo?

Sí, madre, he m-i-r-a-d-o. Básicamente me han dicho que no sirvo para recoger frambuesas, que lo mío son las oficinas y agachado, a pleno sol, no aguantaría ni dos días. “Fíjate en esa rumana – me dijo convincente- recoge más en dos horas que tú en dos días, y encima, ya sabes, si hace falta algo más,.. lo hace”.  “¿Y en el almacén?”, le pregunté obviando su comentario. “En el almacén, la familia. La familia es lo primero”.

-        -  La familia es lo primero – confirma mi suegra.

Carmen no me entiende. No comprende cómo afecta a mi dignidad. “Ella insiste para que no te duermas, como te salió tan mal lo de la telefonía”. “Ser comercial así es perder todo crédito para el futuro; tienes que estar engañando a los clientes continuamente, ocultando información clave, dando largas,.. No podría volver a ejercer de comercial para ninguna otra cosa, ¿comprendes?”. “Ya - me dijo con condescendencia – ya”.

Me retuerzo por las noches buscando soluciones. He quitado del currículum todo lo que podría provocar rechazo en el empresariado. Incluso he sacado los restos de cemento de un saco y he metido las manos para curtirlas, para borrar los dedos de oficinista, para eliminar todo lo que pudiera delatarme.

Este es el último mes que podemos permitirnos tener internet. He aflojado las bombillas del salón salvo una. Por la tarde, mi suegra nos trae la cena. Entra a la cocina y cuando pasa por el salón me pregunta: “¿Cómo ha ido hoy?”, “He hablado con…”. Siempre he hablado con alguien, pero en realidad, hace ya unos días que no hablo con nadie. Ni siquiera salgo. Carmen se lleva a las niñas a la calle, a huir de la asfixiante realidad de nuestras paredes y sacarlas un poco. Yo le digo que iré a mirar  una cosa, da igual qué, me arreglo,  me retraso un poco mirando en internet, pero luego me quedo en el sofá mirando la televisión sin ver nada concreto, indolente, abatido, vencido.

Después de la pregunta-martillo, ella se asoma a la ventana, a esperar ver llegar  a su hija y a sus nietas, a saludarlas desde aquí arriba. Carmen está cansada de decirle que no saque tanto el cuerpo, que es un peligro, pero ella se ríe, “Cómo va a ser un peligro, a ver si te has pensado que soy un vejestorio”

Noto que se va adueñando de nuestro espacio a medida que yo empequeñezco. Y ella ahí, asomada, henchida como un pavo real, dueña de mi futuro, con su miserable pensión, pero con los ahorros que le dejó su marido -el que supo marcharse a tiempo-, su coche híbrido y silencioso (“Ni te enteras de que vas conduciendo, ¿verdad yerno?”), su piso con esa terraza enorme, la casita en la playa… todo lo que “algún día será vuestro”. Algún día. La miro volcada sobre el alfeizar, tan frágil. Entonces lo comprendo. Me levanto impulsado por la esperanza de acabar con mis problemas al fin y avanzo sigiloso hacia la solución.


miércoles, 6 de junio de 2012

Bosque de hayas





Un grito inhumano rompió la noche hasta colarse en sus entrañas. Saltó de la cama de forma inconsciente, intentando aferrarse al marco de la puerta que daba al cuarto de baño, pero se encontró con la pared desnuda. En la penumbra, desorientado aún, recordó que no se encontraba en su apartamento. Con la pálida luz que entraba por la ventana, intentó escudriñar  aquel espacio ajeno y extraño  hasta acertar a verla incorporada sobre la cama, con su camisón de algodón blanco empapado en sudor. La mirada perdida al frente. Luego observó cómo giraba la cabeza hacia el lado de la cama en el que él había estado hasta ese momento, como si estuviera buscándolo. Se quedó así un instante, sin hacer ningún otro gesto, aparentemente tranquila.

No quiso despertarla, más que calmarla a ella de su pesadilla, necesitaba tomar aire. Se acercó a la ventana y tras correr los visillos a un lado, la entreabrió. Asomado al exterior, la oscuridad abrazaba la casa de una manera asfixiante. El movimiento de las nubes en torno a la luna convertía la noche en un bosquejo de claroscuros intermitentes.  El aire frío y húmedo se introdujo en la habitación sin que él hiciera nada por evitarlo.  Sintió nostalgia de la polución envuelta en los sonidos  de los coches y de  los sonidos de transeúntes trasnochadores. Pero ella necesitaba alejarse, alejarse… no estaba seguro de que hubiera sido buena idea. ¿Cómo puede alejarse uno de la muerte de su propio hijo? ¿Cuánto tiempo hace falta? Detuvo los pensamientos y se centró en intuir  el bosque de hayas  al fondo, buscando encontrar algo que hacer al día siguiente, algo que hacer con ella, pasear, recoger bayas,…

Una imagen fugaz le produjo un sobresalto. Le pareció verla cruzar corriendo desde la casa en dirección al bosque. Se giró, buscó el interruptor de la luz de la mesilla y la encendió. La cama estaba vacía. Tocó las sábanas. Estaban empapadas. La puerta de la habitación abierta. La llamó. No obtuvo respuesta. Repitió, esta vez más alto. Se coló las zapatillas y se dirigió al salón. Encendió la luz. La puerta de la calle estaba abierta también. Sintió de nuevo el frío del viento de la noche sobre el rostro, pero esta vez no le supuso un alivio. Se apresuró a salir. Desde el porche volvió a llamarla.  “Dios mío”, se escuchó a sí mismo decir en voz alta. Un extraño presentimiento le hizo acercarse a la chimenea y coger el atizador que colgaba del soporte de hierro forjado. Salió afuera y comenzó a andar hacia el bosque de hayas.




Notó una punzada en el pie derecho. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba descalza. Miró a su alrededor y apenas pudo ver nada. La noche la rodeaba. Se sintió acorralada en medio de la oscuridad, presa de un miedo que se había sustanciado en una rama rota clavada en su pie desnudo. Imaginó que estaba dentro de un sueño y quiso despertar, quiso abrir aún más los ojos, gritar su nombre, aferrarse a sus manos firmes y tiernas. Quiso que nada de aquello hubiera pasado, quiso decirle que lo necesitaba, pedirle perdón por haberlo arrastrado con su dolor,… Sintió el deseo de volver a recuperar la vida.  Le pareció escuchar un ruido, un ruido de ramas al crujir. Podría ser él, que había salido a buscarla. Intentó llamarlo pero la voz no le salió de la garganta, posiblemente contraída por  un espasmo de frío, pensó.  O quizás ya no podía hablar. Hacía tanto tiempo que estaba encerrada en su silencio. Entonces se agachó, alcanzó una rama a tientas y acercándose a un árbol,  comenzó a golpear una y otra vez contra su tronco.

“Aquí, aquí”, se imaginó gritando. Detuvo los golpes y aguzó el oído. Nada. Silencio. Tenía que esforzarse, vencer el dolor, avanzar en alguna dirección, eso le dijo la psicóloga, tenía que avanzar en alguna dirección. El frío le calaba los huesos y la tierra húmeda y las ramas cortadas bajos sus pies le hacían dar saltitos con los que se sintió ridícula. Una emoción. Se lo diría luego: “Por fin siento algo”. De repente lo oyó, lo oyó cerca, gritando su nombre, pero el tono de la voz le produjo una extraña sensación. Parecía enfadado, como quien busca a alguien que se ha escapado desobedeciendo una orden estricta. A pesar de ello echó a correr hacia la voz, ajena ya a cualquier molestia. Pronto se tuvieron a la vista. Un hueco de luz de luna  filtrado entre los árboles  se alió con el encuentro situando el foco entre ellos. Ella estaba más cerca y llegó antes. Se detuvo allí a esperarlo a él. Tiritando de frío y de alegría. Conforme entraba en el espacio más claro pudo contemplar su rostro, serio o quizás triste o…No le resultó familiar su expresión. Luego observó su mano. Los nudillos marcados empuñando un hierro largo acabado en punta, como un arpón de pesca. Ahora sus ojos le parecieron amenazadores. Quiso eliminar sus temores, abrió los brazos extendiéndolos hacia su amado. En un gesto rápido, él impulsó el hierro hacia atrás y se lo clavó de un golpe seco y duro en el vientre, justo debajo de las costillas.




El grito de dolor la devolvió por fin a la realidad. Fue un grito liberador. Se encontró incorporada en la cama, sintiendo el sudor empaparle el camisón. La mirada perdida al frente. Su corazón latía con fuerza en su pecho. Giró la cabeza buscándolo a su lado. Allí estaba. Dormido aún. Se sintió reconfortada. No quiso despertarlo. Quizás vendría bien tomar un poco el aire de la noche, despejarse. Sin encender las luces se dirigió al salón, abrió la puerta. Miró a lo lejos.  A ratos la luna se colaba entre las nubes dibujando la silueta de  un regimiento de hayas del bosque cercano.  Comenzó a andar hacia ellos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Palmera de chocolate con forma de corazón



A Isi la dejó su novio un día ventoso de abril. Se lo comunicó en la cafetería, cuando estaba ya a punto de hincarle el diente a la palmera de chocolate con forma de corazón remojada en ColaCao templado. En ese momento, Enrique se echó hacia delante y le dijo:

-        -  No puedo seguir contigo.

Así, sin más. Petrificada, un trozo de palmera cayó sobre el ColaCao salpicando su blusa de florecillas primaverales. No pudo articular ninguna palabra, él tampoco parecía capaz de dar más explicaciones.

-        -  Lo siento – concluyó antes de levantarse y dejarla destrozada, contemplando los restos de  palmera de chocolate.

Desde el otro lado del bar, Lorenzo vio la escena.  Estuvo tentado de acercarse a consolarla cuando observó que comenzaba a llorar, pero no se atrevió.

Isi entró en un estado depresivo. Recomponía minuto a minuto los últimos meses de su relación buscando en qué se había equivocado, qué podía haber hecho o dicho que hubiera provocado aquella decisión. Ninguno de sus  intentos  para que Enrique le explicara algo tuvieron éxito. Él no atendía a sus llamadas, la eliminó  de su  Facebook y empezó a colgar fotos en su muro en las que aparecía como si acabara de salir de Alcatraz. Tras tres meses de baja seguía llorando como el primer día, pero decidió solicitar el alta y compartir su llanto en la oficina. Por las tardes iba a la cafetería, pedía ColaCao y una palmera de chocolate y al final de cada taza, comenzaba a temblarle las manos que la sujetaban y no podía acabársela. Terminar esa merienda eterna y dejar de llorar se habían convertido en sus objetivos en la vida.

Cuando el ensimismamiento lo permitió, una tarde de finales de verano,  se fijó en el chico de la barra. Mientras lo observaba, él, repentinamente se giró y sus miradas se cruzaron un instante, el tiempo que, azorada, tardó ella en volver la vista hacia la ventana a través de la cual se presentía el otoño. En los días sucesivos las miradas y la duración de las mismas fueron en aumento. Una tímida sonrisa de esperanza comenzó a asomar en los labios de Isi. La complicidad se fue apoderando de ambos y otra tarde, cuando el viento volvía a desnudar  los árboles, él decidió acercarse aprovechando la cercanía del camarero.

-        -  ¿Puedo sentarme? – le preguntó con  un halo de certidumbre mal disimulado.

“Puedes amarme, incluso”, pensó ella.

-        -   Claro – dijo sonriendo.

Él cogió un par de bombones que el camarero traía gentilmente en su bandeja y se los ofreció a ella como presente para completar el rito de acercamiento. La música comenzó a sonar en su cabeza, la serotonina inundaba sus circuitos neuronales bailando el vals de la ilusión.

 - - -


Aquella noche de abril, Lorenzo no pudo dejar de pensar en la chica. Se inventó cientos de conversaciones en ninguna de las cuales conseguía consolarla:

Primer ensayo:

- No llores por él, seguramente no lo merece.

 -  ¿Y cómo sabes tú – “tú” sonaba con acritud- si lo merece o no?

        
Segundo ensayo:

 -  Seguro que encuentras a otro mejor – “por ejemplo, a mí”.
 - ¿Quién  ha pedido  tu opinión?

-             
Tercer ensayo:

-   
¿Una chocolatina? El chocolate ayuda mucho a…
-   Métete la chocolatina por …. (¡¡¡No, no, no lo digas ni en sueños, o no podré mirarte a la cara de 
nuevo!!!)


Ensayo n:

                “Voy a intentar dormir”

Durante tres largos meses ella no volvió a aparecer. A pesar del tiempo, Lorenzo permanecía fiel a la esperanza. No tenía a nadie más a quien guardarle fidelidad. De pronto un día regresó. El corazón le dio un vuelco de pre-enamorado. Un vuelquecito, quizás;  no quería entusiasmarse todavía. Pidió lo mismo de siempre, pero era otra. Su mirada estaba perdida y su rostro reflejaba el peso de su lucha interior. Él buscaba sus ojos con frecuencia, un contacto que permitiera abrir la puerta, pero para ella no parecía existir nadie fuera de sus recuerdos. Sin embargo, la cercanía alimentaba sus fantasías, y ni siquiera aquella obcecada tendencia al ensimismamiento que observaba en su amada –a estas alturas podemos ya decirlo así: su amada-  extinguía sus deseos de ser correspondido.

Una mañana de otoño, al volverse hacia la mesa, la sorprendió bajando la mirada. Esta vez las palpitaciones consiguieron ruborizarlo. Los días siguientes fueron la confirmación del cambio, ella levantaba la vista hacia la barra, probablemente para disimular, él ya mantenía la vista fija en ella, sin miedo. Su rostro había cambiado, volvía a ser aquella chica que comía palmeras de chocolate mojadas en ColaCao como si acabara de descubrir el sentido de la vida en el proceso.
Por fin se decidió a acercarse, cogió dos chocolatinas de la caja y las puso en un platillo cubierto con una servilleta. Ya en la mesa, a punto de ofrecérselas, otro cliente habitual se le adelantó. Lorenzo se  detuvo extrañado.

-          - ¿Puedo sentarme? – le escuchó decir.

La miró a ella, esperando una respuesta indignada, deseando que rechazara la petición para poder quedarse a solas con él. Pero lo que escuchó en realidad fue:

-        -  Claro – arrastrando el permiso con una sonrisa de complacencia que le atravesó el corazón.

El cliente cogió con descaro las chocolatinas y le pidió con la mirada que se alejara. Luego ella, ante su inmutabilidad, también lo miró, pero no con la mirada que imaginaba, con la que soñaba cada noche, sino con otra cruel y distante, de despedida, con otra que decía algo como: “Váyase, por favor, señor camarero, ¿no ve que interrumpe?”

Mientras se arrastraba hacia la barra con la bandeja bajo el brazo, un blues comenzó a sonar en su cabeza.




miércoles, 9 de mayo de 2012

Rescoldos del pasado




Mientras Pável esperaba a su víctima se entretuvo rascando la tapicería del salpicadero de su viejo Skoda. Recordó a su padre agujereando el sofá de sky con sus dedos huesudos, sacando trocitos de foamex, una espuma amarillenta y apulgarada que esparcía por el suelo con la misma inconsciencia con que la extraía.

Con la uña logró por fin hacer un pequeño orificio, pero se detuvo e intentó camuflarlo pasando la palma de la mano varias veces por encima. Miró el reloj. Luego miró hacia la esquina por  la que debería aparecer. Volvió a mirar el reloj. Luego otra vez hacia el mismo sitio. Finalmente, sin darse cuenta, sus dedos estaban desenterrando de nuevo el hueco del salpicadero. Esta vez no se detuvo. Abandonada la lucha por controlar su impulso, pudo dedicarse a una segunda tarea. Se tocó la barba rala. Le gustaba esa sensación de duro que da el vello hirsuto. Su padre tenía una barba suave, larga, agreste,  blanquecina. Recobró en su memoria el halo de perdedor  que aquella barba imprimía a su rostro avejentado.

Entrecerró ligeramente los ojos y dibujó una mueca aterradora –la imaginó aterradora-.  Su padre lo miraba con el ceño fruncido para reprocharle su inactividad: “Nunca llegarás a nada, Pável. Mira a tu primo Sergey, ya ha ganado una medalla al mérito en el trabajo”. “Pero a mí no me gusta…Yo no…”, protestaba él. “¡No me repliques, no me lleves la contraria!”. El recuerdo inflaba las venillas de sus  pómulos que  se esparcían por su cara como raíces del árbol del odio. “Compara esto con la medalla, viejo mamón” - se oyó decir a sí mismo mientras acariciaba la culata de su Magnum – “A ver qué da más dinero. Nikolay, maldito vejestorio, -siguió mascullando para sí mismo pavoneándose – mírame ahora:  todas las medallas están ya en los anticuarios y yo me cago en todas en ellas, en ti y en tu sobrino Sergey”

El dedo horadaba despiadadamente la tapicería, de pronto oyó un ruido y se puso alerta. Parecían  unas llaves al chocar contra el suelo. “Debe ser él”. Se bajó del coche y se metió la pistola en el bolsillo del tres cuartos. Un hombre buscaba las llaves en la acera.

-          - No te molestes – le dijo Pável con aspereza.
-          - ¿Qué..?¿Las has encontrado? – preguntó el hombre agradecido.
-          -  No, quiero decir  que no te van a hacer falta – respondió él  recreándose con crueldad en la situación.

El hombre lo miró extrañado desde el suelo, se levantó lentamente, entrecerró los ojos para poder acertar a ver las facciones de su interlocutor bajo la tenue luz de la farola.

-        - ¿Pável,… eres Pável, el hijo del camarada Nikolay? – el hombre se acercó confiado-. Me has asustado, pensé que eras uno de la mafia… ya sabes que nos la tienen jurada a los del sindicato… Vengo de la concentración…

Las mejillas recobraron de nuevo el serpenteo del odio subiendo desde las entrañas. Sacó la pistola y apuntó a la víctima que dio un paso atrás asustado.

-         - ¿Qué vas a hacer? ¿Te has vuelto loco?

Mientras quitaba el seguro se percató de la medalla que colgaba sobre el gabán del hombre, en el lado izquierdo del pecho. Se acercó hasta poder colocar el cañón de la pistola sobre la hoz y el martillo y sin mediar palabra disparó a quemarropa. El impacto tan cercano desplazó al hombre hacia atrás cerca de un metro. Pável se quedó un instante mirándolo tendido en la acera. Los músculos se contraían en unos estertores agónicos. Lo dejó apagarse en su propio dolor  mientras volvía con parsimonia al coche. Ya en su interior, giró la llave del contacto y enfiló lentamente la avenida Riga,  que se abría  una esquina más abajo de donde se encontraba. Las calles continuaban desiertas. Desde el fondo de la avenida, cerca de la plaza Pushkin se escuchaban unas voces que coreaban unas consignas. Grupos dispersos aparecían a lo  lejos portando banderas recogidas.

“¿Cuando acabarán de una vez, cuándo se enterarán de que las cosas han cambiado?”, se preguntó Pável desviándose hacia una transversal.

jueves, 26 de abril de 2012

El niño que convirtió una playa en un desierto



A todos mis niños con TDAH

Pablo se tiró a la piscina dispuesto a probar sus nuevas gafas de buceo. En el fondo vio un tapón negro con una anilla. Metió su dedito dentro de la misma y tiró con fuerza. Unos minutos después, todos los niños estaban jugando al futbol en el fondo de la piscina sin agua. Los padres protestaban y el encargado de tomar medidas contra los disturbios anotaba en una hoja el nombre del infractor.
Después de aquello, a Pablo le pegaron  una pegatina en la frente que  rezaba:

PROHIBIDA LA ENTRADA A TODAS LAS PISCINAS

Así que sus padres decidieron llevárselo al lago.

En el fondo del lago había muchas piedras y Pablo tuvo que ir levantando cientos de ellas hasta descubrir el tapón. Lo demás fue igual de fácil: tirar de la anilla y esperar. Boquiabiertos, los peces anaranjados  zigzaguaban a ritmo de esto es el fin  sobre las  piedras desnudas.
El pescador de salmones llamó urgentemente desde su Smartphone y la guardia de lagos dulces se presentó más indignada que rápida.
Sobre la misma pegatina - puesto que el fondo para pegatinas del Instituto de Lagos y Pantanos se agotó en febrero – los guardas anotaron a mano la siguiente prohibición

PROHIBIDA LA ENTRADA A TODOS LOS LAGOS Y A TODOS LOS PANTANOS

Así que sus padres decidieron llevárselo a la playa.

Cuando llegaron a la playa, lo primero que hizo Pablo fue preguntarle a un señor que estaba sentado encima de una torre de madera extremadamente alta:

-         -  ¡¡Señor, señor!! – gritó- ¿Esta playa tiene tapón?
-          - No, hijo, las playas no tienen tapones;  tienen mareas.
-          - ¿Y la marea tiene tapón?
-          - No. Las mareas van y vienen – respondió de nuevo el señor de la torre.
-           - Pero  -insistió Pablo con la voz desgarrada por la urgencia- ¿Por dónde se marcha la marea?
-          - Por allí – señaló el horizonte con seguridad desde lo alto-, siempre en aquella dirección.

Pablo se colocó sus gafas de buceo y salió corriendo detrás de la marea, que iba en dirección contraria a las olas. Puso en marcha el limpiaparabrisas para librarse de las algas que disminuían su visibilidad,  y  apenas llevaba diez minutos buceando cuando encontró una gran anilla pegada a un tapón con forma de cangrejo ermitaño. Tiró de ella con la fuerza que da la  ilusión del descubrimiento y se sentó allí mismo a mirar como la marea cambiaba el suave vaivén por una huida apresurada hacia  el ojo del huracán que acababa de abrirse.

Cuando el agujerito se tragó a todos los peces y a todos los cangrejos y  el agua  había desaparecido por completo, Pablo volvió a colocar el tapón, se puso de pie y saludó a todos los veraneantes que corrían hacia él, estruendosos y ¿entusiastas?, moviendo los brazos alborozados para  poder compartir la alegría de encontrarse con un erial de arena infinita justo donde antes estaba la playa.