viernes, 22 de febrero de 2013

Cuencos tibetanos



Aquella mañana salí con optimismo de casa. La tostada no cayó por el lado de la mantequilla. No me la comí, en todo caso, pero obviamente no es lo mismo.

Cuando me dirigía al coche una acertada combinación de atención y coordinación visomotora evitó que pisara alguna de las cacas con las que el fox terrier de mi vecina y el labrador del vecino del 5º A riegan nuestra calle.

Convencido de que esos cambios se debían a la apertura de los chakras superiores, decidí probar suerte de nuevo con Rosa. Los chakras inferiores han de tener algún tipo de comunicación con los de encima del ombligo, estoy convencido,  a pesar de la  falta evidencia empírica que  confirme este extremo,  de que se deben transmitir energéticos y contagiosos mensajes  de buena vecindad.

Saqué de la guantera el cuenco tibetano y lo golpeé con suavidad. Cerré los ojos y dejé que la nota Mi sanadora reparara lo que la noche de incertidumbres había dejado maltrecho en mi Psi.

Rosa es una prosaica neurótica de barrio de clase media. Digamos que no permanece mucho rato en el mismo sitio, ni con la misma persona,  ni con el mínimo de equilibrio como para que puedas asumir todo lo anterior como una posibilidad.

Miiiiiiii……..Miiiiiiiiiiii

Das auto. Mi nuevo templo. La nota suena en el interior del Golf como en una bóveda. Noto sus  vibraciones, masajeando mis ajadas células.

Calculé la velocidad justa para evitar los semáforos en rojo, o más bien, visto desde la óptica primaveral de aquel día, para cogerlos todos en verde. A 40 por hora Rosa se me antojaba dispuesta… Rosa. Dispuesta. Casi piso el acelerador con la emoción, pero la flema de mi Eneatipo 1 salió en mi apoyo  y pude volver a centrarme en el proceso.

Aparqué justo a las puertas del parque. Era la hora del running para Rosa. Según mi coach, nueve de cada diez  peticiones que se le realizan a alguien mientras está haciendo ejercicio físico son contestadas afirmativamente.

Vi a Rosa a lo lejos, carca  del estanque, corriendo a ritmo de maratón, algo que podría permitirme yo durante tres o cuatro minutos. Esperé agazapado tras la cancela de entrada hasta que pasara por allí. Esos minutos eran justo el tiempo del que disponía antes de que el cansancio acabara con mi capacidad de oratoria.

En cuanto estuvo a mi altura di un brinco y me puse a su lado. Ella se asustó y se detuvo un instante.

-         - ¡Eh, menudo susto!”.

Luego, sin más, siguió corriendo. Si la tostada hubiera caído por el lado de la mantequilla habría abandonado allí mismo mis intenciones.

-        -  ¿Qué tal, Rosa?

Ella hizo un gesto que bien podría haber interpretado como de desdén si no fuera por la energía que desprendían mis chakras superiores.

-         -  He estado pensando mucho en ti esta noche. – Sí, suena patético – Creo… creo que deberíamos acostarnos.

-          - Yo me acuesto todos los días –dijo ella sin inmutarse.

Claro. No está formulada como una pregunta, es un enunciado ambiguo,.. Recordé a mi coach y al barbero. Ambos afirman que hay que ir al grano. “Que sí, sí; que no, a otra cosa mariposa”, eso dice mi barbero. Para que haya un sí hay que realizar una pregunta que pueda dar lugar a un sí.

-         -  ¿Quieres acostarte conmigo esta noche? –maldita sea, otra vez ambiguo- Quiero decir, ¿quieres tener sexo conmigo esta noche? -¡Jo, lo empeoro! Follar, joder, hacer el amor,.. No hay tiempo para eufemismos (coach dixit)

Nuevo intento.

-          - ¿Hacemos el amor esta noche y luego vamos a cenar al Molly y luego nos vamos al cine a ver la última de Tarantino?
-          - Odio a Tarantino

Qué difícil es pensar y correr al mismo tiempo. Cómo debo interpretar esto. Le resultaría raro si saco el móvil y llamo a mi coach o al barbero, imagino.

-        -  Bueno, tú eliges la película.

-        -  Prefiero hacerlo todo en el cine

¿¡¡Todo!!?..637 64 45 39

Me tiemblan los conductos inferiores. Tenía que haber desayunado una mezcla de Aspen, Agrimony y Centaury, al 35%, 25% y 40%. No hay nada como las flores de Bach para estas situaciones.
-        
 - ¿Y en qué orden lo haremos?

¡¡Dios, se nota que no voy lo suficiente a consulta!! ¡¡Qué flojera mental!! Mírala a ella, que segura de sí misma, grácil gacelilla… (¿grácil gacelilla? ¡uf, me hace falta más testosterona). No puedo aguantar su ritmo.

-        -  El orden no alterará el resultado final –afirma contundente.

Como para no enamorarse de ella.

-          Va...(jadeos) va...le, lo dejo aquí, lo mío es el ssss…ssspinning, el trote es perjudicial  para las vértebras 23 y 24 según mi osteópata.

-         -  No me decepciones – me dijo finalmente, haciendo un gesto con el dedo que el argot de su barrio In significará algo así como complicidad, pero en mi barrio Out,  quiere decir que te jodan.

¿Y ahora qué hago? ¿Compro Ceregumil, Viagra, Red Bull,…? ¿Me tomo una multi-infusión Bachiana? ¿Veo todos los capítulos que pueda de “Girls”?,..

Mientras tomo resuello apoyado en las rodillas, la veo marcharse, con el pelo recogido en una cola que ondea de lado a lado mientras fluye… (¿fluye?, no sé si voy a dar la talla).

viernes, 28 de diciembre de 2012

Mandarinas, amor y duelo

No tengo ni idea de cómo va a acabar esto. Es más, ni siquiera estoy seguro de cómo ha empezado.

jueves 13

La frutera me sonríe. Supongo que siempre me sonríe, a mí y a toda su clientela. Tiene una sonrisa franca y espontánea. En el mercado, a pesar de tener más cara la fruta. su puesto siempre está lleno. Da igual. Todos pagamos gustosos la diferencia.

Es posible que su sonrisa fuera la habitual  y que yo hoy, por mi estado de ánimo, haya encontrado en la misma una especie de mensaje amoroso. He intentado confirmarlo en la mirada, que bien podría querer decir: ¿qué te pongo?, pero que he preferido interpretar como: ¿cuándo me vas a invitar a salir?


miércoles 19

Llevo una semana comprando frutas y verduras.

viernes 21

- Dos kilos de mandarinas. ¿Tienes algo que hacer mañana por la tarde?

En realidad fue así: doskilosdemandarinas¿tienesgokacerñanatarde?

- ¿Algo más?

Sí: "Creo que me he enamorado de ti"

- No,.. gracias.


Así que, seguro, ese no fue el comienzo.

Dos semanas antes. Lunes 27.

- Te encuentro raro.
- Sí, yo  también me encuentro raro,.. no sé, como melancólico o así.. ya sabes... como si...
- Como si te faltara algo.

Pedro entiende de esto. Hace como que entiende y eso, a todos los efectos, es igual que entender. No hay nada que me aburra más que racionalizar mis emociones. Es una batalla que he perdido siempre y por lo tanto, suelo esquivarla  con bastante tino. Pedro en cambio, es capaz de descubrir la superficie que envuelve cualquier misterio emocional. Digamos que yo pongo las emociones y él descifra el enigma. Hacemos un buen equipo.

- Va a ser por tu ruptura sentimental.
- Pero hace dos años de eso.
- Ajá, pero a ti siempre te ha costado elaborar los duelos.


Ya está. Ya sé por qué tengo ese tono de tristeza inacabada.

Una semana antes. Viernes 7, doce de la mañana.

Constato que puedo arrastrar mi estado por tiendas, cines y restaurantes. Es un avance.

- ¿Por qué estás así, Cesc?
- Por un duelo no resuelto.
- Ah, ya. Entonces mejor  elegimos comedia para esta tarde, ¿no?

Las comedias ayudan a resolver los duelos sentimentales pendientes. Todo el mundo sabe que para superarlos tienes que:

      a. Acudir a todas las citas a ciegas
      b. Ver mucha comedia
      c. Invitar a cenar a tus amigos hasta que lo superes

- Lo que no entiendo - me dice Mara - es cómo te ocurre esto después de tanto tiempo, especialmente teniendo en cuenta que fuiste tú el que rompió la relación.
- Llevas razón. Pero no encuentro otra explicación y Pedro dice que esto es característico en mí.
- Lo de los duelos...
- Sí - afirmo convencido - Después del cine pago la cena.
- Claro.

Me quedo mirándola. Ella se extraña, encuentra rara mi mirada. ¿Por qué no he tenido nunca nada con Mara? Es la novia de Jordi, sí, pero en realidad, es tan... tan...todo.

- ¿Te ocurre algo, Cesc?
- Creoquemeestoyenamorandodeti.
- ¿Qué?
- Creo que puedo ir al cine detrás de ti.
- No entiendo.

Esto sólo lo puede resolver Pedro

Ayer, lunes 24 

- Hola Pedro, necesito que me aclares algo.
- Desembucha.
- Hace un par de semanas me di cuenta de que estaba enamorado de Mara.
- Ajá.
- Y la semana pasada me he enamorado también de la frutera.
- Ajá.
- Incluso creo que echo de menos a mi ex.
- Perfecto - concluye Pedro.
- ¿Cómo que perfecto? ¡Estoy echo un lío!
- Si eres capaz de volver a amar es que ya has superado el duelo.

¡Increíble, cómo no me di cuenta!

- Ahora lo que tienes que hacer es tirarle los tejos a Mara. Olvídate de la frutera.
- ¿A Mara? ¿Y Jordi? - ¿Olvidarme de la frutera?
- Será un secreto entre los tres.
- ¿Entre qué tres?
- Entre nosotros tres.

Claro, si fuera con Jordi no sería un secreto, sería un trío. La lentitud  mental es una secuela del duelo.

- Pero -dudo- ¿Mara querrá algo conmigo?
- Of course, my friend.

Suena convincente. En inglés aún más.  Me despreocupo de las posibles razones por las que ha llegado a esa conclusión.

Hoy, martes 25, siete de la mañana

- Pero, ¿cómo me llamas a esta  hora, Cesc? ¿Te ocurre algo?
- Estoy aquí abajo.
- ¿En mi casa?
- Sí. Llueve.
Un segundo de silencio. ¿Es preocupante?
- Te abro - la voz de Mara suena algo ronca. Jordi no está. Espero - ¡¡Estás empapado!! ¿De dónde vienes? ¿Qué te ha pasado?¿Quieres un café?
- Llevo un rato ahí. Sí, por favor. ¿Me puedo quitar la ropa?
- Claro. Te traigo algo de Jordi y una toalla.

¡¡Uf, no hay peor forma de empezar!! Tengo que hablar con Pedro. No, Mara no lo entendería.

"Sería mejor que nos diéramos una ducha calentita"

- De acuerdo, gracias.

Nos sentamos  en la cocina. Ella sigue con el pijama puesto. Los abultados y enormes ojos de Mafalda me miran desde su camiseta. No puedo apartar la vista.

- Me encanta Mafalda -digo por romper la tensión.
- ¿Me vas a contar qué te ocurre? -dice ella obviando mi comentario y mi fijación por las protuberancias de Mafalda.
"Llevo toda la noche pensando en ti y no puedo dormir y  me he dicho: voy a verla, se lo cuento todo y que sea lo que Dios quiera. ¿Qué es lo peor que me puede ocurrir?"
- Creo que estoy saliendo del duelo. Eso dice Pedro.
- Y entonces te echas a la calle de madrugada a celebrarlo bajo la lluvia...
- Lo sé,.. lo sabe... bueno, creo que lo sé porque...
Me acerco sin pensarlo y la beso. Un beso robado. Ella no se aparta, pero tampoco colabora demasiado. ¿No apartarse es colaborar?

- Sí que estás contento - dice ¿sonriendo? Una mueca difícil de interpretar.
- Puedo volver a enamorarme.
- Me alegro. Ya no nos quedan amigas para tus citas. Has acabado con el repertorio entero. Tendremos que volver a empezar por la primera.
- Jajaja, no. Es más simple.

Voy cogiendo confianza, lo noto en el tono de mi voz. "Es más simple", jo, qué contundente.

- Sigue - dice ella bebiendo despacio de la taza de café humeante.
- Lo sé porque me he dado cuenta de cuánto te deseo.

"Me he dado cuenta de cuánto te deseo", uf, estoy lanzado. Impresionante.

Mara no habla.

Posibilidad número 1.
Está pensando: Pobre, cómo le digo que no puede competir con Jordi.

Posibilidad número 2:
Está pensando: Quién se iba a enterar. Jordi me tiene muy abandonada últimamente.

Posibilidad número 3.

...

- ¿Qué piensas? - pregunto intrigado.
- ¿Has venido en coche?
- No. Andando.

Posibilidad número 3.
Está pensando: Mejor que Jordi no vea el coche cuando vuelva.

- No sé, Cesc, estoy confundida. No puedes venir así, de golpe, y soltarme una cosa semejante y... no sé,.. esperar que yo... Jordi...es tu amigo...

Pedro me dijo una vez que si una mujer titubeaba era que sí; que si decía "No" era que sí y si sonreía y no decía nada era que sí. Seguramente es un machista engreído, pero es mi gurú particular, no puedo pagarme otro políticamente correcto.

Vuelvo a besarla. Ahora ella se muestra más colaboradora. Seguro que está comparando los besos. Sus labios saben a café.


Hoy, martes 25, dos  de la tarde. En el mercado.

- Me alegra verte.
- Gracias - le digo - a mí también. Hoy está muy tranquilo esto, ¿no?
- Sí, bueno, a esta hora suele bajar ya el ritmo- de pronto deja de sonreír y se queda callada mirándome, me pone nervioso- Los otros días...
- ¿Sí? El día de...- no soy capaz de continuar - ella vuelve a sonreír.
- Me dejaste un poco confundida. Creí que me habías dicho algo sobre... quedar... pero...
- Ah, sí, bueno,...Es que.. - cojo fuerzas - no puedo dejar de pensar en ti.

Silencio. Otro silencio. Ya me voy haciendo con esto de los silencios. Pedro dice que los silencios son muy elocuentes. No sé qué quiere decir, pero es seguro que son muy algo, posiblemente elocuentes, pero a mí antes me parecían enigmáticos.

- Ja,ja,ja, -ríe visiblemente nerviosa- Bueno, nunca he quedado con un cliente. Espero no perderlo.
- Ja,ja,ja - mi risa también es nerviosa, aunque espero que no tan visiblemente nerviosa- Te aseguro que no perderás un cliente, en todo caso ganarás un... un... bueno... un...
- Amigo - me ayuda ella.

Concretamos la hora. Paso mi cuerpo por encima de las chirimoyas y nos besamos en la mejilla sellando el nuevo estatus.

Hoy, martes 25, seis de la tarde.

- ¿Pedro?
- Hola Cesc, ¿qué tal?
- He superado el duelo.
- Ajá.
- Estoy enamorado de Mara y de Rosa.
- ¿Quién es Rosa?
- La frutera.
- Ajá.
- ¿Es normal?
- Sí, es la etapa precontemplativa del narcisismo.
- ¿Y eso es malo?
- La ignorancia nunca es mala.

Eso suena fatal, pero Pedro sabrá a qué se refiere. Prefiero que pase directamente a las pautas de conducta.

- ¿Y entonces?
- Paga el cine y las cenas. Eso te ayudará a tomar conciencia.

Eso no suena fatal, pero sí raro, casi tendencioso.

-¿ Lo de invitar no era durante el duelo?
- Bueno, si vas a vivir a todo trapo emocionalmente, debes tomar conciencia de ello racionalmente, y eso sólo lo podrás hacer si lo constatas económicamente.

Es fantástico. No sé como no deja las clases de primaria y pone una consulta de counseling o de coaching.

Aunque sigo sin tener claro cuál ha sido el comienzo, ni qué dirección va a tomar todo esto, es evidente que el final consiste siempre en pagar.









lunes, 1 de octubre de 2012

Morir a los cuarenta




¿Qué hago dentro de este maldito coche? Y lo que es peor, ¿qué hago dentro de este puto maletero? La carretera está llena de baches, parece un camino de cabras.  A dónde me llevan. Un momento, escucho sus voces… Dios…estoy perdido… no entiendo nada de lo que dicen… tienen que ser rusos o ucranianos, unos asesinos a sueldo… no me equivoqué. Me congratularía el buen ojo que tengo si no fuera por lo dramática de la situación. Y precisamente hoy.

-        -  ¡¡¡Eeeeeh, vosotros, tiene que haber un error!!! ¡¡¡Soy pobre, os lo juro!!!

Parecen risas. Les hace gracia. Es la confirmación… o no. Igual no es un error. A lo mejor creen que mi mujer es rica. Ella y su manía con la ropa. No podía comprarse la ropa en Zara como todo el mundo. O quizá sea a través del Facebook. He oído que ahora utilizan las redes sociales para detectar a sus víctimas. Por lo visto es más rápido y eficaz. Pero  yo, ¿qué he colgado que pueda dar lugar a que piensen que...? Lo del BMV era una broma… No. Me voy  a volver loco. Dios mío. Mi mujer y mis hijos.

Otra vez están hablando… esta vez parece que entiendo algo.

-Sí… ya… faltar poco… protesta…da golpes,…jajaja…¿estar todo listo?

“¿Estar todo listo?” Me van a torturar. No lo soportaré. Mi mujer lo sabe bien, no me perdonaría que me dejara torturar. Tengo que encontrar una salida, reconstruir todo hasta encontrar una salida.

Sofía me metió unas canciones en el móvil. Quería que las escuchara justo cuando me subiera al autobús. Me puse los cascos  y  oí  a Leonard Cohen cantando Waiting For The Miracle. Luego me dediqué a lo mismo de todas las mañanas, a leer a los seres humanos que pululan a esa hora en el autobús. Esa maraña de lianas tristes. La chica con las botas de piel con tacón, el funcionario ojeroso, la mujer con el uniforme de “El Corte Inglés”, los tres trabajadores de la construcción con sus neveritas azules,.. Lo mismo de siempre, excepto esos dos tipos con traje. Siniestros. Uno moreno y otro rubio. No intercambian palabra entre ellos, a pesar de haber entrado juntos. No creo que sean de la mafia rusa. No irían en autobús; la crisis no habrá llegado tan hondo. Entonces, ¿a dónde van tan temprano, tan arregladitos? Uno parece que me ha mirado. Me ha dado un poco de miedo. Quizá esté imaginando demasiado.

Suena la siguiente canción: Shitlist  de L7. Sonrío, paso a la siguiente y luego algunas más para confirmarlo. You Belong To Me de  Bob Dylan. Es la banda sonora de “Asesinos Natos”. Menudo regalo de cumpleaños. Cierro los ojos para concentrarme en la música y me olvido de los “rusos”. Cuando los abro el autobús está casi vacío. El chico que siempre se sienta al final apurando el repaso a algún examen, los dos tipos extraños en la misma posición en que los dejé y yo. La mañana es típicamente otoñal. Una niebla densa apenas permite ver más allá de las luces de las farolas. La verdad es que la música, el recuerdo de la película y estos dos ahí, hieráticos y expectantes. Mejor los ignoro. Penúltima parada. Se baja el chico. Miro a través del vaho de la ventana cómo se pierde entre la niebla. El edificio de la Universidad se dibuja entre las luces fantasmales que la iluminan desde su interior. Me entran ganas de salir corriendo detrás de él, me estaba preocupando aquella situación con banda sonora incluida, pero me convenció la idea de tener que caminar el último trecho en medio de esa niebla antes de llegar al centro de trabajo. Ahora los estuve observando más detenidamente. Vestían como si acabaran de salir de una película de cine negro, una película mala. Ellos también me miraron. Esta vez no apartaron la vista. ¡Uf!, es como si pudiera volver a ver su mirada aquí, en la oscuridad. El sonido del autobús en la última parada. Desierta. En ese momento me acuerdo de la conversación con Sofía:

-         - Coge el puesto, cariño, no es sólo por el dinero…cuánto más alto estés, más alto podrás llega.
-         - Es que levantarse una hora antes que todo el mundo… ¿Cuál es la gracia de ser jefe si tienes que llegar el primero? – me quejé.
-         -  No protestes, cariño, total, a esa hora estás ya dando vueltas en la cama.

Ahora sé que lo hicieron aposta. Esperaron a que saliera. Luego me siguieron. ¿Qué se hace en esta situación: corres, gritas, te agachas a por una piedra,..? Tragar saliva, eso es básicamente lo que recuerdo haber hecho. En un momento los tuve encima. Uno de ellos me agarró por el brazo. Miré hacia el autobús por si todavía podía verme el conductor, pero era inútil por la distancia y por lo cerrada que seguía siendo la niebla.

-          -No tremas. No hacerte danyo. Traer móvil.
-          -¿El móvil? – repetí muerto de miedo.

Les entregué el móvil y la cartera y estaba a punto de quitarme el reloj cuando ellos me levantaron en volandas y me llevaron a un aparcamiento cercano. Antes de que me diera cuenta estaba aquí dentro.
-
          - ¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡Tengo niños!!!

Recuerdo sus caras. Recuerdo a Sofía despidiéndome esta mañana.
Recuerdo a Manuel, el gerente, ayer, diciéndome:

-        -  Cuarenta añitos, jeje, y encima dejas la fecha puesta en el Facebook. Pasado mañana ya la borras que a partir de esa edad ya es indecente anunciarlo.

Todos rieron con ganas. Siempre tan bromistas. Los imaginé ahora, cuando vieran mi cuerpo torturado en la prensa. Morir a los cuarenta es mucho peor que cumplirlos. Ahora lo sé.

El coche de pronto entró otra vez por una carretera asfaltada. Calculé que habría pasado media hora. Mis compañeros ya estarían en la puerta, extrañados de mi ausencia. ¿Preocupados? Sí. Nunca llego tarde.

Tengo que hacer algo. Debajo está la rueda de repuesto. Quizás ahí. A ver,… sí, por este lateral puedo meter la mano… eso es, la llave… está sujeta sólo por una pestaña. No voy a rendirme así como así, a alguno me llevo por delante. Igual con la sorpresa puedo salir corriendo. El coche se detiene. Escucho como salen ambos. Otros pasos. Más gente. Esto no puede ser, han tenido que confundirme con alguien más importante o igual quieren pedir un rescate a la empresa. ¿Risas? Malditos cerdos. Voy a sujetar  la llave todo lo que pueda; que no se me caiga o no tendré ninguna oportunidad. Se acercan. Me pongo en cuclillas, con el brazo extendido y preparado. Abren el portón. Una gran luz me ciega. Salto al exterior y golpeo con fuerza al sujeto que tengo enfrente. Le cruzo la cara y cae hacia atrás. Echo a correr, no escucho a nadie salir detrás de mí. Estarán apuntándome y a punto de disparar. Hago movimientos en zig-zag. De pronto mis ojos comienzan a hacerse a aquella luz. Me encuentro ante una puerta… una puerta familiar… la de mi empresa… Me vuelvo y veo a mis compañeros todos callados mirándome asustados. El gerente está en el suelo con la cara ensangrentada. Los “rusos” lo atienden. Ramón sostiene  una tarta con dos velas encendidas. Entre otros dos sostienen una pancarta: “Feliz Cumpleaños, jefe”.






lunes, 17 de septiembre de 2012

Arrepentimiento




La principal causa de mi indecisión actual se debe al arrepentimiento.  Antes era un soberbio engreído que no encontraba motivos para pedir perdón por sus actos: no se los pedí a mi amigo cuando le gasté aquella broma durante su boda, la de esposarlo a un enano y tirar la llave a la basura; ni a mi ex-novia, cuando me encontró el mensaje en el móvil a su amiga Rosa; ni siquiera a Pedro, mi antiguo jefe en el banco, después de traicionar su confianza y vocear sus líos con las drogas, lo que me permitió ocupar su puesto muchos años antes de que se jubilara. Todo me parecía justificable, bien por los objetivos, bien porque los destinatarios eran, en realidad, como nenazas malcriadas que no soportaban ninguna broma inteligente.

Hasta hace prácticamente un año, sólo miraba para adelante. La vida me sonreía, no había persona o situación que tuviera control alguno sobre mí. Me sentía dueño de mi vida y cada uno de mis gestos, desde anudarme la corbata hasta atusarme el pelo, desprendían un halo de seguridad  que bien podrían haber cotizado en bolsa.

Un sábado de abril toda esa aplastante seguridad en mí mismo se desplomó. Una chica me abordó justo en la entrada del metro de Ópera. Al principio pensé que iba a pedirme que le pusiera un autógrafo en el pecho o algo así, pero su mirada parecía indicar lo contrario. Lo que ocurría era que el resto de las opciones ni se me pasaban por la cabeza. Mientras sonreía como Justin Bieber, esperando a que se quitara el botón superior de su blusa, me quedé sin reflejos para esquivar su movimiento. Introdujo su mano en el bolso, extrajo un cuchillo y me lo clavó en medio del abdomen, justo sobre el  ombligo en el que me echaba las gotitas de Poivre, para que el descenso mordisqueante que recorrían las chicas desde mi pecho  tuviera un toque de pimienta a mitad de camino.

Notaba sus dedos haciendo fuerza sobre mi camisa, empujando para que penetrara hasta las entrañas. Esperé que una luz cegadora iluminase el camino hasta el cielo, un lugar en el que también tendría éxito, sin duda, pero la única luz que me llegaba era la de la ira de sus ojos.

-        -  Es sorprendente, ¿verdad? - se limitó a decir.

¿Sorprendente? Sí, incluso, alarmante. Sacó el cuchillo, una hoja de al menos diez centímetros, y la blandió ante mis ojos atónitos. No había ni gota de sangre. Era uno de esos cuchillos que utilizan para las películas, con hoja retráctil. Estuve tentado de ahogarla allí mismo, pero, sí, la sorpresa me tenía paralizado.

-         - El que se clavó mi padre sí era de verdad – ahora, de pronto lloraba. Todo para mí era incomprensible.

 Se dio media vuelta y comenzó a correr, imagino que no se le ocurrió ninguna otra cosa mejor para paliar su dolor. Ni siquiera aquella extraña venganza parecía haberla consolado finalmente.

Y allí, con la gente corriendo a mi alrededor, ajena a aquella posible tragedia, me dio por pensar en los motivos de aquella chica. Dudé. Por primera vez desde que vi a mi padre sustituir mi diente de leche por caramelos bajo mi almohada, dudé.

Quise salir corriendo detrás, pero no pude. Pedirle perdón, por lo que fuera que yo hubiera hecho. Dudar, pedir perdón. Mis hombros se volvieron resbaladizos, la cartera que colgaba en bandolera cayó al suelo y alguien, no sé quien, se inclinó y me la entregó. Me di la vuelta y comencé a bajar las escaleras del metro, cabizbajo. Había estado a punto de morir pero lo habían dejado en un susto, un susto terrible.

Desde entonces vivo en un arrepentimiento continuo, por todo lo que hice, por el daño que infligí. Llamé a todo el mundo para intentar encontrarla, saber quién se había suicidado a consecuencia de mis actos, pero nadie conocido había llegado a tal punto. Se limitaban a odiarme en lo más profundo y alguno me confesó que si pudiera me escupiría a la cara, pero sin más.

Me detenía a la entrada del metro de Ópera esperando que se presentara de nuevo, que consumara su  represalia y acabara con este dolor, con esta indecisión permanente. Pero ella no apareció.

Mi nueva actitud no me granjeó nuevas amistados en principio, la gente se extrañaba de mi cambio de comportamiento.   Mis jefes también lo notaron  y no les gustó. Otro chico joven, seguro y sin contemplaciones les contó mi afición a chatear en horario de oficina. Cualquier cosa habría bastado; ellos necesitaban alguien con aplomo y sin escrúpulos.

Pronto me encontré al otro lado, junto a aquellos a los que había vilipendiado, a los que menospreciaba, que,  para mi sorpresa,  tardaron poco en perdonarme, más que yo a mí mismo, seguro. Me invitaron a una barbacoa. Y lo más gracioso es que fui. Una barbacoa con humos. Sí, definitivamente, era otro. La gente lo notaba y me trataba de manera diferente, con naturalidad. 

Vendí mi casa en el centro y me mudé al barrio, al de buena parte de los chicos de la oficina. Aún así, no podía estar en paz conmigo mismo, había algo, no sabía qué desgraciadamente, algo que había echo a alguien y que no podía reparar. Esa carga me lastraba diariamente.

Hace unos días, cuando ya me había hecho a la idea de vivir sin más con esta incertidumbre, esperando a un compañero en la puerta del metro de Callao, la vi llegar. Las piernas me temblaron. Pensé que venía  a consumar su trabajo incompleto, pero de pronto se detuvo ante otro hombre próximo a mí. Lo miré, vestía de Brione. Impoluto. Sólo las prisas justificaban que viajara en metro. Ella hizo exactamente lo mismo que conmigo. Sacó aquel cuchillo horrible y atravesó con su propio dolor el vientre tembloroso de aquel hombre de negocios. Él reaccionó de forma diferente. Salió corriendo despavorido. Sin mirar hacia atrás. Ella no tuvo tiempo siquiera para explicarle los motivos. Entonces giró la cara y me vio. Nos quedamos mirándonos un instante. Sus ojos seguían desprendiendo el fuego imperecedero de la ira. Luego se giró y se marchó sin más. Esta vez sin correr, sin llorar.

Comencé a entenderlo todo. Creí entenderlo, al menos. Ella no me había matado virtualmente a mí; nos mataba a todos, a desconocidos a los que asociaba con la muerte de su padre, mataba al sistema que había conseguido que su padre acabara suicidándose. Quería que supiéramos qué se siente, aunque sólo fuera por un instante fugaz y terrible, transmitirnos la sensación de ser objeto, en lugar de sujeto, de no tener el control sobre nuestras vidas, sino que dependa de lo que hayan decidido otros. Sí, elegí esa explicación. Quizá hubiera otras, pero esa me dio la paz suficiente para aceptar mi nueva vida.

Igual que la otra vez, estuve tentado para salir detrás de ella, esta vez para agradecerle que me abriera los ojos, que me convirtiera en este ser dubitativo, frágil, compañero,..humano.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cómo esquilar a una oveja





Estación de Cerro Muriano. Córdoba. 1966.


-        -  ¡¡López Rengel!!, ¡¡Gómez Abad!!,..

La voz del soldado resonó entre el bullicio de la estación. Iba soltando nombres de carrerilla, sin detenerse a escuchar la confirmación de la presencia de los nombrados.

Paco miró a su alrededor. Vio reflejada su cara en los rostros huidizos de sus camaradas.

- ¡Gómez Nieto!

Tras el sobresalto inicial al escuchar sus apellidos, se encaminó en la misma dirección que los otros, hacia el terraplén a las espaldas del tren, en la que un camión militar iba engullendo chicos hacia su trascendente destino.

Un rato más tarde, enfilaron el camino de las minas,  rumbo al Cerro Muriano. El miedo le atravesaba los huesos más profundamente que  gélido viento  que se colaba por las lonas raídas.

Recordó a su padre en la estación, despidiéndolo. Más palabras juntas de las que le había dicho en prácticamente toda su vida previa.

-     Te harás un hombre.

Todos los hombres se construyen en la mili, antes eres un hombre incompleto. Ningún rito curte más. Ni fumar Ideales, ni irte de putas.  La mili te empequeñece hasta el punto de resituarte en el mundo, de hacerte comprobar la verdadera dimensión de las cosas. Desplaza el eje desde los ombligos hasta la periferia; desde sí mismo hacia los otros. Obedecer te hace un hombre; obedecer sin rechistar.

Un chico alto, moreno, lo sacó de su ensimismamiento.

- ¿Tú de dónde vienes? 
- De Almendralejo.
- ¡Uf, mi primo dice que aquí a los de Almendralejo se las tienen jurada!
- ¿Quién es tu primo?- preguntó  Paco.
- Un cabo primera - le respondió el chico.

-¡¡¡Vamos reclutas, moveros, que se os caen los cojones!!!

Salieron en tropel. De allí al barracón, del barracón al comedor, del comedor  a pelarse.

La cola para el barbero  le recordó a las ovejas. Su padre se dedicaba a esquilarlas desde siempre. A él le enseñó el oficio y seguramente él se lo enseñaría a su hijo también. Las primeras veces que le pasas las tijeras vas con miedo, luego, cuando ya has esquilado a cientos, el temor desaparece, al fin y al cabo eres tú el que esquila, el que tiene la herramienta, el que tiene el poder. La oveja bala, se lamenta inútilmente y tú cumples con tu deber, sin miramientos, sujetando bien a la bestia.

Veía salir uno tras otro, todos prácticamente iguales, hombres indistinguibles en su imagen y en su miedo. Los imaginó balando de impotencia. 

La ropa, el petate, la litera de abajo, la taquilla sin candado, las botas, el chopo, el toque de corneta, la retirada. La noche, la primera temida noche.

En aquellos barracones recién estrenados ese año,  el silencio nocturno castrense se podía cortar como el tocino sin veta del desayuno en el amanecer de la sierra. No pudo dormir. Oía las respiraciones a su alrededor. Todos expectantes. Unas voces al fondo, luego silencio. Al fin  gimoteos, algo lejanos, intermitentes. Por la distancia y la dirección los ubicó en las letrinas.

-¡¡Firme y besa la fregona, digo la bandera!! - se escuchó con claridad junto a unas risas, un golpe, tortazos,..- ¡¡Bien besada, soldado,  no querrás deshonrar a la bandera!! Eso es.., y ahora a casita, de vacaciones a ver a mami.

El  sonido al meterlos en las taquillas. Un atisbo de rabia.

- Cántanos algo, Gutiérrez.

Las luces de un par de linternas iluminaban la taquilla, uno de los veteranos la zarandeó con fuerza  hasta que desde su interior se oyó al recluta cantar algo, apenas reconocible, con voz trémula y suplicante. Luego silencio, por fin.

Toda la mañana del día siguiente marcando el paso, dando una y otra vez golpes por el enfangado suelo del campamento, hasta coger el ritmo. El gallego,  que iba delante no era capaz, lo perdía continuamente. Un alférez lo sacó de un manotazo de la fila y comenzó a darle tortas al mismo compás que el de los zapatazos con las botas recién estrenadas.

- ¡¡Así, vamos!!, ahora date tú, a ver si coges el ritmo de una puta vez gallego cabrón.

El gallego comenzó a golpearse a sí mismo, lo veían a cada vuelta allí, firme, con un temblor creciente y cada vez más impreciso.

En el descanso, el gallego permanecía mudo. La cara completamente alborotada por el pudor y el dolor.

- ¿Tienes dinero? - le preguntó a Paco, Álvarez,  el primo del cabo primero.
- ¿Trece cincuenta?
- Eso es un dineral. Da para cuatro Torres 5 y todavía te sobra. Vamos.

Se puso junto a los demás  en la cola del bar, hablando sin parar, hasta que les llegó el turno. Apenas se quedó con una moneda de  dos cincuenta, el resto se lo gastó en coñac.

El alcohol le alivió el frío, le hizo sentirse en comunión con las ovejas esquiladas en perpetua procesión que lo rodeaban. El gallego bebió más,  hasta el punto de que parecía haber olvidado la humillación que acababa de sufrir.

- Esta noche nos toca a nosotros - dijo Álvarez de pronto, con voz amarga.
- ¿Cuántos somos? - preguntó un chico tan bajo que Paco se preguntó cómo había logrado pasar la talla. No aparentaba 21, ni siquiera 18 años.
- Unos doce -respondió otro.
- ¿Y ellos? - insistió el chico.

Ellos. Nosotros. España era una. Una. pero aquí estaban Ellos y Nosotros. Y nosotros éramos más. Incluso el gallego, seguramente ebrio como nunca en su vida, podía llegar a esa conclusión.

- Cinco. Cinco veteranos cabrones -dijo Álvarez y se bebió su coñac de un trago, como si eso formara parte de su realidad cotidiana.
- Yo no quiero pasar la noche en la taquilla - se quejó Paco.
Todos rieron, liberados del miedo por el alcohol.

- Somos más - dijo otro mientras liaba un pitillo, como si acabara de contrastar dicha obviedad -, pero no sé de qué coño puede servir. Somos más pero todos acojonados. Y tú más, - señaló a Paco- porque me han dicho que eres de Almendralejo, y aquí a los de ese puto pueblo se las tienen jurada.

Con la última copa surgió al fin el valor suficiente para comprometerse con la sublevación. Eran más, aquello era injusto, ¿se necesitan más argumentos?

Tras pasar revista, se dirigieron a duras penas al interior del barracón, hacia sus literas. El toque de corneta anunció retreta,  retirada. Apagaron las luces. Paco se durmió profundamente sin apenas detenerse a recordar el miedo ni el valor, que tan cercanos habían estado en tan escaso periodo de tiempo.

- ¡¡Despierta, mierda!!, el ejército te llama.

Un grajo le gritó al oído. Tuvo que repetírselo a empujones, hasta que lo arrojaron al suelo. La luz de la linterna lo deslumbró.

- Vamos. Toca jurar bandera, ¿querrás irte a casita con mami, no?

Lo condujeron sin oposición hacia las letrinas. Allí, a la luz de varias velas, atisbó al resto de sus camaradas de quinta, escasamente despiertos aún, al igual que él. Los pusieron firmes. Uno de los veteranos se paseaba delante de ellos, con las manos detrás de la espalda mientras soltaba un discurso aparentemente marcial. Otro sujetaba un sucio mocho de fregona como si fuera la misma bandera. El bajito giró la cabeza para mirar a sus compañeros, probablemente buscando una señal para actuar, pero el veterano que soltaba el discurso se detuvo ante él y le soltó un terrible guantazo en la nuca. El resto de veteranos soltaron una risotada cruel.

-¡¡Firmes, coño!! Tú tienes que ser de Extremadura, ¿a qué sí?
- No, mi... -titubeó el chico- mi...
- ¡¡Mi general!!
- No, mi general, soy de Sevilla.
- Entonces te vas a librar- sonó condescendiente-.  Ven ponte aquí - lo condujo hasta  un retrete -, mete las manos y procura sacar la esencia y al que no bese la bandera como es debido se lo restriegas en la cara, ¿lo has entendido, sevillano?
- ¡Sí, mi general!!

Doce. Ellos cinco. Paco se escuchó a sí mismo gritar.

- ¡¡Ahora!!

Impulsados por la sorpresa, los otros se abalanzaron detrás de él, con el arrojo previsto, libres para hacer justicia y enderezar la situación. Desconcertados, los veteranos no tuvieron tiempo para reaccionar. Los tumbaron en el suelo como a ovejas y comenzaron a esquilarlos, uno a uno,.. ¿a esquilarlos?

- ¡¡¡Tú, mierda, despierta de una puta vez, que ya sólo faltas tú para jurar bandera!! ¿Querrás volver a casita a ver a mami, no?

La voz ronca del soldado lo devolvió a la realidad. Paco abrió los ojos hasta hacerse a la escasa luz de las linternas. Cerca, algunos de sus compañeros encerrados en las taquillas entonaban canciones supuestamente alegres. Mientras se dejaba conducir sin resistencia a las letrinas, un sentimiento de esperanza comenzó a alojarse en su interior: había sido capaz de soñar la liberación.




martes, 14 de agosto de 2012

La solución




“Mamá nos dejará el dinero para la hipoteca este mes… bueno, los que hagan falta”. No puedo dormir. A cada vuelta en la cama, la imagen de Carmen diciéndomelo me hace más daño. Intento recordar a esa otra persona ahora tan lejana, esa especie de fantasma desvaído, aquel al que ascendieron en el trabajo por tantas horas de dedicación, el que hacía planes para los fines de semana, para las vacaciones, para reamueblar la casa, para cambiar de coche,… Todo me parece ridículo, inverosímil, ajeno. Nada tiene sentido. Me levanto y me voy al salón, como cada noche de todos estos últimos días. 

-        -  No te preocupes, Felipe, ya sabes que este dinero era para vosotros. Al fin y al cabo no tengo a nadie más y tú tampoco. El dinero, la casa,.. al final todo será para vosotros y las niñas.

      La imagino en el banco, ingresando el dinero: "Es para ayudar a mi yerno, el pobre".

Ahora viene todos los días, incluso cuando está averiado el ascensor sube hasta la quinta planta a pie. Es como si fuera uno de esos “hombres de negro” que dicen los periódicos que vendrán a vernos después del rescate.

-        -  ¿Has mirado en lo de las frambuesas, hijo?

Sí, madre, he m-i-r-a-d-o. Básicamente me han dicho que no sirvo para recoger frambuesas, que lo mío son las oficinas y agachado, a pleno sol, no aguantaría ni dos días. “Fíjate en esa rumana – me dijo convincente- recoge más en dos horas que tú en dos días, y encima, ya sabes, si hace falta algo más,.. lo hace”.  “¿Y en el almacén?”, le pregunté obviando su comentario. “En el almacén, la familia. La familia es lo primero”.

-        -  La familia es lo primero – confirma mi suegra.

Carmen no me entiende. No comprende cómo afecta a mi dignidad. “Ella insiste para que no te duermas, como te salió tan mal lo de la telefonía”. “Ser comercial así es perder todo crédito para el futuro; tienes que estar engañando a los clientes continuamente, ocultando información clave, dando largas,.. No podría volver a ejercer de comercial para ninguna otra cosa, ¿comprendes?”. “Ya - me dijo con condescendencia – ya”.

Me retuerzo por las noches buscando soluciones. He quitado del currículum todo lo que podría provocar rechazo en el empresariado. Incluso he sacado los restos de cemento de un saco y he metido las manos para curtirlas, para borrar los dedos de oficinista, para eliminar todo lo que pudiera delatarme.

Este es el último mes que podemos permitirnos tener internet. He aflojado las bombillas del salón salvo una. Por la tarde, mi suegra nos trae la cena. Entra a la cocina y cuando pasa por el salón me pregunta: “¿Cómo ha ido hoy?”, “He hablado con…”. Siempre he hablado con alguien, pero en realidad, hace ya unos días que no hablo con nadie. Ni siquiera salgo. Carmen se lleva a las niñas a la calle, a huir de la asfixiante realidad de nuestras paredes y sacarlas un poco. Yo le digo que iré a mirar  una cosa, da igual qué, me arreglo,  me retraso un poco mirando en internet, pero luego me quedo en el sofá mirando la televisión sin ver nada concreto, indolente, abatido, vencido.

Después de la pregunta-martillo, ella se asoma a la ventana, a esperar ver llegar  a su hija y a sus nietas, a saludarlas desde aquí arriba. Carmen está cansada de decirle que no saque tanto el cuerpo, que es un peligro, pero ella se ríe, “Cómo va a ser un peligro, a ver si te has pensado que soy un vejestorio”

Noto que se va adueñando de nuestro espacio a medida que yo empequeñezco. Y ella ahí, asomada, henchida como un pavo real, dueña de mi futuro, con su miserable pensión, pero con los ahorros que le dejó su marido -el que supo marcharse a tiempo-, su coche híbrido y silencioso (“Ni te enteras de que vas conduciendo, ¿verdad yerno?”), su piso con esa terraza enorme, la casita en la playa… todo lo que “algún día será vuestro”. Algún día. La miro volcada sobre el alfeizar, tan frágil. Entonces lo comprendo. Me levanto impulsado por la esperanza de acabar con mis problemas al fin y avanzo sigiloso hacia la solución.


miércoles, 6 de junio de 2012

Bosque de hayas





Un grito inhumano rompió la noche hasta colarse en sus entrañas. Saltó de la cama de forma inconsciente, intentando aferrarse al marco de la puerta que daba al cuarto de baño, pero se encontró con la pared desnuda. En la penumbra, desorientado aún, recordó que no se encontraba en su apartamento. Con la pálida luz que entraba por la ventana, intentó escudriñar  aquel espacio ajeno y extraño  hasta acertar a verla incorporada sobre la cama, con su camisón de algodón blanco empapado en sudor. La mirada perdida al frente. Luego observó cómo giraba la cabeza hacia el lado de la cama en el que él había estado hasta ese momento, como si estuviera buscándolo. Se quedó así un instante, sin hacer ningún otro gesto, aparentemente tranquila.

No quiso despertarla, más que calmarla a ella de su pesadilla, necesitaba tomar aire. Se acercó a la ventana y tras correr los visillos a un lado, la entreabrió. Asomado al exterior, la oscuridad abrazaba la casa de una manera asfixiante. El movimiento de las nubes en torno a la luna convertía la noche en un bosquejo de claroscuros intermitentes.  El aire frío y húmedo se introdujo en la habitación sin que él hiciera nada por evitarlo.  Sintió nostalgia de la polución envuelta en los sonidos  de los coches y de  los sonidos de transeúntes trasnochadores. Pero ella necesitaba alejarse, alejarse… no estaba seguro de que hubiera sido buena idea. ¿Cómo puede alejarse uno de la muerte de su propio hijo? ¿Cuánto tiempo hace falta? Detuvo los pensamientos y se centró en intuir  el bosque de hayas  al fondo, buscando encontrar algo que hacer al día siguiente, algo que hacer con ella, pasear, recoger bayas,…

Una imagen fugaz le produjo un sobresalto. Le pareció verla cruzar corriendo desde la casa en dirección al bosque. Se giró, buscó el interruptor de la luz de la mesilla y la encendió. La cama estaba vacía. Tocó las sábanas. Estaban empapadas. La puerta de la habitación abierta. La llamó. No obtuvo respuesta. Repitió, esta vez más alto. Se coló las zapatillas y se dirigió al salón. Encendió la luz. La puerta de la calle estaba abierta también. Sintió de nuevo el frío del viento de la noche sobre el rostro, pero esta vez no le supuso un alivio. Se apresuró a salir. Desde el porche volvió a llamarla.  “Dios mío”, se escuchó a sí mismo decir en voz alta. Un extraño presentimiento le hizo acercarse a la chimenea y coger el atizador que colgaba del soporte de hierro forjado. Salió afuera y comenzó a andar hacia el bosque de hayas.




Notó una punzada en el pie derecho. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba descalza. Miró a su alrededor y apenas pudo ver nada. La noche la rodeaba. Se sintió acorralada en medio de la oscuridad, presa de un miedo que se había sustanciado en una rama rota clavada en su pie desnudo. Imaginó que estaba dentro de un sueño y quiso despertar, quiso abrir aún más los ojos, gritar su nombre, aferrarse a sus manos firmes y tiernas. Quiso que nada de aquello hubiera pasado, quiso decirle que lo necesitaba, pedirle perdón por haberlo arrastrado con su dolor,… Sintió el deseo de volver a recuperar la vida.  Le pareció escuchar un ruido, un ruido de ramas al crujir. Podría ser él, que había salido a buscarla. Intentó llamarlo pero la voz no le salió de la garganta, posiblemente contraída por  un espasmo de frío, pensó.  O quizás ya no podía hablar. Hacía tanto tiempo que estaba encerrada en su silencio. Entonces se agachó, alcanzó una rama a tientas y acercándose a un árbol,  comenzó a golpear una y otra vez contra su tronco.

“Aquí, aquí”, se imaginó gritando. Detuvo los golpes y aguzó el oído. Nada. Silencio. Tenía que esforzarse, vencer el dolor, avanzar en alguna dirección, eso le dijo la psicóloga, tenía que avanzar en alguna dirección. El frío le calaba los huesos y la tierra húmeda y las ramas cortadas bajos sus pies le hacían dar saltitos con los que se sintió ridícula. Una emoción. Se lo diría luego: “Por fin siento algo”. De repente lo oyó, lo oyó cerca, gritando su nombre, pero el tono de la voz le produjo una extraña sensación. Parecía enfadado, como quien busca a alguien que se ha escapado desobedeciendo una orden estricta. A pesar de ello echó a correr hacia la voz, ajena ya a cualquier molestia. Pronto se tuvieron a la vista. Un hueco de luz de luna  filtrado entre los árboles  se alió con el encuentro situando el foco entre ellos. Ella estaba más cerca y llegó antes. Se detuvo allí a esperarlo a él. Tiritando de frío y de alegría. Conforme entraba en el espacio más claro pudo contemplar su rostro, serio o quizás triste o…No le resultó familiar su expresión. Luego observó su mano. Los nudillos marcados empuñando un hierro largo acabado en punta, como un arpón de pesca. Ahora sus ojos le parecieron amenazadores. Quiso eliminar sus temores, abrió los brazos extendiéndolos hacia su amado. En un gesto rápido, él impulsó el hierro hacia atrás y se lo clavó de un golpe seco y duro en el vientre, justo debajo de las costillas.




El grito de dolor la devolvió por fin a la realidad. Fue un grito liberador. Se encontró incorporada en la cama, sintiendo el sudor empaparle el camisón. La mirada perdida al frente. Su corazón latía con fuerza en su pecho. Giró la cabeza buscándolo a su lado. Allí estaba. Dormido aún. Se sintió reconfortada. No quiso despertarlo. Quizás vendría bien tomar un poco el aire de la noche, despejarse. Sin encender las luces se dirigió al salón, abrió la puerta. Miró a lo lejos.  A ratos la luna se colaba entre las nubes dibujando la silueta de  un regimiento de hayas del bosque cercano.  Comenzó a andar hacia ellos.