viernes, 21 de noviembre de 2014

TODO ACABA ALGUNA VEZ



        


 



—   ¿Has visto lo mal que está Raúl?
—   No —respondió Marta—, no me he fijado.
—   Está fatal de la espalda. No creo que pueda seguir durmiendo en el sofá.
—   Desde luego —dijo Marta con frialdad—, ese sofá nunca fue muy cómodo para dormir.
—   Bueno… al menos, para dormir tantos días seguidos.

Antonio se dirigió al sofá y se sentó en él.

—   Ven —llamó a Marta haciéndole un gesto para que se sentara a su lado.

Ella se acercó y se sentó dónde le indicó Antonio. Miró la puerta entreabierta de la cocina. La encimera estaba reluciente. Se miró las manos. La yema de los dedos.  Antonio seguía  hablando.

—   …¿lo entiendes, verdad?

Marta se giró hacia él. Se detuvo en algunos detalles de su rostro, las arrugas marcadas entre las cejas, la barba rala, el incisivo montado sobre el canino, el hueco deformado del premolar. …

—   … tú estás mal, pero estás mal,… ya sabes,… de lo tuyo,… pero físicamente…
—   ¿Qué?
—   …físicamente estás perfecta.

Le  dio unos golpes en los muslos y luego le tocó el mentón. Ella emitió un gesto de dolor y él la atrajo hacia sí y le dio un abrazo.

—   Lo siento, cariño. A veces te pones de una manera que cuesta controlarse. Ya sabes cómo soy.
—   Sí –dijo ella sin apartarse—; ya lo sé.
—   Pues eso… entonces —continuó— creo que lo mejor es que duermas tú en el sofá unos días.

Marta se deshizo del abrazo.

—   ¿Yo?
—   Mujer, no pensarás que iba a dormir yo en el sofá y él contigo, ¿no?
—   No, había pensado que volviera a su casa.

Antonio apoyó su mano con dureza sobre el muslo de Marta y empezó a apretar con fuerza.

—   ¿Otra vez? Es que no entiendes que todavía no puede volver, que no tiene adónde ir. Es mi amigo, -acercó su rostro al de Marta- no me gustaría tener que repetírtelo.

Ella no contestó. La encimera brillaba, pero le pareció ver algo de polvo sobre la campana extractora.

—   Además, ya lo sabes: todo acaba alguna vez. Tráeme una cerveza. No quiero discutir más esto. Cuando venga Raúl le dices que dormirás tú en el sofá.

 
Marta se levantó  y se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico, sacó una cerveza. Abrió el cajón de los cubiertos para coger el abridor. Miró un instante los cubiertos ordenados, una fila de tenedores, otra de cucharas, un separador, otra fila de cubiertos de postre. El hueco del cuchillo en el cuchillero.

—   ¿La traes o tengo que ir a buscarla?
—   No, ya voy —respondió algo nerviosa-. Bien fría, como te gusta. ¿Le llevo otra a Raúl? Está a punto de llegar, a él no le gusta tan fría como a ti.
—   Buena idea. ¿Ves? Es mucho más fácil así.

Le dejó ambas cervezas y el abridor sobre la mesa frente al sofá.

—   Iré a coger mis cosas para esta noche.
—   Sí, claro, llévate de camino su pijama. Lo guarda aquí.

Antonio sacó el pijama de dentro de  un bolso negro que estaba junto al sofá.

—   Ah, y las zapatillas que están en el  cuarto de baño. Y ya te traes tus cosas a este cuarto de baño. Así no tendremos que estar liados de un lado para otro.

En ese instante sonó el timbre de la puerta. Antonio dio un salto y se levantó, tirándole encima el pijama a Marta.

—   Ya está aquí Raúl, anda llévatelo.

Cogió el pijama y se marchó con él a la habitación. Antonio abrió la puerta y saludó a Raúl. Desde la habitación oyó a Antonio saludarlo. Luego hubo un instante de silencio. Se acercó a la puerta para intentar oír algo, pero no parecían hablar. De pronto, Raúl soltó una risa nerviosa  y acto seguido Antonio lo mandó a callar. Marta se giró de nuevo a la cama, levantó la almohada, acercó la mano a la hoja de acero y sintió el frío sobre los dedos. Se apartó y dejó caer de nuevo la almohada. Entonces se llevó la mano al mentón y apretó con fuerza. Al fondo del pasillo escuchó ahora con claridad a Raúl.

—   Está demasiado fría para mí, mejor me la tomo con algo, ¿queda queso?
—   Sí, coge lo que quieras. Ya sabes donde están los picos.
—   ¿Con qué cuchillo corto el queso, Antonio?

Marta se apresuró por el pasillo.

—   Coge cualquiera del cuchillero.
—   Vale, pero…
—   Hola Raúl, -dijo de pronto Marta entrando en la cocina- siéntate con Antonio, no te preocupes, ya os corto yo la tapa y os la llevo a la mesa.
—   Hola Marta —saludó Raúl- ¿dónde vas tan cargada?
—   Ah, no,.. es sólo mi pijama y el neceser… creo que será mejor que duermas con Antonio unos días… a mí no me importa dormir en el sofá y sé que tienes la espalda fatal y…
—   No mujer,  de ninguna manera —la voz de  Raúl le sonó distinta, quizás lejana.
—   Sí, claro que sí… eres el… nuestro invitado... lo estás pasando mal, no vamos  a permitir encima que acabes con una hernia de…
—   Un pinzamiento…
—   Bueno, eso… que no puedas levantarte. Yo tengo la espalda perfecta, gracias a Dios. Siéntate con Antonio, anda. Ya me encargo yo de esto.
—   Gracias, Marta, no sé cómo os voy a poder pagar esto, en cuanto pueda…
—   No te preocupes —apostilló ella pasándole la mano por la espalda—: todo acaba alguna vez.



 

 

domingo, 19 de octubre de 2014

El amor y las aceitunas



Siempre he estado enamorado de Raquel, mi prima Raquel. De la que llegaba cada verano con sus padres  y de la que sigo visitando en mi mente cada día.

Ninguno de mis intentos de relación superó  la prueba de su recuerdo.
  
En aquellas tardes sofocantes, el pueblo hacía una pausa tras la comida y  mientras nuestra familia dormía la siesta, Raquel aparecía  en mi habitación. Tendido sobre la cama, yo intentaba concentrarme inútilmente en las aventuras de Spiderman, esperando inquieto y mirando con el rabillo del ojo la puerta entreabierta. Como cada día, presa del aburrimiento, ella llegaba, se sentaba al borde de mi cama y empezaba a divagar.

- ¿Sabes qué es la madurez, Pedro?
- Mmmm,… ¿cómo la de las aceitunas?

Mi padre me decía que “ni con las mujeres ni con las aceitunas había que arriesgarse”.  Por eso sólo teníamos olivos de la variedad picual, unos olivos muy productivos y resistentes a las inclemencias, que  habían mostrado durante generaciones lo bien adaptados que estaban  a nuestra tierra.  Cogía una aceituna entre sus dedos pulgar e índice, la olía, la apretaba suavemente y con esos simples gestos era capaz de determinar su grado de madurez. 


- No. La de las personas – me dijo Raquel mirándome fijamente.
- De esa no sé mucho – confesé ruborizado.
- La madurez consiste en saber otras fechas de cumpleaños que no sean la tuya propia. ¿Cuántas fechas de cumpleaños conoces, Pedro?
- Pues…. –intenté recordar azorado- creo que… ninguna más.
- Ves, todavía no eres lo suficientemente maduro.

Durante la mañana siguiente, recabé fechas, todas las fechas de cumpleaños de mis amigos y amigas, que al igual que yo habitaban a la sombra de los olivos. Ilusionado, esperé con ansia a que la puerta se volviera a abrir.


- Sé doce – le dije nada más verla entrar.
- ¿Fechas de cumpleaños?
- Sí – respondí satisfecho.
- Me alegro, pero lo importante es que seas capaz de recordarlas el año que viene.


Me quedé boquiabierto.  Al fondo se escuchó  un portazo. Ella se giró hacia el sonido sin sobresaltarse.

- Este pueblo es asfixiante; ni siquiera el viento es capaz de llevarse esta angustia –se limitó a decir no sé bien a quién.

Abrí el cómic. Spiderman estaba intentando zafarse de los tentáculos de Octopus, pero no pude concentrarme en el proceso de liberación. Miré por la ventana. Mi casa daba al campo. A lo lejos, el viento agitaba pequeños matorrales, pero la hilera de olivos permanecía inmutable.

-       En la ciudad serías otro –dijo ella de pronto, sin mirarme.
-       ¿Otro? – repetí.
-       Sí, otro… diferente, no mejor, ni peor –se apresuró a aclarar -; otro.

Era yo, inmaduro, no otro, pero en algún lugar desconocido podría ser algún otro, quizás  un “otro” como el que ella buscaba. Me quedé profundamente triste y ella lo notó. Se me acercó  y me besó en la mejilla. 
-       Déjame un sitio – me dijo tumbándose junto a mí.

Contuve la respiración. Ambos nos quedamos mirando el inútil giro de las aspas del ventilador del techo. Noté su cuerpo junto al mío, tan cerca y tan lejos, mientras en mi estómago, la melancolía anticipaba el final del verano.

Salía con mis amigos al campo a primera hora de la mañana, intentando alejarme de mis propios pensamientos. Mientras cogíamos moras silvestres cerca de un  riachuelo  observé que entre los matorrales bajos no había signos ya de nidos.

- ¿Ya se han ido los mosquiteros? –pregunté.
- Ya hace unos días que no los escucho cantar, pero vamos, quedan muchos gorriones; estos se quedan todo el año – contestó Lorenzo.

Volví a casa apesadumbrado. El espacio entre el otoño y comienzos del verano se me  antojaba insoportable. Perdí el apetito  y caí finalmente enfermo. Eso me libró, al menos, del terrible ritual de la despedida, mirando desde la puerta, junto a mis padres, como se alejaba el coche.

Las calles del pueblo se volvieron más pequeñas y estrechas, las conversaciones repetitivas y absurdas y lo cotidiano una losa insoportable. Empecé a coquetear  con todas las  chicas que pude,  buscando  algo que paliara aquella desazón, algo que me permitiera olvidarla o bien encontrar en ellas lo que intuí que hallaría en Raquel.

Un día, ya mayor, contra la opinión de mi padre, tomé la decisión de ir al norte, a buscar otras variedades de aceitunas. Después de varias semanas volví a casa. Nada más llegar me acerqué a él, que estaba  sentado junto al fuego de  la chimenea.

- Hola, hijo – me saludó en un tono apagado.

No le devolví el saludo, me limité a mostrarle una aceituna en la palma de la mano.

- Mira, papá. Se llama arbequina. Es otra aceituna, pequeña, diferente. Pronto todos querrán sembrarla, pero nosotros vamos a ser los primeros.

Me miró apesadumbrado, sin decir nada, instalado  ya en la certeza de que el pasado acababa conmigo. Él había sido fiel a su padre, y su padre a su abuelo, igual que todos los olivos centenarios habían seguido proveyendo de frutos y de futuro a nuestra familia.

Hacía ya varios años que mi prima no venía al pueblo con su familia. Cuando sus padres hablaban de ella, temía escucharles decir que compartía su vida con otra persona, pero ellos se limitaban a quejarse de la rebeldía y el distanciamiento de su hija, hasta que finalmente se  había emancipado. Por mi parte, me negaba a formalizar más cualquiera de aquellas relaciones esporádicas y cerrar así mi alma  de adolescente perpetuo.

El último verano, antes de que los padres se marcharan, les pregunté por su nueva dirección. Me la anotaron en un papel y me pidieron que  cuando la viera le recordara que cumpliera su promesa de visitarlos más a menudo.

Abrí el armario, elegí la mejor ropa y estuve acicalándome toda la mañana ante el espejo. Sólo me veía interiormente. Ni el perfume, ni el mentón enrojecido por el afeitado, ni el pelo perfectamente desaliñado, ni los ojos grandes y verdes  conseguían evitar que viera mi trémulo interior palpitando de miedo.


Emprendí el viaje junto a aquel viejo compañero alado que habitaba en mi estómago. Raquel vivía en un barrio de corte colonial. Unas casas separadas por un pequeño jardín sin verjas. Miré el  número en el papel que me habían entregado sus padres y luego el de la casa. Atravesé la marquesina y acerqué el dedo al timbre. Justo en ese momento, de forma instintiva,  metí la otra mano en el bolsillo del pantalón. Mis dedos tropezaron con algo pequeño. Lo cogí.  Miré  la aceituna  que tenía en la palma de la mano, la misma que había mostrado a mi padre semanas antes, una aceituna variedad arbequina,  algo más arrugada ahora, por la pérdida de humedad  y  el paso del tiempo. La apreté con fuerza y sin pensarlo pulsé el timbre.