lunes, 22 de junio de 2015

Aquel que un día fui






 
Te preguntarás por qué he venido a verte si ya ha terminado el curso y no necesito más tu ayuda. Efectivamente, pensé, pero no se lo dije. Me detuve un instante en su nariz, aquella deforme nariz torcida, pero enseguida desvié la vista. Seguía dándome miedo, a pesar de todo. Se acercó a la ventana. Da gusto mirar por tu ventana, dijo, todo parece tan simple desde aquí. Se giró de nuevo y volvió a sentarse. Se echó hacia atrás hasta apoyar la silla contra la pared.

Un día llegué llorando a casa, empezó a contarme. Solía llegar así a menudo, luego me lavaba la cara a fondo y me consolaba imaginando que sería la última vez. Siempre pensaba que ya no volvería a suceder. Aquel día mi padre estaba más sereno que de costumbre. Nada más verme me cogió de la camiseta y me tiró hacia él hasta casi levantarme del suelo. Se me cortó el llanto de puro miedo. Mi padre, no sé si lo sabes, había servido en la legión, de allí trajo el alcoholismo y esos tatuajes horrorosos en los brazos y el Cristo que le cubría la espalda; el miedo, en cambio, lo dejó en África. Cuando más pequeño se entretenía en contarme historias suyas, unas historias terribles. El primer día que llegó al campamento dejaron a todos los voluntarios en un barrio peligroso de Sidi Ifni y les encargaron que volvieran con un diente de un moro. A mi padre se le pegó un gallego, un fugitivo que asaltaba viejas en Vigo. Ninguno tuvo valor suficiente como para hacer lo que le pedían, entonces se les ocurrió coger a un perro y sacarle los dientes, pero los dientes eran demasiado grandes, así que los aplastaron con el machete hasta reducirlos de una manera más o menos proporcionada. Luego se fumaron unos pocos canutos de grifa y regresaron antes de que tocaran retreta. Al poco de entrar en su barracón se presentaron el cabo Ramírez y cuatro veteranos y los pusieron a todos en fila, de pie delante de las literas. Vamos cabrones, esos dientes, les gritó. Se dieron la vuelta y sacaron de la taquilla o de los bolsillos los dientes. Todos menos uno que adujo que no había podido. No has tenido cojones, ¿verdad?, le espetó el cabo. Aquel gaditano era grande como una plaza de toros, pero el miedo lo convirtió en un enano. Ramírez le hizo un gesto a los veteranos y dos de ellos se lo llevaron a las letrinas. Se quedaron en silencio hasta que empezaron a oír gimotear al andaluz, entonces el cabo prosiguió con la inspección. Vamos a ver tú, asaltaviejas, le dijo al gallego, que estaba al lado de mi padre. El gallego le extendió el diente ensangrentado y casi destrozado. Cuando el cabo lo cogió dio un salto hacia atrás. ¡Mierda de gallego! ¿Te quieres quedar conmigo? Esto no es un diente de moro. Anda, le devolvió el diente, trágatelo, que la próxima vez vas a engañar a tu puta madre. La palidez del gallego se transformó, de pronto, en un rojo intenso, se abalanzó al cuello del cabo y estuvo a punto de estrangularlo, pero los veteranos lo cogieron por detrás, lo tiraron al suelo y lo molieron a patadas. Mi padre se meó encima imaginando lo que le esperaba a él, pero justo en ese momento entró el sargento en el barracón y mandó a todo el mundo a su piltra y al gallego a enfermería.

Me contó muchas veces esa historia. Cuanto más me la contaba más miedo sentía yo. Él lo notaba y entonces me cogía por la barbilla con fuerza y me decía: tienes que elegir entre mearte encima o estrangular al cabo. ¿Tú qué preferirías recordar el resto de tu vida?
Pues aquel día, como te decía, mi padre tuvo fuerzas para asirme por la camiseta. ¿Qué coño te pasa otra vez? Manu me llama monstruo… por lo de la nariz. Me soltó con desprecio. Ves aquel palo, me dijo señalando una pequeña estaca que siempre tenía detrás de la puerta, cógelo, ve adónde esté y párteselo en la cabeza. Pero, le dije temblando, entonces vendrá el padre y me pegará. Entonces le romperé otro palo al padre yo. 


Salí hipnotizado. Era como si hubiera encontrado la solución, pero conforme caminaba el efecto de aquel mandato parecía ir perdiendo fuerza, y mis habituales mariposas, las dudas y el temor, comenzaron a asaltarme de nuevo. A medio camino me salió al encuentro el perro de Rita, ¿lo recuerdas?, un chucho cariñoso que hacía con todo el mundo. Se me acercó moviendo la cola. Me agaché y lo acaricié. Siempre me quedaba un rato allí con él cada vez que volvía destrozado del colegio. Entonces me acordé de Manu y me levanté de golpe. El perro creyó que estaba jugando y se puso a saltarme sobre las piernas. Agarré la estaca con fuerza, cerré los ojos y lo golpeé. Oí su lamento y cómo huía, pero cuando abrí los ojos estaba otra vez cerca, con el rabo entre las piernas y la mirada extrañada, reconocí esa mirada asustada e incrédula en mí mismo ante la crueldad gratuita. Ya no cerré los ojos, lo golpeé una y otra vez hasta que dejó de moverse. Miré el palo ensangrentado y luego miré dentro, en mi interior, en las entrañas, y no noté nada. Aceleré el paso.

¿Por qué me cuentas eso, Marcos?, le pregunté azorado. Bueno, dijo con inusitada calma, quiero que entiendas las cosas.

Cuando me vieron llegar, Manu se me acercó y empezó a insultarme y, como siempre, todos rieron. No le asustó ver el palo que llevaba. ¿Qué piensas hacer con eso, monstruo? ¿Quieres que te lo meta por el culo? Llegué a su altura y sin mediar palabra lo golpeé en el costado. Se dobló sobre sí mismo y aproveché para golpearla varias veces la espalda. Los demás no acudieron a socorrerlo, se limitaron a pedir que me detuviera. Manu se quejaba de dolor y lloraba como un niño pequeño. Entonces me acerqué a su oído, ya en el suelo, y le dije: Es verdad, soy un monstruo, no lo olvides. 

Como sabes, desde ese día mi vida cambió por completo, pero no por eso dejé de torturarme. Estaba obsesionado con la venganza y fui cobrándome todas las piezas durante el resto del curso. Cada noche repasaba una especie de lista mental, hasta que un día, por más que buscaba, ya no aparecía nadie más. El miedo había sellado todas las bocas. Marquitos ya no existía. Pero aún así algo no me dejaba descansar del todo, hasta que la otra noche caí en la cuenta. 

Se levantó y comenzó a caminar hacia mí. Dudé entre llamar a mis padres o pedirle que se fuera, pero no me atreví. Me quedé sentado inmóvil. Ya solo me queda una persona, continuó hablando mientras avanzaba, que pueda recordarme a quien no quiero volver a ver. Solo una persona capaz de ver debajo de quien aparento ser… y no puedo permitirlo…¿Lo entiendes, verdad?

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