viernes, 19 de junio de 2015

Historia de Avelino





 

Para comprender por qué Avelino corre a esa velocidad a esta hora de la noche, una noche tan desapacible,  habría que remitirse a cuatro hitos fundamentales en su historia personal: nacer en casa de los Revuelta, un enamoramiento no correspondido, la afonía repentina durante la canción “Amigos” del grupo “Enanitos Verdes” en el día de su graduación y el descubrimiento del padecimiento de paruresis. 

Los Revuelta

Engracia estuvo buena parte de los nueve meses de embarazo buscando un nombre singular para su primer vástago. Manuel, su marido, venía cada semana con un nuevo texto repleto de sugerencias: desde la mitología griega y romana, hasta la lista de reyes visigodos, pasando por la guía telefónica de Islandia. Con el transcurrir de los meses, la búsqueda se fue cerrando en torno a nombres españoles en vías de extinción y una vez localizados los más cercanos a su desaparición,  realizaron un sorteo final entre ellos: Remigio, Eustaquio y Avelino, siendo este último finalmente el afortunado.

Un enamoramiento no correspondido

Avelino se enamoró varias veces durante su etapa escolar, concretamente cada vez que su mirada era correspondida por alguna chica. En el patio del colegio escaneaba con avidez unos ojos sobre los que depositar aquello que crecía en su interior noche tras noche. El traductor de miradas de Avelino funcionaba de la siguiente manera: una mirada fortuita era un aviso, una mirada sostenida una conversación romántica  y una que se repetía era claramente una invitación a acudir sin demora al dispensador de condones.
Cuando Cari se le acercó a pedirle los apuntes y luego le dio las gracias mientras le entregaba una sonrisa con música de mariposas celestiales de esas que acompañan a Cupido en sus excursiones, a Avelino se le deshizo el cuerpo  como si acabara de correr una maratón por el Sáhara.

Viendo cómo voló a contárselo a sus padres parecía que llevaba una  planilla de  notas repleta de sobresalientes. Apenas les hubo contado la buena nueva, los conservacionistas le organizaron una  fiesta con globos, pinchitos de cerdo y piña  y tarta de galletas para que invitara a la futura y a los suegros, y en esa fantasía estuvieron navegando hasta el miércoles de esa misma semana, durante el recreo, cuando Cari le devolvió otra sonrisa, esta vez sonora y acompañada de un zumbido de tábanos de los pantanos, al ver la invitación que le ofrecía a ella y a sus padres aquel chico con el polo recién estrenado. La carcajada se fue contagiando conforme su ex propagaba el relato de los acontecimientos por todo el recinto amurallado. Avelino tuvo su primera crisis opresiva y la sensación de que no habría suficiente agua en la tierra para hidratar el desierto que acababa de formarse en su garganta, ni árnica para anestesiar su corazón.

La afonía repentina

Lo que  parecía no llegar nunca,  llegó al fin. Hubo un último día para el suplicio de ver, escuchar o presentir a Cari. Un último trance en el que su maestra de lengua le asignó a su voz aflautada una estrofa de la canción  del grupo “Enanitos Verdes”  y una coreografía copiada de una escena de la película “Mamma mía”, que consistía en realizar  un movimiento de aspas con los brazos, al mismo tiempo que se desplazada a derecha e izquierda con sendos pasos laterales.

No importa nada más
que un amigo es una luz
brillando en la oscuridad
siempre serás mi amigo
no importa nada más

Cantar, coordinar y olvidar a Cari le provocaron a Avelino en los ensayos un repiqueteo de dientes y rodillas que hicieron dudar a su maestra sobre la conveniencia de exponerlo a tal  experiencia. Puesta en contacto con los padres, estos decidieron tomar cartas en el asunto y buscar en internet remedios naturales para la conjunción de tareas a la que se debía enfrentar su retoño.

Descartada la  homeopatía y la valeriana, los Revuelta optaron por una serie de chupitos de vodka caramelizado servidos  en vasos de chocolate,  que aunaba el conocido efecto protector del chocolate sobre  las cuerdas vocales  con el poder sedativo del vodka. El día de autos, a los dos chupitos de los ensayos, los padres decidieron añadirle otros dos para afianzar el poder terapéutico de la combinación

En el escenario, Avelino se cimbreaba  como en los días previos a la administración medicinal,  pero él se sentía confiado y desenvuelto, hasta el punto de aventurarse a añadir algunos pasos extras a la sucinta coreografía de la señora Peláez.  Para su desgracia, transcurrido el efecto inicial, los enanitos etílicos comenzaron a estirar las cuerdas vocales hasta convertir su voz en un pitido inaudible y su actuación en lo único que quedaría para la posteridad en la retina y en los pasillos del colegio de aquella fiesta de graduación.

Paruresis

Años más tarde encontramos a Avelino por fin en una discoteca. Ha aceptado la invitación de su único amigo con la condición de que no lo obligara a moverse de la barra. Apoyado en la misma, Avelino observa a su amigo saltar en la pista de baile y pasea su mirada por toda la discoteca para confirmar que todos están viendo lo mismo que él: el espantoso ridículo que está haciendo. Para su sorpresa nadie parece pendiente de los saltos de cabra alpina de su amigo y, animado,  empieza un debate interno sobre el valor y la vergüenza, un combate desigual  al que no parece ayudarle la Coca Cola sin cafeína. Decide arriesgarse pidiendo otra,  pero esta vez auténtica, con todos los ingredientes estimulantes y una rodaja de limón y se la bebe casi de un trago, con los ojos cerrados, como si fuera una ración de espinacas para Popeye, y va notando el burbujeo y el empuje del valor arrinconando a la vergüenza, y repite con una tercera, hasta que un repentino aviso de la vejiga le indica que tiene que hacer una pausa en el proceso. Se dirige decidido a los urinarios, en los que se encuentra con otras tantas urgencias y una fila de tazas pegadas en la pared sobre la que despreocupadamente todos van soltando sus secreciones sin asomo de pudor. Avelino siente una terrible presión doble: en el pecho y en la uretra y no le queda más remedio que salir huyendo a toda prisa, haciendo un recorrido mental del camino más corto hacia su casa y calculando cuanto tiempo le daría de margen la estenosis uretral antes de regar sus pantalones de pitillo.

Y aquí está, corriendo como alma que lleva el diablo,  desencajado, prometiéndole a Dios que no volverá a masturbarse en un año si le permite llegar seco al cuarto de baño de su casa,  un día antes de que encuentre  en internet que padece una cosa llamada vejiga tímida, o lo que es lo mismo, que a estas alturas de su vida, ya no sólo se ha convertido en una persona ensimismada  y retraída, sino que incluso sus propios órganos están empezando a padecer de forma autónoma  tal desgracia.

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